28 de octubre del 2020
La Réplica La Réplica La Réplica La Réplica La Réplica



Ni se imaginaba lo que significaría aquella experiencia. Miraba ingenuo por la ventanilla alejándose sobre el traqueteo del vagón, reflexivo tras el cristal, obligado a dejar en pausa sus estudios de ingeniería. El extinto servicio militar por entonces ni siquiera era opcional. Debía primero dirigirse a Vitoria para ingresar en el Centro de Instrucción de Reclutas durante un mes.

Allí, como todos, recibiría una formación básica para después poder desempeñar el puesto que le concederían en algún remoto cuartel de cualquier provincia de España, según las necesidades o conforme al nivel de estudios. Era joven, rebelde y ateo. Tampoco creía en la suerte, la misma que lo perforaría desalentando sus malas suposiciones. Antes militó en las juventudes comunistas, esas que lucharon en la clandestinidad del franquismo y que ayudaron a la transición, a restablecer la democracia. Era transgresor como aquellos revolucionarios años ochenta.

Cuando estaba casi seguro de que sería militar en cocina o guardia de fuertes gemelos para aguantar horas frente al portal, apareció Murcia-24. Era de su misma ciudad y le relevaría  del puesto, así que tuvo el detalle de concederle el honor de elegir entre los tres mejores cuarteles a los que podía optar, como ese genio de la lámpara que al frotarla te obsequia con tres deseos por liberarlo. Prefirió el Gobierno Militar de San Sebastián, una ciudad que aunque no pasaba por su mejor momento político-social tenía playa y era una, sino la ciudad más bonita, ensombrecida por el halo del terrorismo. Eligió quedarse con el lado bueno a pesar de la ferocidad con la que la banda terrorista ETA atentaba las calles, una convivencia de la que otros no podían escapar. Porque el conflicto vasco no fue sólo ETA, crecía un problema que haría más daño que los atentados y las bombas. La convivencia, el posicionamiento político y las diferencias entre familias, incluso la traición.

Aquel cuartel tenía una fachada imponente con vistas al monte Igueldo y a esa bahía infinita recogida por su peculiar barandilla blanca. Un patio interior proporcionaba luz a las habitaciones interiores, y en medio, unas escalinatas de estilo palaciego presidían el edificio para colgar del fondo un enorme cuadro conmemorativo recordando a las víctimas. El sótano albergaba las literas y como ocio, servía la barra de cañas y cafés aquel hombre aragonés. Un cuartel situado al inicio de la Playa de la Concha, junto al Ayuntamiento y al increíble Carrusel de las eternas carcajadas. Justo detrás se encuentra el casco viejo con su contraste de calles serpenteantes entre pinchos y zuritos y la adicción a los pies del monte Urgull. La heroína era la moda, corría con el ansia de despojar vidas arrebatando cuerpos ya inertes. Especializada en destruir familias como lo hizo con persistencia el terrorismo. Dos pandemias irremediablemente compatibles y fulgurantes.

Su manejo de la mecanografía lo colocó en un puesto cómodo. Se encargaba de redactar comunicados internos o emitir nóminas al resto de soldados rasos del cuartel. Algunos de ellos tan peculiares como Txiki Begiristain, una leyenda del Barça, José Luis González, aquel mítico penalti parado a Djukic en Coruña que decidió un título o Elduayen, un clásico de nuestra liga. Allí sentados, esperando en aquel mismo rincón cada mañana igual que esperaban debutar con el primer equipo, cada uno en su sillón de brazos cruzados a expensas del recado diario que el coronel debía indicarles. Aún pertenecían al Sanse, equipo filial de la Real que alquilaba pisos por toda la ciudad como albergues o residencias para aquellos que procedían de distintas poblaciones de Euskadi.

Custodio del armario de la limpieza, pedían permiso para abrir aquel candado que suministraba cazos de detergente a los interinos. Por lo que él, furriel, tampoco se libraba de hacer recados. Debía comprar el avituallamiento para el cuartel, donde dormían unos ocho soldados, él entre ellos. En 1980 los códigos de los supermercados eran simplemente eso, códigos. No existían las etiquetas con la oferta o el precio con referencia al producto, y el tícket de compra no mostraba si habías comprado lejía o una caja de galletas porque sólo imprimía un largo código numérico. Era una buena oportunidad de poder comprar chistorra o chacolí en vez de más botellas de lejía y detergente.

Tenían normas de seguridad. En los largos paseos por la Concha que se iniciaban desde el Hotel de Londres, a menudo, se encontraban con altos cargos a los que, de tratarse de otra ciudad, el protocolo era cuadrarse y saludar, sin embargo, San Sebastián, Euskadi, era diferente. Cualquiera podía ser uno de ellos, cualquiera podía ser un soplón, así que se omitía con una leve mirada de respeto. Porque ETA maniobraba cómoda. Ser policía o militar significaba estar en un constante punto de mira. El cuartel sufrió incontables amenazas. Los TEDAX tuvieron que intervenir cuando una chica joven aparcó su coche frente a la puerta. Él la vio. Avisaron de la actitud sospechosa de la chica cuando estaba totalmente prohibido aparcar allí. Todos fueron desalojados y la joven no volvió a aparecer. Sin embargo, no sería la última vez que viviese una experiencia de tensión parecida. Era lo habitual. El miedo. Aquel temblor en el pecho al vibrar el edificio, aquella garganta seca al oír a fuera los cristales estallar. Era la Comandancia de Marina. Tomaban banderillas y chacolí en el sótano cuando ocurrió. Un coche bomba explotó mientras un soldado hacía guardia. Era vasco.

Euskadi era como aquellos niños infantes de actitud difícil e irascible. Había potencial y poder, pero el contexto de la dictadura había generado crispación. Lo tenía todo para ser lo que ahora es. El tiempo, los años… ETA eran esos niños, creían desobedientes, contra las normas, revolucionarios que luchaban por liberar al pueblo vasco, o al menos eso les dijeron. Nadie puede prohibir los pensamientos, pero no había caminante ni camino. “Señor, dame esta muerte, te ruego; deja para los cobardes el olor de las rosas”, tampoco la inspiración. Motivados por unos actores políticos orquestados desde San Juan de Luz que sólo miraban a su beneficio, poniendo en primera línea a los más vulnerables, oponiendo a un pueblo. El patriotismo, quien lo sufrió lo sabe. Eran esos niños ingenuos, egoístas, caprichosos e inquietos, y Euskadi se retorció en sí misma para convertirse en L’enfant terrible.

Sucedió en infinidad de ocasiones, pero aquella fue especial. Paseando despacio por los adoquines empapados. Venía de hacer la habitual compra de aprovisionamiento. Escuchó a lo lejos gritos, al gentío murmurar, frases pegadizas en euskera que rimaban, aunque no conocía el significado de todas ellas. Se aproximó por curiosidad y allí estaban, miles de personas manifestándose en Plaza Gipuzkoa. Algunos sostenían pancartas de cartón, otros telas pintadas en las que se podía leer Gora Euskadi askatuta o Gora ETA. Eran abertzales, patriotas, partidarios de una Euskadi independiente. La Ertzaintza vigilaba de cerca en un reto por contenerlos. ¡Cipayo! ¡Txakurras! ¡Traidores! Llegó a escuchar a uno de ellos en castellano. Les insultaban, les tiraban de todo. Él contemplaba la escena al margen, desde una calle que desembocaba justo allí. Se alejó porque intuyó cuál sería el desenlace. Carga, contención y estampida a porrazos. Los manifestantes entraban a resguardarse en las tabernas, pero ni así se librarían de los golpes. Así que siguió callejeando con el oído puesto aún en la plaza, atento ante lo que pudiese pasar. Sonó de fondo entonces el Eusko Gudariak, una canción que la izquierda abertzale había adoptado como himno y que traducida significa Soldados vascos. Al unísono.

Ya no se oía el barullo de la manifestación. Las calles se habían vaciado. Tuvo que dar un rodeo para llegar al cuartel para evitar el disturbio y parecía que todo había vuelto a la calma, entonces doblaron las campanas. Ya anochecía sobre el cielo gris. Siguió caminando sosteniendo la bolsa con la compra para entender que aquel sonido provenía de la Basílica de Santa María. Y allí estaba, atestada de personas frente a ella, no tantas como antes en Plaza Gipuzkoa, pero las suficientes como para tener que mirar desde atrás, desde la última fila. Comenzó a caer una llovizna sobre sus cabezas que oscurecieron lento los abrigos. Harían cinco grados como mucho, no más, o al menos la sensación térmica sería aún menor. Había flores. Las puertas estaban abiertas y las campanas seguían sonando con ese ruido que acaba siendo molesto, hasta que unas seis personas se abrieron hueco entre la multitud cargando a hombros un féretro al ritmo del doblar. Empinó las puntas de los pies para poder ver mejor lo que ocurría, y en primera fila vio como algunos derramaban lágrimas, debía ser su familia, junto a ellos una foto enmarcada. Bastante grande. Era un joven de no más de treinta años. El féretro ya estaba en lo alto de las escalinatas de la iglesia. Cabezas bajas sobre los abrigos. Y el silencio, al acabar su función, dio paso de nuevo a las campanas, esta vez para adueñarse de los oídos sordos de todos.

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Joaquín Merono

Periodista. Escritor de historias en MARCAPlus.
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