04 de abril del 2020
La Réplica La Réplica La Réplica La Réplica La Réplica



La inesperada crisis del Covid-19 ha puesto a la sociedad española frente al espejo, especialmente a una generación (los llamados millenials) que, pese a no haber parado de sufrir adversidades y cambios convulsos a lo largo de sus vidas, no ha enfrentado nunca una situación lo suficientemente grave como para plantearse su existencia y su razón de ser.

Y es que la generación que hoy debe ser el motor del país fue testigo de uno de los episodios más relevantes, la caída del Muro de Berlín. Nos tocó nacer cuando se acababa la Historia, como se encargó de pronosticar con muy poco acierto pero con mucha influencia Francis Fukuyama. No terminó, ciertamente, la historia pero sí un cambio de tendencia (el corto siglo XX) en el que de ciudadanos pasábamos a ser meros consumidores y donde los derechos más básicos de un ser humano iban por detrás de los intereses del mercado. El 11-S y la posterior crisis económica del año 2008 supusieron una vuelta de tuerca al mundo tal y como se le conocía: en el primero accedimos a una pérdida de libertad en pos de la seguridad y en el segundo a tener empleos precarios y poco estables; tan poco estables como el estilo de vida que deriva de ellos. En ninguno de los dos casos anteriores la ciudadanía española (y a decir verdad ninguna otra) pudo dar una respuesta contundente, debido a la fortaleza del poder político (hegemonía de Estados Unidos y estabilidad en la UE) y económico (Globalización y capitalismo financiero).

No obstante, la prolongación de la crisis económica hizo temblar momentáneamente los cimientos sobre los que se fundamenta la realidad española. El 15M, un movimiento fulgurante de protesta frente a la crisis y ante las decisiones de las instituciones españolas, puso en jaque a los dirigentes del momento en el año 2011, aunque finalmente se apagó. Pero su fuerza no fue solo testimonial, sino que hizo posible pocos años después romper el bipartidismo, poner contra las cuerdas a sus partidos más sólidos e incluso hacer peligrar la monarquía. Una monarquía que, según el catedrático Pérez Royo, es la piedra angular de todo el sistema político español desde la Transición, como explica en recientes artículos.

Fotografia de Victor Parreño Vidiella.

Quizá un empuje mayor de la azotada población española pudo trastocar todo el entramado político, económico y social sobre el que se sustentaba el país tal y como lo conocemos (no hay que olvidar que fue uno de los países más duramente golpeados por la crisis), pero las élites españolas pusieron en marcha toda su fuerza para salvar su estructura: la monarquía se actualizó rápidamente con la abdicación de Juan Carlos I y ante el surgimiento de un nuevo partido como Podemos, pronto apareció la respuesta por la derecha con el artificial auge de Ciudadanos. Este último partido serviría de contrapeso ante la crisis de los dos partidos tradicionales, mientras los fuertes grupos mediáticos del país iban minando la credibilidad de la formación morada en base a informes policiales falsos y el espionaje político. Todos los resortes del Estado se pusieron en marcha con un único objetivo: salvaguardar el régimen del 78.

La batalla ha sido dura y el precio alto: una fuerte división en Cataluña que ha reforzado el nacionalismo español y la consiguiente aparición de un movimiento ultraconservador que ha ido llevando la centralidad de la política cada vez más a la derecha. Se tardó posiblemente más de lo previsto y el objetivo se cumplió (aunque no en su totalidad) hacia finales del 2019: el bipartidismo resiste (ahora con una suerte de cuatro partidos), gobierna su partido hegemónico y la formación que aspiraba a tomar el cielo solo se ha podido conformar con cinco ministerios y una de las cuatro vicepresidencias. Pero el objetivo de las élites se mantuvo: se salvó la España del 78, el mito sobre el que se funda la España actual.

¿Qué pasó? ¿Por qué la crisis económica más dura que se ha conocido en los últimos años no llegó a tener en España la contundente respuesta que la situación reclamaba? ¿Por qué el desprestigio de la clase política no terminó de llevarse por delante a sus dos partidos más representativos pese a su profundo desgaste? Las respuestas a estas cuestiones se intentarán responder aquí a través del consenso político que surgió de la Transición y al pacto social entre las élites económicas y políticas surgidas desde entonces, unido a la falta de un mito fundacional precedente a la nación española que aglutine a toda su población más allá de este.

Muchos de los tertulianos televisivos y líderes políticos repiten hasta la extenuación la antigüedad de España como nación. Algunos de ellos lo llevan hasta el pasado mes recóndito. Todos estos hechos están descartados por la historiografía seria y las respuestas más coherentes sobre dónde se situaría el origen de España como Estado-nación podría estar en torno al siglo XVIII. Sea cual fuere el origen, este no llega con un episodio que incorpore en su mítica a las clases populares. Así por ejemplo, los serbios cuentan con la batalla de Kosovo, los judíos con la resistencia de Masada, Estados Unidos y las naciones latinoamericanas con sus guerras de independencia, Alemania e Italia con su reunificación y Francia su revolución. Nos detendremos en estos por su especial significación.

En el caso de Italia es interesante mencionar la frase atribuida a Massimo d’Azeglio tras la reunificación: “Hemos hecho Italia, ahora hemos de hacer a los italianos”1.. La sentencia no puede ser más reveladora para el caso que nos ocupa. No necesariamente el mito fundacional debe responder a una realidad histórica, sino más bien tiene que ser construida en torno a un episodio cargado de cierta épica y frente a un enemigo exterior (Austria y el Papado en este caso), que no siempre tiene por qué acabar en victoria (los serbios cayeron en Kosovo frente a los turcos o los judíos en su resistencia contra Roma en Masada).

El caso de Francia es todavía más paradigmático. Su mito es ya una idea universal: la Revolución. Aquella que acabó con el absolutismo en Francia para imponer las bases de la democracia liberal. Al margen de sus múltiples lecturas y de su apropiación por parte de las élites liberales para decidir dónde empieza y terminan los límites de la democracia, la revolución, el hecho de rebelarse contra el poder establecido para cambiar las bases del sistema, parece subyacer en la población francesa. Esto no quiere decir que no se hayan plegado hacia el giro neoliberal de los últimos años, ni que su sociedad no se haya vuelta tan consumista e individualista como cualquier otra occidental, pero en el inconsciente colectivo parece haber arraigada una idea sobre cuándo decir basta. Y cuando esto sucede no dudan en salir y paralizar las calles, emulando quizás ese pasado romántico de la revolución, como se ha podido ver en los últimos años con las protestas de los chalecos amarillos o las más recientes por la subida de la edad de jubilación de 62 a 64 años (en España está en 65 y pronto en 67).

Volviendo a España, la pregunta se antoja pertinente: ¿cuál es su mito fundacional? ¿Dónde acudir cuando los problemas económicos y sociales castigan a su población? En principio la respuesta puede parecer sencilla porque a todo el mundo le vienen ideas a la cabeza: la conquista de América y de Granada junto al legado de los Reyes Católicos, la gloria imperial de los Austrias o si miramos más atrás, las Navas de Tolosa. Una cuestión que no es nueva y que, obviando los desvaríos de cierta historiografía franquista, tuvo su momento álgido durante la posguerra, con el debate entre Nicolás Sánchez Albornoz y Américo Castro. Pero, como es sabido, las opciones descritas no convencen a todas las sensibilidades políticas, ya que esa gloria viene de una ocupación exterior y no de una resistencia interior. Nos hace sentirnos dominadores, cuando en las situaciones que afrontamos somos los dominados, los que van perdiendo. Por contra, Francia clama por la unión del pueblo frente al absolutismo interior pero también exterior. La unificación de Italia es evocada como una lucha por resistir ante un imperio exterior, al igual que las diferentes independencias de todo el continente americano.

Pudiera ser la lucha contra la invasión napoleónica el gran momento fundacional de la nación española. Son muchos los factores que se dan: un enemigo exterior y poderoso, Francia; una resistencia armada del pueblo, que mantiene el pulso de la guerra tras desfallecer el ejército nacional y hasta la promulgación de una constitución. Pero toda esa narrativa épica quedó desplazada por la vuelta de un absolutismo que tardaría en retirarse. Desde entonces, todos los proyectos de introducir un régimen liberal surgen desde los círculos del poder. Se acaba así con toda posibilidad de crear una nación fuerte que involucre al pueblo, aunque sea en su relato. Así, toda suerte de conato revolucionario será narrado como luchas palaciegas de personas cercanas al poder.

La revolución Gloriosa de 1868 parecía abrir una nueva oportunidad, pero pronto es sofocada y de nuevo la salida llega desde los resortes del poder con la Restauración Borbónica de 1876. La siguiente brecha del poder llega con la II República de 1931, pero su trágico final lleva a la división de pareceres sobre ella en el espectro político, por lo que no la hacen oportuna como elemento aglutinador de conciencias mientras siga en el terreno de lo político y no pase al campo de Historia. Posibilidad de añadir cómo la República trató de reformar los puntos más problemáticos de nuestra sociedad a lo largo de la historia: la organización territorial, la tierra/propiedad y el clero.

Con la muerte del dictador la posibilidad de una nueva España se abre, la de crear un proyecto de país diferente al anterior. De esto eran conscientes las élites del gobierno franquista y lo que surgió de este episodio fue una monarquía parlamentaria, con un especial parecido a la que ya surgiera en 1876. De hecho, sorprende ver el parecido entre el manifiesto de Sanhurst, que redactó Cánovas del Castillo, y el que leyera Juan Carlos I ante las Cortes el 22 de noviembre, atribuido a Torcuato Fernández Miranda. ¿Por qué cambiar lo que ya había funcionado un siglo antes?

Desde entonces se habló de consenso, de unidad frente a la adversidad de unos momentos difíciles y de una serie de nombres propios que suenan a todos: Suárez, Fraga, Carrillo, González y, por encima de todos, Juan Carlos I, al que llegaron a denominar como “piloto del cambio” . Al margen de la realidad, el relato dejaba de nuevo al pueblo español 2 fuera. Las nuevas generaciones de ciudadanos españoles hemos crecido escuchando las luces (y sombras) de estas figuras políticas, que gracias a su mesura y saber ceder, pusieron los cimientos de una España a la altura de los grandes países europeos. Por su parte, Juan Carlos I es representado como una figura moderna pero capaz de aglutinar a las figuras conservadoras y de otorgar sus competencias (heredadas de un dictador) a las fuerzas políticas recién creadas. Es, pues, la clave de bóveda, en el sistema que configura Powell, Charles. El piloto del cambio: el rey, la monarquía y a la transición a la democracia. Planeta, Madrid 2 (1991) este relato.

¿Y el pueblo? ¿Dónde queda su actuación? Pues no aparece. En la mayoría de libros de texto solamente se hace referencia a la valentía y a la capacidad de aguante de los españoles en esos momentos tan difíciles, pero las tareas duras, esas, fueron trabajo de los líderes que nos brindaron la democracia y el país moderno que tenemos. Solo desde algunos ámbitos académicos, se ha tratado de rebatir esa visión de la Transición, pero sin llegar a doblegar la visión hegemónica del proceso.

La Transición a la Democracia es el mito que funda la nueva España, y la Constitución su blindaje. La idea que desde entonces se desprende de ella para los españoles es que no sirve la protesta, que ante las adversidades hay que soportar las dificultades y creer firmemente en el espíritu de la Transición. A veces esto se olvida, pero los grandes grupos mediáticos aparecen para recordarnos ese período de nuestra historia en el que España fue un ejemplo para el mundo y de darles voz a sus protagonistas. Ese es nuestro mito, ese es el espejo en el que mirarnos cuando nos cuestionamos como pueblo. Quedan, sin embargo, algunos cabos sueltos, como representan las protestas de jubilados, protagonistas de las luchas antifranquistas que, aunque fuera del relato, están presentes en la realidad, que es más fuerte que una historia.

Bajo esta idea (junto a todo el aparato mediático y estatal) el sistema pudo escapar de la difícil situación que se le planteó tras el 15M y la prolongada crisis económica. Sin embargo, con el PSOE más fuerte desde 2011 y un Podemos que parece haber renunciado a muchos de sus principios, la crisis del Covid-19 ha llegado para remover todos los cimientos. De repente, y sin previsión alguna, los héroes de la lucha contra el virus han pasado a ser ciudadanos anónimos. Son los sanitarios los que involuntariamente protagonizan este movimiento, seguidos de fuerzas de seguridad del Estado, transportistas, empleados de supermercados y, al margen de los focos, investigadores científicos que luchan contrarreloj por buscar la cura del Covid-19. Surge ante esta crisis, el pueblo salvando al pueblo.

Cartel obra de Javier Parra

Mientras, la gente común tenemos otra misión que cumplir, quedarnos en nuestras casas para mitigar la propagación del virus. La crisis nos ha hecho frenar la rueda del capitalismo neoliberal en el que nos hemos visto sumidos y apoyados ciegamente por las estructuras políticas. Y alejados del mundo parece que hemos visto la realidad. Como en un mito de la caverna a la inversa, vemos cómo los medios se ven obligados a dar cobertura a estos luchadores anónimos y nos señalan al enemigo exterior común contra el que todos tenemos la obligación de poner nuestro grano de arena para vencerlo. Nuestra patria está en juego, y vemos como es la sanidad y el resto de instituciones públicas las que resisten su envite. El pueblo puede salir de esta situación más unido, pero también más empobrecido económicamente. Como decía Carlos Fernández Liria en un magnífico artículo reciente, quedará por ver si el capitalismo es capaz de perdonarnos por quedarnos semanas sin producir y sin consumir.

Nos acordamos muchos ahora del desprestigio de todo lo que oliera a público: sanidad, educación, recursos energéticos…, mientras son precisamente sus trabajadores y trabajadoras los que resisten con la ayuda de un mermado Estado. Al mismo tiempo, la corona, valedora de todo el sistema, afronta otra crisis particular que la puede llevar a su derrumbe.

Sin esperarlo, España puede haber encontrado su mito fundacional, uno que englobe a todos sus ciudadanos y ciudadanas y que plante la semilla de un tiempo nuevo, uno en el que el destruido Estado del Bienestar resurja y sea el punto de partida: que la izquierda pueda intentar fortalecer, que la derecha no pueda reducir. La realidad que pueda surgir de esta crisis puede ser terrible, pero también se abren escenarios de oportunidad como el que aquí se aborda. Se hace posible la recuperación de todos los derechos esquilmados a la población española en pos de unas estructuras económicas que ahora se derrumban y nos dejan en la estacada.

Es la hora de poner a la ciudadanía y a su bienestar en el centro, la posibilidad está ahí, ahora solo nos toca tomar conciencia y ser la generación que pudo contra el coronavirus.

Autores

David Espejo García. Licenciado en Historia,  Máster en Historia Actual y profesor de enseñanza secundaria.

Christian Arauz Olozabal. Licenciado en Historia, Máster en Historia Actual y Máster en Cultura y Paz

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David Espejo y Cristian Arauz

Licenciados en Historia y con un Máster en Historia Actual
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