22 de noviembre del 2019
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Soy andaluz y vivo en Cataluña.

Contemplo con estupor y vergüenza cómo en un pueblo andaluz, Coripe (Sevilla), linchan, queman y tirotean al personaje Judas del año, que no es otro que Carles Puigdemont.

Leo que un alcalde del PSOE hace la vista gorda. Veo en un vídeo ignominoso como profesionales de las fuerzas de seguridad del estado contribuyen a un espectáculo dantesco que visten de tradición repartiendo rifles entre sus vecinos y vecinas.

Las tradiciones son festejos compartidos que, mirando nuestras raices, llaman la fraternidad, el respeto y la integración entre pueblos. Las tradiciones existen para perpetuar lo mejor de nosotros mismos o hacer examen de conciencia sobre episodios negros de nuestra historia. La tradición solo tiene sentido en tanto en cuanto llena de autoconciencia a una sociedad. Nos dota de memoria y de madurez. Todo lo que atente contra la dignidad del ser humano y los animales, no es tradición. Por eso a la mayoría del pueblo andaluz no nos gusta el festejo del Toro de la Vega (Tordesillas). Y por eso a mí, andaluz emigrante, me horripila esta “tradición” del pueblo sevillano de Oripe.

A muchas mis amistades catalanas les encanta la Semana Santa andaluza, la feria de Abril, los villancicos flamencos de Jerez o el carnaval de Cádiz, porque esas tradiciones tienden puentes y no levantan muros. Porque están repletas de belleza y bondad. Son tradiciones que unen y no nos separan. Esas tradiciones gustan porque son verdaderas tradiciones.  Lo demás, es barbarie.

Mi rechazo a la “tradición” de Coripe no tiene que ver con el personaje en cuestión, se llame Urdangarín, Ana Julia Quezada o Eva Sannung, ningún ser humano merece, pasar por el escarnio de ver su figura linchada y tiroteada, por simbólico que sea el acto. Ni un político exiliado, ni una asesina, ni un aristócrata ladrón ni cualquier persona de bien. Nadie merece un espectáculo grotesco que lo denigre como si viviéramos en el Medievo.

El pueblo andaluz, además, es un pueblo que comparte con Cataluña una relación de consaguiniedad. Somos sangre de su sangre. Son sangre de nuestra sangre. Alentar al odio contra Cataluña y sus dirigentes es alentar al odio contra nosotros mismos. Formar parte de una celebración así por acción u omisión, es ponerte del lado de los que fomentan la intolerancia y el desprecio hacia un pueblo hermano que historicamente nos abre sus puertas. Los andaluces y las andaluzas no somos así, somos un pueblo abierto, integrador, cordial y generoso. Lo dice la gran mayoría de personas que nos visitan.

El tiempo les pintará la cara a los que con su connivencia mantuvieron este disparate y pasará por encima a quienes ensalzaron un reducto vergonzante que nos recuerda el lado oscuro del ser humano, pero que desde luego no representa a Andalucía. Lo dice el himno, tras siglos de guerra, nuestra bandera vuelve a pedir paz y esperanza bajo el sol de nuestra tierra.

Y también, y más en estos tiempos, bajo el sol de Cataluña.

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Javier López Menacho
Escritor y Social Media Manager. Ha escrito el libro Yo, precario (Libros del Lince, 2013), Hijos del Sur (Tierra de Nadie, 2016) y Juan sin miedo (Alkibla, 2015) y SOS, 25 casos para superar una crisis de reputación digital (UOC editorial, 2018). Ha sido traducido al griego y al alemán. En 2014, creó La Réplica, periodismo incómodo.
Javier López Menacho

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    Una Réplica

  1. Riga

    Esta es el alma de muchos andaluces, como «a por ellos». Existe mucho odio soterrado. ¿Como se puede concebir que alguien se quiera marchar de esta España tan Grande?

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