22 de febrero del 2020
La Réplica La Réplica La Réplica La Réplica La Réplica



Si alguna vez me viera completamente prescrito, abocado a una muerte cruel, lenta y tardía, eximido de todo salvo del dolor y la esperanza, quiero tener derecho a decidir sobre mi vida. Quizá eligiera seguir vivo, pero sé que hay otra orilla –no me pidan pruebas, es cuestión de fe-, y decidiría pedir el finiquito cuanto antes y partir en el primer tren, con la primera pastilla o inyección a mano.

¿Tanto cuesta entender una decisión tan íntima, natural y sensata? ¿Hay que legislarla? ¿Debemos reglamentar el sentido común? ¿Llevarlo al Parlamento? ¿Desaforarnos en discusiones bizantinas que la lógica aplasta y la caridad reivindica? Quienes se oponen a la eutanasia lo hacen por mi bien, lo sé, defendiendo mi derecho a agotar la vida. Es Dios quien debe decidir mi partida, no yo.

Pero en base a este principio me impedirían morir dignamente con la frialdad con que dejan ahogarse a gente en el Estrecho o aplaudirían mi ejecución si la vieran justa y necesaria, diga Dios lo que diga, a pesar de que “la muerte no es la solución”, sostienen. Contradicciones tenemos todos, no se las reprocho. Pero una vez más me pregunto:

¿Es que tienen que ser dueños de todo? ¿De España, de la bandera, del vientre de las mujeres, de las tradiciones, del himno, de los presupuestos, de la Constitución, de la monarquía, de la moral, de la Guardia Civil, de la educación, de las fronteras, de la libertad sexual, de los hospitales, de las universidades, de la vida del prójimo, de la cabra de la Legión? ¿Todo lo que se menee tiene que pertenecerles? Parece que sí, por eso debemos legislar tanto, a ver si frenamos nuestra involución a la indómita Iberia de Indíbil y Mandonio -independentistas y mártires-, en la que algunos hozan dichosos como gorrinos truferos.

A veces, al ver esas terribles fotos de Franco padeciendo en el hospital, me he preguntado si el dictador o su familia llegaron a plantearse alguna vez algo parecido a la eutanasia. Cabe suponerlos contrarios a ella -vade retro, Satanás-. Pero en un fugaz destello de lucidez, en un efímero instante de consciencia, en el durísimo brete del dictador, hasta el más firme creyente -quizá el dictador mismo-, hubiera suplicado o aceptado un indoloro y rápido viaje a la otra orilla. Señores del PP y Vox, si no quieren ponerse en nuestros pellejos, al menos pónganse en el de su referente ideológico, quizás él les inspire más piedad que nosotros. Como cualquier ser humano, a pesar de todo, la merecía.

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Jose Antonio Illanes

José Antonio Illanes es escritor. Trabaja en la multinacional Red Bee Media como subtitulador para sordos y audiodescriptor para ciegos. Acumula multitud de premios en el campo de la narrativa: Gustavo Adolfo Bécquer, Alberto Lista, Malela Ramos, Ciudad de San Sebastián, De Buenafuente, Gabriel Miró, La Felguera, Tomás Fermín de Arteta... Es autor de "Historias de cualquier alma", "La trastienda de la memoria" y "El azor y la zura", premio de novela Malela Ramos. Es colaborador de la revista cultural Atalaya y ahora de La Réplica.
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