25 de junio del 2019
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Corren ríos de tinta acerca de la serie que democratizó el disfrute de las series, haciendo de él un espectáculo tan adulto como sorprendentemente familiar: Games Of Thrones.

Desde que hace veinte años The Sopranos y Six Feet Under inauguraran una nueva era de las series en televisión, tomadas tan a pecho en su producción y en su elenco de actores como cualquier película de larga duración holliwoodiense, y Lost condujera del culto al mainstream esta misma concepción, no se ha vivido un fenómeno de tal calado.

Game Of Thrones es ya historia de la televisión, y como siempre que acaba lo que nos hace sentir y disfrutar, el final no ha contentado a nadie. Pero eso no resta que sus personajes sean, ya para siempre, parte de la iconografía y del imaginario popular. Los Lannister y los Stark son patrimonios culturales de la humanidad, a mucha honra.

Da igual qué espectador seas, siempre tendrás un pero. Porque este relato shakesperiano de proporciones grotescas no podía tener un final a medida, pues precisamente de ese salirse de lo común, de esa traición constante al espectador, hacía su razón de ser.

Dicen que la serie ha perdido fuelle a medida que más se alejaba de los libros, que las negociaciones con los actores influyeron en su desenlace, que sus guionistas han descafeinado y despolitizado la trama, entregándose a la espectacularidad y a un final complaciente. Analizarlo es complejo, pues a veces da la sensación de que es Games Of Thrones la que nos ha analizado a nosotros, nuestras ilusiones y expectativas, e incluso en su final, no ha parado de hacerlo.

La serie nació al calor del 15M, allá por 2011, y en su surgimiento, evolución y conclusión ha compartido casi de la mano el ciclo electoral de un país que ha acelerado su vida política de forma frenética (España), dentro de un mundo que parece hoy incluso más caótico y difícil de entender de lo que era entonces. Su popularidad provocó que prácticamente todos los actores del hemiciclo político utilizaran a conveniencia las piezas del tablero político ficcional y sus personajes para justificar ese otro juego de tronos -en ocasiones más cruel que el de la propia serie- que es la vida política.

Desde Cristina Cifuentes a Pablo Iglesias o Gabriel Rufián no han dudado en leer el tiempo político como si se tratara de la serie escrita por George R. R. Martin.

Y entre todas los referenciados, un personaje sobresale por su potencial simbólico, Daenerys, la reina de los dragones, capaz de resistirlo todo hasta alzarse victoriosa en la guerra por el trono. La que más veces aludía al sentir del pueblo fue vendida, violada, traicionada, perdió a algunos de sus dragones y seres más queridos, y, sin embargo, al final la tacharon de loca. ¿Hacían falta más motivos para acabar con todo? El fin de Daenerys significa el fin de la utopía, de esa fuerza que nos hacía creer que la resilencia e inteligencia podía terminar transformándose en un capital político liberador y constructivo. Pero los guionistas entregaron a Daenerys a la locura, convirtiéndola en una Stalin medieval, en una decisión coherente con la naturaleza del relato (Games Of Thrones no acostumbra a hacer concesiones), y con ella se desbrozó la principal esperanza del espectador de un final repleto de justicia.

La decisión no ha sido bien acogida por el movimiento feminista, que, sin embargo, es capaz de reconocer que la serie, en cantidad y calidad, tiene más de una lectura feminista. Pero con este final donde sus reinas acaban muertas (Cersei, Daenerys), desterradas a un segundo plano (Sansa) o buscando la verdadera libertad (Arya), parece difícil contentarse.

La suerte de gatopardismo con la que concluye la serie, con ese cónclave volviendo a decidir en camarita el destino de las gentes del reino -con cachondeo incluido sobre la democracia participativa-, y un nuevo orden tan parecido al precedente, donde el pueblo vuelve al punto de partida y un rey es consensuado por una camarilla condenada a repetir los errores de sus herederos, nos despoja de toda ilusión. “Pregúntamelo en diez años”, le dice Tyrion a Jon Snow, pero ya sabemos lo que sucede. Hemos vivido la revolución que no fue de su mano, las miserias del ser humano.

Es difícil ser libre en tu propia tierra. Si quieres libertad, dice GOT, hazte salvaje o salte del mapa. Como en el actual ciclo político, la serie expulsa a los utópicos de sus propios límites.

Nadie gana en Games Of Thrones porque es la persecución de ese trono y su poder lo que termina por deshumanizarlo todo. Real como la vida misma, se convierte en una analogía de la política, una historia de perdedores y el relato compartido de un fracaso. Por eso Drogon funde el trono, a la postre, la mayor muestra de dignidad a la que asistimos como espectadores. Un animal desprecia el trono que tantos muertos, ilusiones y cordura ha costado. Y sale volando, hacia otra historia, en busca de un futuro mejor.   

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Javier López Menacho
Escritor y Social Media Manager. Ha escrito el libro Yo, precario (Libros del Lince, 2013), Hijos del Sur (Tierra de Nadie, 2016) y Juan sin miedo (Alkibla, 2015) y SOS, 25 casos para superar una crisis de reputación digital (UOC editorial, 2018). Ha sido traducido al griego y al alemán. En 2014, creó La Réplica, periodismo incómodo.
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