17 de noviembre del 2019
La Réplica La Réplica La Réplica La Réplica La Réplica



El ‘Joker’ de Todd Phillips será recordado como uno de los estrenos más oportunos de toda la historia del cine. Su timing ha sido perfecto, envidiable, apareciendo en un momento de las vidas de muchas personas que podrán, así, tener un espejo en el que mirarse, aunque este sea completamente deforme e irreal. La supuesta pérdida de valores, las crisis económicas que se simultanean y se solapan en el tiempo y la destrucción sistemática, por parte del neoliberalismo agresivo, de la llamada ‘Sociedad del Bienestar’ son los ingredientes necesarios para que la olla exprés se destape antes de que se haya fugado todo el vapor. ‘Joker’ es una de las manos que ha descubierto la olla y a muchos les ha explotado en toda la cara. Pero en lugar de heridas se sienten salvados, identificados. Y han confundido al villano con un superhéroe.

Es necesario poner en contexto a este nuevo Joker, apuntando en su análisis diferentes momentos de la historia reciente que puedan ayudar a comprender mejor su relevancia e importancia. Uno de estos momentos ocurre en el año 1997 cuando aparece en Internet, por primera vez, el término ‘Incel’. Una joven solitaria, angustiada por una sociedad en la que la virginidad era poco menos que un lastre, una mofa, un motivo más por el que hacer bullying, crea una primitiva página web en la que poder volcar todas sus miserias y frustraciones. Pronto, más personas de ambos sexos acaban acudiendo al foro en busca de un lugar cálido y confortable en el que sobrellevar un poco todo el odio volcado en ellos. El foro tenía un nombre, ‘Involuntary Celibacy Project’, demasiado largo como para que sirviese de etiqueta identificativa que diese visibilidad a su problemática. De aquí surgiría ‘Incel’, miembros desilusionados por una sociedad que no les entiende y les exige más de lo que pueden dar.

Pasaron los años y el movimiento Incel se había convertido en un auténtico cáncer por culpa de unas pocas células que lo malinterpretaron todo. En 2014, Elliot Rodger, autoproclamado orgulloso Incel de 22 años, hombre cis y heterosexual, asesinaba a seis personas y hería a otras trece cerca del campus de la Universidad de Santa Bárbara, en California. Durante la matanza, se produjeron apuñalamientos, atropellos y disparos. Rodger acabaría pegándose un tiro en la cabeza, viéndose acorralado por la policía. Justo antes de la masacre, el joven había subido un vídeo a YouTube en el que explicaba los motivos de su plan: vengarse de los hombres que tenían una vida sexual activa y de las mujeres que no se querían acostar con él. Además, tuvo a bien enviar un ‘manifiesto’ a amigos y familiares en el que vomitaba sus complejos. Un manifiesto que muchos hicieron suyo, elevando a Rodger a la categoría de héroe. Y así fue cómo se pervirtió una etiqueta que solo quería aportar visibilidad a quienes se sentían solos.

Otro de esos momentos a tener en cuenta para tener una visión global del fenómeno ‘Joker’ es la situación por la que en estos momentos está pasando el producto de la ficción y la comedia. El movimiento Incel no es más que la enésima excusa de la ultraderecha para imponer su concepto de libertad, que pasa por mantener unos privilegios que se nutren, precisamente, de la falta de libertad de otros. A lo largo de toda la historia, la comedia ha sufrido un peligro de muerte por parte de los llamados ‘políticamente correctos’. Cómicos a lo largo y ancho del planeta, generalmente heterosexuales, se lamentan de esta nueva ola de puritanismo que les impide realizar chistes a costa de minorías, abrazando un pervertido concepto de la libertad de expresión que pasa por pensar que es unidireccional. Ellos pueden permitirse el lujo de contarte un chiste machista pero no admitirán nunca una queja, un gesto de desagrado, una llamada de atención o un ‘no tienes ni puta gracia’. Buscan la ofensa pero se ofenden si ofenden. Parece un trabalenguas pero no deja de ser algo extremadamente ridículo. Nace así el fenómeno del troll llorón. El cómico que exige libertad de expresión y se refieren, de forma peyorativa, como ‘ofendidito’ a los que no encuentran la gracia de sus chistes, se enarbolan como mártires sin darse cuenta de que, ahora ellos, son los que se ofenden. Una paradoja ridícula que atenta, además, contra el sentido mismo del humor como arma. No me imagino a una bestia parda como Lenny Bruce llorando en su celda, en la década de los 60, por sus chistes políticamente incorrectos y su lenguaje obsceno. Y ya, por aquel entonces, se hablaba de que lo ‘políticamente correcto’ iba a acabar con la comedia. Más de cincuenta años después seguimos con la misma cantinela.

El propio Todd Phillips, otrora director de comedias como la trilogía de ‘Resacón en Las Vegas’, se ha lamentado en entrevistas, durante el ejercicio de promoción de la película, por tener que dejar el humor porque, hoy día, es imposible hacer comedia. Todo el mundo se cabrea por la comedia, todo el mundo quiere censurarte por la comedia. Es bastante sintomático que el director de esta película declare esto y luego, en esa misma película, nuestro villano tenga un discurso tan parecido. Y digo discurso porque el Joker pone, literalmente, en su boca, uno similar. E imposible no imaginarse a Todd Phillips con su mano metida dentro de la clavicula huesuda de Joaquin Phoenix, dirigiendo sus palabras, como si fuese un muñeco de ventrílocuo, trasmutándose en un ‘Joker’ que se lamenta de que, hoy día, ya no podemos reírnos sin degradar a nadie. Un ‘Joker’ que parece desconocer la existencia de gente como Bo Burnham, Wanda Sykes, Tig Notaro o Demetri Martin. Un ‘Joker’ que demanda empatía y que, a su vez, parece tener muy poca.

No solo la comedia vive tiempos convulsos. La ficción en la actualidad, departamento ‘cine de Hollywood’, también pasa momentos extraños y ‘Joker’ parece haber aparecido en nuestras vidas como un bálsamo. Se acusa a la industria de infantilizar al público con los enésimos estrenos basados en personajes de tebeo, estableciendo una analogía que ya pensábamos desterrada: la que se establece entre el lector de cómics y la adolescencia. El cine de superhéroes debe lidiar con el estigma de ser un producto de bajo calado, una vuelta al cine como una forma pura de entretenimiento, un producto de prestidigitación en el que la imagen funciona como un truco, como un masaje en las pupilas destinado, simplemente, a excitar al espectador y transportarlo a otros mundos posibles. Y algo de realidad hay, aunque se manifieste de modo tan torpe como cuando Martin Scorsese dice que ‘las películas de superhéroes no son cine’. Es evidente que las películas de superhéroe son cine, como lo eran los subproductos protagonizados por Steven Seagal o Chuck Norris. El problema es cuando parece que el cine comercial de Hollywood no ofrece ninguna alternativa al cine de superhéroes, al menos cuando miramos al llamado ‘cine adulto’, ese que se ocupa de mirar de frente a los que pintamos canas y necesitamos que nos cuenten historias en las que podamos sentirnos reflejados, más allá de los dilemas propios del héroe frente a su némesis. Y otro problema es cuando ‘cine adulto’ se confunde con mostrar violencia, sexo o palabras malsonantes, sin tener en cuenta que también existe una ‘mirada adulta’ a la hora de contar las historias sin necesidad de que tengan que aparecer explosiones craneales o sangre a chorros. En Estados Unidos basta con conseguir la calificación ‘R’ para que a una película se la considere adulta. Y ‘Joker’ ha llegado para salvar a los adultos con una historia en la que puedan verse reflejados, curados, abrazados, comprendidos. ‘Joker’ es, definitivamente, algo más que una ‘simple y tonta película basada en un tebeo’ como han dejado claro sus responsables una y otra vez. Demasiados complejos para lo que debería ser, solo, una película de entretenimiento. Pero el ‘Joker’ es algo más y así hay que valorarla. Mucho me temo que los que lean esto pensarán ‘Dios mío si solo es una película’. Y no, no es solo ‘una película’. Sus responsables han allanado el terreno para que no lo sea.

Todos los elementos anteriormente dispuestos en este análisis son imprescindibles para comprender el fenómeno en el que se ha convertido ‘Joker’, una auténtica película-evento que está agotando entradas en los cines, algo que ocurre muy poco en nuestros días. El público está sediento de que le doren la píldora. Necesita que alguien les diga que nada de lo que le ocurre es responsabilidad suya, que todo es debido a que ‘vivimos en una sociedad’. La víctima, en este caso, es un hombre blanco y heterosexual con evidentes problemas para lidiar con el sexo femenino. Vive con su madre, porque ya sabemos que si estás mal de la cabeza tienes que vivir con tu madre y, por supuesto, es un desarraigado de clase baja que malvive en una ciudad llena de ratas, una ciudad que necesita de un ‘supergato’ para cazarlas (ese guiño a Batman para ‘iniciados’). Una ciudad cuyo sistema liberal le ha dejado sin sanidad, sin medicinas. Es evidente que ‘Joker’ intenta retratar a un enfermo mental y dudo que quiera prender la mecha de la gasolina que esparce el público Incel que vaya a verla, pero lo hace de la peor de las maneras: glamourizando la enfermedad mental, describiéndola como el único detonante que podría comenzar una verdadera revolución del oprimido. El público, de este modo, puede ‘olvidar’ que se trata de un retrato de alguien completamente desequilibrado para abrazar la idea del justiciero, del desarrapado, del marginado. Las argucias narrativas de ‘Joker’ están encaminadas a que el público empatice con el villano: su fotografía es exquisita pero está al servicio de la nada o, si lo quieren, al servicio del ‘One perfect shot’, de la captura perfecta para ser publicada en Pinterest. Todd Phillips carece de un discurso propio que no le deba nada a otros, como a Scorsese al que tanto homenajea. Su película es un vehículo estético para estimular la indignación de la peor de las maneras. Utiliza el logo de la Warner de los 70, década en la que el cine americano vivió nacer el concepto de cine de ‘autor’ de la mano del propio Scorsese, Coppola, Cimino, De Palma y otros tantos. Se nutre de canciones que remiten al cine clásico y tiene hasta la desfachatez de rematar su película con un ‘The End’ de tipografía vintage que hará las delicias de los hipsters que se atusan el bigote, dándole forma, mientras acaban de sorber su enésimo latte macchiato, servido en el nuevo Starbucks del barrio. Todo ello para aportar una falsa pátina de calidad que avale el producto. Puro espejismo.

No me sorprende que ‘Joker’ tenga unas críticas excelentes. Otro autor que tiene obras similares en intenciones como Christopher Nolan también las atesora y sus obras adolecen de los mismos inconvenientes que la última de Todd Phillips: discursos innecesarios que explican la tesis principal de la película, flashbacks que te cuentan lo que ya han sugerido las imágenes y los diálogos y todo ello vestidos con unos ropajes que hacen sentir al espectador que las ve más inteligente de lo que en realidad es. Y esto no debería ser nada malo si este mismo espectador pudiese hacer un ejercicio de autocrítica y aceptar que, como vive en una sociedad, hay gente que puede opinar distinto. Recibir insultos por manifestar una opinión desfavorable a ‘Joker’ es un síntoma claro de por qué esta teniendo tanto éxito. El hombre blanco heterosexual (perdonen la frase-meme, pero es que viene como anillo al dedo) siente que pierde privilegios ante la nueva ola feminista, ante la censura de los ‘ofendiditos’, ante las acusaciones generalizadas de violaciones (‘not all men), ante el movimiento #metoo que aboga por dejar de silenciar los casos de abusos sexuales. Y ha escogido al Joker como su héroe aunque sea un villano. El guión de Todd Phillips y su tremendamente ambigua puesta en escena llena de cámaras lentas, imágenes preciosistas y detalles que remiten al cine de ‘calidad’ se prestan a ello. Es, además, una película muy mal contada, con una progresión dramática risible. Basta un suceso, que podría repetirse a diario en una ciudad tan sumamente peligrosa como Gotham, para que estalle una supuesta revolución de clases. Está ahí, de fondo, contada a través de sensacionalistas titulares de periódicos, pero no notamos que tenga relevancia. Están muy distraídos secuenciando tragedias para que el espectador esté deseando que Joker salga a la calle y haga de las suyas.

Si al leer esta crítica te sientes tentado de dejar un comentario insultando, o una réplica en Twitter acordándote de mi santa familia, simplemente por tener una opinión distinta a la tuya, solo me estarás dando la razón en mis argumentos. ‘Joker’ ha llegado para echar más gasolina al fuego y no para entender la situación en la que nos encontramos. Sí, ‘vivimos en una sociedad’, pero algunos se olvidan de que también pertenecen a ella y que son síntoma y, a la vez, enfermedad.

The following two tabs change content below.
Avatar

Antonio Bret

Nacido a finales de los 70 en el sur de España, Antonio Bret estudia producción de cine y TV pero se dedica, durante dos años, a contar historias de copleros en “Se llama Copla” de Canal Sur. Cinéfago y heterosexual solo de cintura para abajo, es fan de Lucio Fulci, David Cronenberg, Hayao Miyazaki y Mónica Naranjo. También es adicto a los one hit wonders de los 80 y el porno de los 70. Rechaza la depilación púbica y quiere abrazar, un día, a Phil Collins
Tags: ,

Participa libremente y desde el respeto. Del debate nos enriquecemos todos.

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

Uso de cookies

Este sitio web utiliza cookies para ofrecerte una experiencia de usuario óptima. Si sigues navegando estás dando tu consentimiento a nuestra política de cookies.

ACEPTAR
Aviso de cookies