17 de noviembre del 2019
La Réplica La Réplica La Réplica La Réplica La Réplica



Lo extraordinario de la definición de política es que existen tantas como teorías e ideologías existen. No obstante, en su mayoría, todas giran sobre un mismo eje: un servicio público que unos ciudadanos llevan a cabo para dar un sentido de organización a la vida de sus conciudadanos. Y en nuestro caso, podríamos añadir que se trata de un contrato social para asegurar la convivencia de un país que nunca conoció un periodo más largo de paz interna que el que parte desde nuestra última Constitución de 1978.

En 2006, no llegaba al 15% el número de catalanes que votaban posiciones independentistas. Subiría tímidamente a un 19% en 2012, y tendría un repunte negativo de pérdida de votos tras la consulta del 9N en 2014. En junio de 2016, el voto independentista alcanzaba casi el 42%, y en las votaciones de Diciembre de 2017 lo superaban hasta un 42’98%.

Que en una comunidad autonómica el descontento reflejado en votos se triplique en once años, hace al menos listo darse cuenta que algo se ha hecho mal, tanto desde el Gobierno Central de Madrid como desde Cataluña. ¿El qué? Hay tantas opiniones en España como bares, pero hay una afirmación de Francescs Homs, que da algo de luz al origen de este torbellino:

el gran impulso del proceso independentista que existe en Cataluña es consecuencia de cargarse por parte del Tribunal Constitucional una ley que fue refrendada. Con el Estatut empezó todo, como mínimo a partir de la sentencia”

Esto es cierto, y de ello han derivado crasos errores en Cataluña y el Gobierno Central, errores que solo buscaban exhibir quién tenía la bandera más grande, si la derecha española en las Cortes con PP y Ciudadanos, o la catalana con PDCat y el apoyo de los cómplices de izquierdas de Esquerra y la CUP.

Aprobar unilateralmente la consulta de referéndum con esa absurda mayoría simple, aprovechar la democrática mayoría absoluta para aplicar el artículo 155, aparcar Piolín en Barcelona o permitir los acontecimientos que se dieron el 1 de Octubre. Había salidas políticas más inteligentes que todo eso, y más necesarias que la brutalidad policial contra la brutalidad de algunos energúmenos en las calles, que regalaron fotos a quienes detrás de su anhelo independentista conseguían la sangre que necesitaban para vender al mundo la propaganda deseada; había también salidas políticas más ágiles y humanas que la de mantener la prisión provisional por dos años hasta el juicio del Procès, y también había necesidad de comportamientos más valientes que los de Puigdemont y Anna Gabriel.

Todos, absolutamente todos han cometido errores, pero es que el error ha sido una decisión política. De dónde nos encontramos hoy se va a alimentar el rédito político del independentismo catalán, como también de los arribistas Albert Rivera, Santiago Abascal o Pablo Casado, esos mismos que defienden la unidad de España en base al no entendimiento con parte de esa España. El mismo irracional nacionalismo que defienden otros tantos en los partidos políticos catalanes pro independentistas, solo que cuentan a su favor con el ordenamiento jurídico, ahí es nada. En 2019 seguimos oyendo discursos sobre el dogma de la unidad de España, como algo indiscutible, una ficción que en el diálogo solo ve la discordia, y en el entendimiento un fatal enemigo.

La solución no va a llegar pronto, y no va a ser posible mientras estos agentes políticos de ambos signos sigan retroalimentándose de esta crispación que da lugar a episodios dantescos en las calles. La solución solo va a ser posible por la vía del diálogo. Considerar excesivas las condenas de esta sentencia no nos convierte en independentistas, como tampoco opinar que los referéndums consultivos para que los catalanes muestren su opinión tampoco convierte a nadie en menos patriota, al contrario. Querer a España es querer que cuantos más españoles quieran pertenecer a ella, mejor España tendremos. Tu cuñado que se da golpes de pecho de amor a España pero en la cena de Nochebuena echa espuma por la boca mentando a los catalanes, haciendo chistes de Arévalo sobre ellos o compartiendo con temblores cadenas de WhatsApp para boicotear productos catalanes, es decir, españoles, no es más español que quien cree en una España en la que todos deben ser escuchados, y en la que su democracia no puede estar en contra de urnas, so pena de trece años, sin por esto restar culpabilidad a los necios que alentaron aquel primero de Octubre.

Cataluña debe tener gestos de responsabilidad y fraternidad de Madrid como Gobierno Central, así como de todas las comunidades autónomas. Solo así volverá el voto independentista a ese reducto minoritario que ‘apenas’ tenían representación en el Congreso y el Senado, a pesar de la ventajosa ley electoral que sufrimos desde hace más de tres décadas y nadie se atreve a tocar.

Cataluña se ha convertido en un incendio fértil para obtener votos, y de la responsabilidad de quienes mejor parados salgan el 9 de noviembre dependerá el devenir de esta situación a corto plazo. El problema no es que, salga quien salga, se dé cuenta de que la única vía por ambas partes es el diálogo. El grave problema es que las mayorías las acaparen quienes al diálogo no lo quieren ni en pintura.

Cabe decir para concluir que, todo este problema político quizás debería haber tenido más soluciones políticas y no judiciales, y el principio de intervención mínima que rige el Derecho Penal español habría debido ser más intransigente por parte de quienes aplican el Derecho y no permitir que se acuda a los tribunales con la misma facilidad con la que los Gobiernos dictan Decretos-ley pasando por los forros aquello de la extraordinaria y urgente necesidad que dice nuestra Constitución.

Hoy nos encontramos más lejos de la fraternidad y el diálogo que a principios del siglo XXI. Y celebrarlo, es celebrar un fracaso de todos.

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Alejandro García Maldonado

Licenciado en Derecho por la UMA, ha colaborado en medios como El Confidencial, Claridad Digital, El Turbión, El Importuno y Cubainformación. Autor de las obras "Testigos cegados" (2011) "Transcripción del Manifiesto Comunista" (2012), "Tra due anime" (2015) y "Al resguardo del tilo rojo" (2018). Ha cursado estudios a distancia sobre antropología biográfica en la Bernard Lievegoed University (Zeist, Holanda) y dirige el proyecto literario "Etreso Biografías". Diplomado en Periodismo por el National Council for Training of Journalist de Londres, actualmente escribe un libro de relatos cortos que verá la luz a finales de 2019 y reside en Suecia.
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