12 de diciembre del 2019
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Periodista de largo recorrido, en los últimos tiempos cubriendo la actualidad en la política nacional (dio la exclusiva del «Pacto del Abrazo» en La Vanguardia), Pedro Vallín ha publicado recientemente su primer libro: ¡Me cago en Godard! (Arpa, 2019), un ensayo arriesgado e incómodo que derriba mitos y lugares comunes del periodismo cultural, enfocando su análisis en la crítica cinematográfica, tan prejuiciosa y sobrada de vanidad. Mientras coloca a los periodistas frente al espejo, sus páginas descubren a un autor cómplice y defensor del gran público, feroz con los elitismos vacuos y dueño de un gran sentido del humor. Es el ensayo sobre cine del momento y sobre cine hablamos sin tapujos ni pelos en la lengua. 

¿Te han prohibido ya la entrada en alguna filmoteca?

No, todavía no. De hecho nos han pedido el libro en varias filmotecas. El otro día me llevé una sorpresa muy agradable al comprobar que estaba en el escaparate de la librería Ocho y medio aquí en Madrid, que es un templo gordardgiano y está en frente de los cines Golem y Renoir, los de versión original en Madrid. Se lo conté al editor y me dijo que incluso querían que presentase allí mi libro. 

¿De verdad le hacía falta al cine de Hollywood alguien que lo defendiera?

En realidad ningún cine necesita una defensa. Creo que cada película sabe buscarse su propio público y tiene o no tiene éxito en función de sí misma. Una cosa que repito siempre es que a la crítica y al público les suelen gustar las mismas películas. En el sentido de que una película coreana o iraní que la crítica pone por las nubes normalmente al consumidor de cinematografía exótica (ese que no tiene problema para ver una peli en un cine de versión original) le gustará también. Lo he observado siempre. Esa historia de que hay grandes diferencias entre la crítica y el público no es tal. Ocurre que la crítica presta más atención en general a la cinematografía que no tienen esa potencia de promoción y que, por tanto, las defiende más, pero cuando hay un consenso crítico en que una película es buena, a la gente que la ve le gustará también. Y en el caso de una película de masas muy promocionada que no le guste nada a la crítica, lo normal, aunque existan excepciones, es que esa película no funcione. Si trae buena promoción hará un buen primer fin de semana, pero no mucho más que eso. 

En relación a la taquilla hay una cosa que no se dice: la taquilla del primer fin de semana no dice que una película está gustando, dice que una película está interesando, que es diferente. En realidad no sabemos qué piensa la gente que la ha visto, por eso hay que esperar al segundo o tercer fin de semana para saber si una película está gustando o no. Presuponer que la gente que va a ver una película sale satisfecha de ella porque se ha gastado la entrada es un juicio de valor. En ese sentido, no hace falta defender ningún cine y no es el sentido del libro; en realidad el propósito es defender al espectador de quienes pretenden acomplejarle por lo que consume y proponer una reflexión en torno al oficio del periodista cultural: con la condescendencia y utilizando como elemento crítico lugares comunes que creemos que dan prestigio a lo que escribimos no se llega muy lejos.    

En el libro haces aseveraciones bastante duras… 

Sí, había quien me preguntaba si era un libro contra el cine de autor. No lo es porque en él apenas se habla del cine de autor. No es un libro contra nada en particular, es un texto en defensa del placer cultural, que no puede ser vivido ni como un deber ni como un pecado. Si es contra alguien es contra mi oficio. Si a alguien se le tira de las orejas en el libro es a los periodistas culturales porque tenemos una serie de tics que son feos y que no están respaldados por los hechos. 

¿Crees que estamos en una época en el que el esnobismo está decreciendo?

Cada generación que se incorpora a este —cada vez peor pagado negocio del periodismo— está mejor preparada que la anterior. Tiene menos complejos y no arrastra la misma biografía emocional y crítica que sus predecesoras. Esto lo deduzco después de sacar el libro porque me he dado cuenta que tengo pocas entrevistas en las que he tenido que defender el libro de un periodista cultural que militara en la posición contraria. Me he encontrado con todo lo contrario, de las dos docenas de entrevistas que he hecho no he tenido que defender el libro de una impugnación por parte de quien me entrevista. 

Una amiga, María Pérez, que me ayudó con la escritura final del libro, me decía en mayo “noto el ambiente en el periodismo cultural muy receptivo a lo que estás haciendo, de modo que si este libro no lo sacaras tu ahora uno parecido iba a salir en un momento dado”. Y creo que algo de eso hay. Hay una renovación generacional que es menos prejuiciosa. Gracias a la digitalización ha habido una democratización, ha entrado un aluvión de gente en el negocio. Cuando entra mucha gente en un espacio siempre pasa lo mismo; la calidad media baja pero la cantidad de excelencia sube. Yo recuerdo estar en el Festival de Donosti hace unos ocho o nueve años y encontrarme allí con unas crónicas de un tipo que me parecían extraordinarias en cuanto a la vocación de estilo, el uso del lenguaje y el propósito de ser sofisticado en el análisis del cine. Unas semanas después fui a dar una charla a la Universidad Complutense de Madrid a los alumnos del grado de Periodismo Cultural y Científico y me encontré con que era alumno de esa clase y tenía tan solo 21 años.  

Foto: Irene Lingua ®

Le das bastante fuerte al marxismo cultural, considerándola una teoría poco menos que conspiranoica que vive sospechando del liberalismo y el capitalismo 

El problema del marxismo cultural es que se ha convertido en el sentido común de época.  Lo mismo que pasó en las escuelas de economía con el neoliberalismo, con el tema de la desregulación. Entonces ocurre que no es una ideología sino el sentido común de la época. No hay otra cosa. Pasa un poco esto con el marxismo cultural porque hay un marxismo cultural consciente, es decir, ejercido por el que tiene las lecturas y que se basa un poco en una visión maniquea de considerar norteamérica el imperialismo malo, y eso pesa sobre el juicio que se hace sobre los productos culturales y que se termina empujando a la crítica cultural, no sólo la de cine, a asumir unos lugares comunes sin haber leído la base teórica. El marxismo es un escalpelo para analizar la sociedad y pongo algunos ejemplos en el libro, aunque no se trata de invalidar la herramienta. Por otra parte tiene una acusada tendencia al sesgo de confirmación. Esto siempre ha sido negativo, es decir, “probemos siempre que las cosas están mal, que somos los derrotados” y esto lo ilustro en el libro con una anécdota divertida con un político de Izquierda Unida en Asturias cuando yo hacía información política. Él se obsesionaba con ver elementos anticomunistas en todas las películas que veía. Yo siempre le explicaba que eso que detectaba no son elementos ni de izquierdas ni de derechas, son los elementos propios de una sociedad liberal, que no es lo mismo que neoliberal, basada en el principio de los derechos y libertades del individuo frente a los poderes que los rodea y con los que convive. El elogio del individuo siempre está presente en el cine norteamericano, pero de ahí a convertirlo y/o interpretarlo como algo antimarxista o de derechas hay un trecho. La anécdota era con la película Hormigaz que él consideraba anticomunista y cuando más o menos me convenció de ello yo le repliqué: “vale pero tienes que reconocer que Bichos cuenta una revolución contra los saltamontes, que son los explotadores que se llevan la plusvalía del trabajador”. 

Lo interesante de la discusión es que estáis hablando de películas de animación, que hace no muchos años sería un debate impensable. 

Sí, siempre he consumido películas de animación. Desde que era crío y también en la adolescencia. Probablemente porque tuve la suerte de que a mí me tocó el estreno en cines del primer manga que llega a la cartelera, Akira, la adaptación de Katsuhiro Otomo. Es verdad que suele haber un ciclo que en el que se deja de ver dibujos o animación cuando eres adolescente (por aquello del complejo de no parecer un niño) y después vuelves pasada la veintena. Yo ese paréntesis no lo tuve. Siempre he visto mucha animación y siempre me ha parecido un medio muy sofisticado con unas posibilidades inmensas que cuenta muchas cosas. De hecho, en los relatos aparentemente más sencillos en donde mejor se pueden interpretar determinados humores y sensibilidades del momento. 

Hablando de las cosas sencillas, en el libro hablas de una máxima, la navaja de Ockham, que viene a explicar algo así como que “lo más obvio suele ser la respuesta adecuada”, sin embargo, has criticado a la película Joker por reaccionaria y esa crítica no es tan obvia. El Joker parece más bien un anarquista… 

Sí, porque se trata de un anarquismo reaccionario, no es el anarquismo comunitarista de Proudhon. Es lo que llaman el anarcoliberalismo de la extrema derecha norteamericana. El pensamiento del paranoico americano clásico que tiene un refugio nuclear en mitad del jardín de su casa, que tiene todo tipo de armas automáticas y no cree en el Estado. Utilizo en el libro el arquetipo del hombre escoria que se ajusta perfectamente al Joker. De hecho, la propia película reconoce que su referencia es Taxi Driver. No hay que ser un lince para ver que es la historia de un fascista que tiene además un speech en el que específicamente carga contra las prostitutas, los drogadictos y los negros. Si esto no es de derechas que venga Dios y lo vea. De todas maneras, creo que se ha hecho un lío el propio Todd Phillips que no ha hecho la película que creía estar haciendo. Un poco como le pasó a Nolan con el tercer Batman, que terminó haciendo una película muy reaccionaria. Voy a intentar explicarlo de otra manera: a lo largo de la historia de los movimientos políticos la ira es una expresión de la clase media pero nunca de las clases populares. Lo que impulsa la reacción de las clases populares contra el poder es el ansia de mejora, es el utopismo, pensar en un sistema y unas condiciones de vida mejores de las que hay y que se puede utilizar la violencia para conquistarlas. Eso hay en V de Vendetta. En cambio en Joker no hay nada de eso, no está en ningún sitio. Este tipo se comporta como todos los tiradores solitarios norteamericanos que están hartos de que tienen un trabajo que no les gusta, que no tienen novia, que no tienen una vida social normal porque son gente muy introvertida. Eso es lo que cuenta esta película. No es un vector revolucionario de nada, es puro nihilismo. Además, es que me parece de cajón. Este tipo de gente es el votante de Trump, son los rednex del interior del país que están empobrecidos porque han perdido la perspectiva de futuro, que creen que la globalización les ha arruinado —que probablemente sea cierto—, que creen lo que decía Trump literalmente que Washintong está lleno de burócratas que hay que barrer. Hay que tener en cuenta que Trump se presentó como antisistema, que les vota mucha gente desfavorecida. Y un elemento definitivo que vincula Trump y Joker casi como una profecía es que Trump en campaña dijo literalmente: “tengo a los votantes más leales. Podría pararme en mitad de la quinta avenida y disparar a la gente y no perdería un voto”. 

También el libro es muy crítico con Woody Allen, que aunque matizas que en su cine hay talento, sí que detectas un pensamiento conservador. Incluso comparas “Si La Cosa Funciona” y su protagonista con Paco Martínez Soria… 

Eso es fácil de entender. El personaje del señor mayor que ya no le gusta nada el mundo, los jóvenes, ni lo que ocurre a su alrededor y mientras se está haciendo viejo se flipa con las camareras no tiene nada de progresista. Es un humor carca. Pero déjame aclarar que a mí Woody Allen me encanta. Me gustaría que no fuese un estajanovista, que no hiciera una película cada año porque las que están haciendo desde hace una década son de una mediocridad pasmosa para quién es él. Lo que no me parece que sea su cine sea progresista. Son cuentos burgueses de Nueva York. No reivindico que la gente deje de ver Woody Allen ni mucho menos. Confieso que adoro las películas de Éric Rohmer y en general las de señores ricos veraneando, pero no deja de ser cine burgués. Es que no se trata de no disfrutar de eso. Casi cualquier película que se desarrolle en la Toscana con gente veraneando se disfruta sólo por ver esas casas, esos paisajes, esas comidas en mesas de mantel de cuadros rojos y blancos con tomates de la huerta debajo de un precioso arbolito. Simplemente lo que pretende el libro es que no te la intenten colar diciendo que eso que te gusta tanto es progresista y emancipador, pero por el contrario Avatar es yanqui, imperialista y reaccionario. No, Avatar es mucho más progresista que este tipo de películas de burgueses europeos. Porque esta gente de bien no propone ninguna emancipación para la comunidad y no se hacen cargo de ninguno de los padeceres de las sociedades que los envuelven.  En cambio, Avatar es la historia de un soldado invasor que se pone del lado de los indígenas y colabora en la revolución contra el imperialismo. Mi juego no es tanto pedir que la gente vea o no vea directores si no que no nos den gato por liebre. 

De Godard dices que es un representante de “ensimismamiento individualista que defiende valores burgueses”. ¿No es un poco duro?

Es que tuvimos la mala suerte como espectadores que cuando la de la guadaña se llevó a un autor de la nouvelle vague en el 84 fuera a François Truffaut. Todo lo que hay en Godard a partir de los años ochenta, a parte de sus insufribles homilías sobre la muerte del cine, creo que es un cine autoindulgente. No me interesa nada. Grabarte en unas vacaciones en un crucero y contarme que es una reflexión sobre el socialismo me parece ser un vago y además un caradura. Encima hay que aguantarle cada vez que da una rueda de prensa en Cannes decir que el cine está acabado después de que él empezara a aburrirse.  

¿Y qué opinión te merece la censura que están recibiendo actores y directores fruto del movimiento #metoo?

Yo soy muy pro corrección política. Porque es una forma en la que sin legislar, cada sociedad en cada momento histórico expresa cuál es su baremo moral. Luego, en cuanto a las injusticias que se pueden cometer o se están cometiendo opino que son inevitables. Todo movimiento de liberación y emancipación de quienes han estado siglos postergados tiene daños colaterales, tienen víctimas no merecidas. Fíjate; en un movimiento como el de los derechos civiles en los años sesenta en EEUU, que fue un momento de emancipación de la comunidad afroamericana, había dos corrientes, la facción que encabezaba Martin Luther King que era más “buenista”, y luego estaban los Panteras Negras y Malcom X que hacían terrorismo. Que haya ese tipo de corrientes más amables y otras más intransigentes es normal, forma parte de la propia naturaleza del movimiento. Entonces, que después de siglos de postergación, abusos y sumisión de la mujer de repente haya víctimas de la corrección —que unas son justas y otras no lo serán— son cosas inevitables. Hay que asumirlo. Es la época. Es más duro en el caso de asuntos que forman parte del pasado. Cuando dicen que las cosas eran de otra manera les doy la razón: habíamos visto Blade Runner y nunca habíamos reparado en que Deckard viola a Rachel. Porque aquello de empujarla contra una pared y encerrarla en una habitación nos parecía que era un método de seducción homologable, ¿no?. Visto con los ojos de hoy tiene una connotación de violencia y extorsión que entonces no la veíamos. Soy muy reticente a juzgar con ojos de hoy los hechos del ayer, pero por otra parte yo también fui adolescente y joven en los ochenta y también intentaba cortejar. Y en mi vida se me ocurrió tomarme una libertad como las que se tomaba Plácido Domingo, sea o no sea punible lo que hiciera.

En definitiva, se está creando un nuevo sentido moral y de lo justo con la emancipación de la mujer. Pero sobre todo creo que en lo que estoy en contra de que se construya un victimario masculino que diga que el nuevo #metoo es una caza de brujas como en la Inquisición que intenta acabar con nosotros. Mira chico, las mujeres en el mundo han padecido siglos de abuso y de violencia, que ahora tú tengas que dejar una serie pues es lo que hay. 

Más polémicas, ¿qué opinas de la polémica originada por unas declaraciones de Martin Scorsese contra las películas de superhéroes?

Pienso que es simplemente una cosa generacional. Es verdad que las películas de Marvel, no tanto las de DC, tienen este aroma de comité que se parecen mucho las unas a las otras. Pero esa es la fórmula de Hollywood de toda la vida. En el cine mudo se repetían esquemas hasta la saciedad. Aunque no lo parezca, el cine es mucho menos fabricante de unidades iguales que antes. Los géneros nacieron porque los productores querían repetir fórmulas que funcionaban. Si funcionaba una película de gangster pues había que hacer películas de gangster y así acabó naciendo el cine negro. Hollywood siempre ha tenido la característica de hacer cine industrial, con épocas más intensas que la actual, por cierto. 

Si la carta de Scorsese en el New York Times la lees, y le cambias la firma de Scorsese imaginando algún director de la época clásica de Hollywood que estuviera vivo en los ochenta viendo películas de Spielberg y Lucas, entonces la carta podría ser exactamente la misma. Spielberg y Lucas son de la pandilla de Scorsese. Eran estos tres, Coppola, Brian de Palma… todos esos eran una pandilla de colegas. En los años de Toro Salvaje jamás hubiera dicho Scorsese que Lucas estaba destrozando el cine con Star Wars. No, porque es un asunto generacional. Y lo entiendo; las de Marvel son películas que son muy parecidas, tengo serios problemas para distinguir las películas de los Vengadores entre sí, pero una cosa es decir que no te gustan y otra es decir que no es cine. ¿El cine es lo que digas tú? Eso me parece muy pobre. En cambio, en el caso de Ken Loach tiene mucho más sentido que lo diga porque él ha hecho un cine que siempre se ha situado en las antípodas del cine de superhéroes. Pero Scorsese viene de donde viene. Además, él habla del artista (que es un mito), del cineasta como fenómeno individual, cosa que me parece especialmente molesto pues es una obra colectiva. 

Foto: Javier Arias ®

Hilando con esto hablas también de que el crítico y el cineasta son paternalistas y condescendientes con el público, considerado como una masa que no entiende el verdadero cine. 

Para el cineasta… allá él, pero para el crítico esto es muy peligroso porque te estás perdiendo una cosa muy importante, las películas que tienen mucho éxito normalmente hablan de su época. La labor del crítico no es decir si saga Crepúsculo es buena o mala, es intentar entender a qué responde que un cuento de amor adolescente de moral sexual victoriana, puritano al más no poder, esté reventándolo entre una juventud que se presupone emancipada. Creo que esa es la pregunta que hay que responder, no decir que es mala y que los adolescentes no tienen ni idea. Hay que averiguar qué te está diciendo de su época. Vuelvo al caso de Avatar, cuyo descomunal éxito no se debe tanto a los efectos especiales ni al 3D. Eso justificaría sus primeras cuatro primeras semanas en taquilla, pero es que en España estuvo 19 semanas de número uno. Cinco meses. Eso dice que esa película ha tocado una tecla de su época pero ¿cuál es? Yo tengo mi propia interpretación pero creo que el deber del crítico no es decir que la película la hemos visto mil veces, que es lo mismo pero muy bien realizado, no, es intentar averiguar qué está pasando. ¿Qué teclas ha tocado? Eso es parte de lo que un periodista cultural debe de hacer, y no pensar que el público es imbécil. Porque eso nunca conduce a nada.  

¿Qué radiografía puedes hacer del cine español en la actualidad?

Creo que ha mejorado una barbaridad en los últimos 20 años. Lo ha hecho gracias a las escuelas de cine. La formación técnica de quienes participan en las películas (productores, técnicos de sonido, directores, guionistas o directores de fotos entre otros) ha cambiado enormemente. El dominio de los géneros que hay ahora, de la gramática audiovisual, me parece que ha crecido mucho en pocos años. En cuanto a su composición, siempre ha tenido un problema sencillo, la masa crítica del mercado del cine español es muy pequeña. 45 millones de habitantes son muy pocos. El cine es un producto muy caro. Eso ha impedido que se consolidara un cine comercial de gran éxito que fuera caro de producir. No nos llega para sustentar eso. Puedes tener mucho éxito cuando hablamos, por ejemplo, de Torrente, que hace 20 millones de euros. Pero es un milagro que se hiciera Lo Imposible con 30 millones. Esa película en Hollywood se hace por 180 o 200. Uno de los problemas de que no haya un cine comercial en este sentido, que trabaje sobre el espectáculo que es uno de los atributos genuinos del cine de masas, desde  el origen, es por la masa crítica. Por eso Lo Imposible se rueda en inglés, porque si estás cautivo del mercado español no vas a amortizar eso en la vida. Eso ha hecho también que la figura del autor conforme la definieron en Cahiers du Cinéma haya tenido mucho más éxito. Hemos tenido mejores autores que directores comerciales por así decirlo. Y eso ahora está cambiando porque todo lo digital abarata costes. 

Foto: Techline

Hay mucha precariedad en nuestro cine, ¿no crees?

Sí, esto es algo que los defensores del cine europeo no dicen nunca. El cine europeo, en general, es como las costureras de Tailandia que trabajan para Inditex comparado con cine de Hollywood, que siempre ha sido escrupuloso en sus relaciones con los sindicatos y en el cumplimiento de los convenios. Esto de que tú estás rodando y te dicen: “vamos pasados de hora pero grabemos una última toma”. Eso no lo puedes hacer en Estados Unidos porque te quedas sólo. Te dejan los aparatos en el suelo y se va todo el mundo. En Hollywood tienes que cumplir el plan de rodaje y como te dé la hora de acabar y no hayas acabado, te jorobas. Por eso están deslocalizando mucho hacia Canadá porque la fortaleza de los sindicatos americanos —aunque como todos los sindicatos y todos los sectores del mundo hoy mucho más débiles que hace 40 años— no tiene comparación en el mundo entero. El respeto a las condiciones laborales del cine estadounidense da lecciones a cualquier otra industria universal del mundo. 

Podríamos terminar con algunas películas que te han gustado en los últimos tiempos y que recomendarías a los espectadores

Confieso que voy un poco tarde en ver las novedades. He visto la de Amenábar. Podría ser mejor pero me gusta. Y además me he enfadado mucho porque han salido algunos historiadores a escribir contra la película, pero, ¿desde cuándo una película la tiene que medir un historiador? Ni que fuera un documental. Además es un elogio del pensamiento ilustrado y no sé, me revela cierto compromiso de Amenabar contra el pensamiento supersticioso que ya estaba presente en Regresión, que está muy comprometida contra el pensamiento mágico, y Ágora, una película contra las religiones. Esta obsesión del director por el racionalismo me seduce porque normalmente el cine nunca se atreve, y la prueba es Luces Rojas de Rodrigo Cortés, que es una película contra los ikersjiménez del mundo, pero que al final se raja. Me gusta también mucho Vice, la historia del presidente de Dick Cheney, la de Los Hermanos Sisters que me pareció una maravilla, Your Name o la de Spiderman: un nuevo universo

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