06 de diciembre del 2019
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¿Puede lo personal influir en las decisiones políticas y ser, por consiguiente, un elemento disruptivo para los acuerdos? Claro que puede. Lo hemos vivido de cerca en el ámbito local jerezano: gente que no se podía ver ni se tomaría un café juntos negociando y decidiendo el devenir de las izquierdas.

Sucede algo similar en el ámbito nacional: Pedro Sánchez no puede ver a Pablo Iglesias ni en pintura. Es manía personal. Se sabe intelectualmente inferior, con menor talla política (en el sentido estricto del término: oratoria, capacidad de análisis, de acción-reacción, dominio de la historia política, de las correlaciones entre partidos, etc) y lo percibe verdaderamente capaz de eclipsarlo si una coalición se produjera. Es vox populi en los pasillos del Congreso que lo considera resabiado, temerario y peligroso.

La ojeriza no es mutua, aunque lo parezca; Pablo Iglesias no odia a Pedro Sánchez, aunque éste se esfuerce lo indecible para ello. Iglesias lo percibe como un producto fabricado a la carta por el PSOE a raíz del 15M que ha sabido sobrevivir, ser el funambulista perfecto, un ave fenix bien asesorado por el presidente en la sombra: Iván Redondo. Es cierto que el veto personal en las negociaciones ha escocido y de qué manera al secretario general de Podemos, pero ni aún así el nivel de aversión es bidireccional. Peor concepción tiene Iglesias, por ejemplo, de la señora Calvo, principal conductora de las negociaciones, que ha ejercido como mano dura y verdadero palo en las ruedas para el acuerdo de Gobierno.

Cuentan que Pedro Sánchez echa a temblar con una vulgar llamada telefónica de Iglesias. Que prefiere delegar. Que desde que descuelga hasta el fin de la conversación permanece a la defensiva, desconfiando, respondiendo con monosílabos. Dicen que no se separa de Redondo en ningún momento. Al fin y al cabo, Sánchez no es nada propicio a la espontaneidad ni a dejarse llevar: en ese sentido es un político mediocre, siempre fiel a un guión-argumentario trabajado en los despachos.

Seguramente han existido mil y una causa para que el Gobierno de coalición no se produjera, la principal, presumiblemente, las perspectivas de Tezanos de un mayor crecimiento del PSOE en nuevas elecciones (más la posibilidad de hundir para siempre a Podemos), seguida de las reticencias de la patronal a un atisbo de morado en el ejecutivo. Pero entre todas ellas, y también en una zona determinante, ha estado la inquina personal de Pedro Sánchez hacia Iglesias, el odio perceptible de alguien que no tolera que le den lecciones de izquierdas desde un estamento inferior.

foto: EFE

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