15 de octubre del 2019
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Tres años se cumplen del gobierno de Rajoy. Tres años como tres lustros que coinciden, por esa perversa lógica de las casualidades, con la muerte de Franco o la Duquesa de Alba. Tres años en los que el país ha ido a peor en todos los aspectos. Rajoy ha fracasado en sus dos retos principales, bajar el paro y tratar con mano de seda el “asunto Catalán”, pero por el camino ha dejado una gestión nefasta y un país herido en todos sus flancos, que exige un cambio social.

El gobierno de Rajoy tuvo muy claro cuando accedió el poder que lo importante para perpetuar sus privilegios era controlar los puntos estratégicos de un estado débil en sus mecanismos de control y opaco hacia la sociedad. Controló RTVE , hizo una justicia a medida y acentuó sus mecanismos de corrupción en las licitaciones públicas (al fin y al cabo, con uno o dos pelotazos a costa del respetable, ya vive uno toda la vida). Así hasta que, así hasta que, estrangulado laboralmente y recortado en derechos fundamentales, el ciudadano dijo basta. La sociedad de la supracomunicación no sólo ha servido para organizar las plataformas sociales y promover alternativas políticas que ponen en jaque su duopolio político con el PSOE, sino que han destapado los casos de una corrupción sistémica, que nada tiene que ver con las excepciones.

Rajoy y su cúpula criticaban con saña a un Jose Luís Rodríguez Zapatero fantasmagórico en términos políticos, que pasó a la historia como un presidente con una buena gestión social y una pésima gestión económica, en la que acabó traicionando a su electorado y a sí mismo. Lo ha superado con creces hasta el punto absurdo y novelesco de autoretratarse en una pantalla de plasma, huyendo de la opinión pública y usando su neolengua hasta agotarla. Por si fuera poco, las imputaciones de su equipo de gobierno se reproducen en cada comunidad que maneja el Partido Popular, provocando el hartazgo general y amagando con un nuevo estallido social superior al estilo 15M. Hasta la inexpugnable unidad de la derecha se ha quebrado. Ni los ProVida ni los liberales están con Rajoy.

Y es que a Rajoy, un gobernante que cree que las diferencias sociales son algo natural y genético, se le ha rebelado el monstruo. Tanto y en tantas direcciones se multiplicó la codicia de sus dirigentes, la certeza de que son una clase privilegiada con absoluta impunidad, el dinero por encima de cualquier progreso social, que al final no ha podido controlarlo. Pervirtió esa falsa creencia de que la derecha es más segura en época de crisis, dejó que Mas resucitara convertido en un mártir de la causa catalana, Podemos está canalizando la ira social hasta el terreno que más duele, el de los votos, el PSOE siente la necesidad de despegarse de sus pactos silenciosos por el miedo a desaparecer y hasta en Bruselas le han traicionado, sin tener en cuenta que el propio gobierno se plegó a sus deseos. Rajoy está sólo, acorralado y en 3 años ha dilapidado la poca credibilidad que tenía (nadie lo tenía como favorito antes del dedazo de Anzar). Por suerte para el país, del peor presidente de la historia de España y su cúpula de corruptos, sólo nos quedan unos meses.

Ilustración de Emilio Martínez González-Delagranda
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