29 de noviembre del 2020
La Réplica La Réplica La Réplica La Réplica La Réplica



Ayer bajé a pasear hasta La Boquería. En Las Ramblas se reconocía a los vecinos y se podía caminar a gusto, sintiendo el airecito y no el olor a protector solar y perfume barato, como sucede cualquier verano cuando la ciudad recibe turistas por encima de nuestras posibilidades.

Quizá capacidad hotelera y de restauración, así como apartamentos turísticos, haya para cubrir las necesidades de todos los visitantes, pero a los ciudadanos de Barcelona no nos queda ya, tras tantos años de invasión turística continua, paciencia y empatía para soportar a tanto guiri. Por eso digo que Barcelona recibe turistas por encima de nuestras posibilidades, porque capacidad como ciudad del diseño y el turismo tiene de sobra.

Pues paseaba yo disfrutando de las Ramblas, parándome en los puestecitos de flores,  observando sus maravillosos colores y los buenos precios que tienen ahora sus plantitas y cactus. El resto de quioscos de prensa y souvenirs, excepto uno, estaban cerrados. Y los de helados y turrones también. Normal, los españoles no comemos tanto helado y no les rentará estar abiertos.

Llegué a La Boquería, mercado de mercados por su calidad, su variedad y su belleza. Foto buena a la entrada. Su verdadero nombre es Mercat de Sant Josep La Boquería, porque desde finales del siglo XVI hasta el siglo XIX existió allí un convento, que en 1835 fue atacado e incendiado en un motín anticlerical. Tras el incendio, se expropió el terreno a los carmelitas y se construyó una gran plaza con columnas y porches a la que se trasladó el mercado de la antigua ciudad, que se ponía en el Pla de La Boquería. Y ya en 1840, justo el día de San José, comenzaron las obras de la preciosa portada del mercado. Yo no conocía la historia hasta hoy. Y como he decidido aprovechar la desescalada para conocer la Barcelona más cultural, he buscado información de este lugar tan emblemático de la ciudad que quienes no somos oriundos de aquí solemos desconocer y el ritmo del día a día nos aleja de pararnos a aprender más cosas de la Ciudad Condal.

Aproveché para detenerme frente a la entrada y echar unas fotos. Luego entré muy despacito, observando con todo detenimiento los dos primeros puestos. Uno con frutas y zumos de todos los colores y el de enfrente con frutas deshidratas de todo tipo, frutos secos y catanias.

—¿Te pongo algo guapa? —me preguntó la primera tendera, a pesar de que yo no miraba hacia su puesto si no al de enfrente.

—No gracias. Sólo estoy mirando. He venido a dar una vuelta y observar lo que nunca antes he podido por los turistas. Es un momento histórico —contesté sonriéndole.

Sí, desgraciadamente para nosotros —me contestó la señora. Me dejó helada y se me borró la sonrisa.

No me gustó nada su contestación. No sé que la movió a la tendera de la frutería a incomodar de tal manera a uno de los pocos clientes que los visitan estos días. Digo yo que sería porque me paré demasiado tiempo a observar el puesto de enfrente, que ni siquiera era el suyo, sin comprar nada. Pero había ido a dar un paseo. Quizá picase algo, pero no iba a hacer la compra. Lo que más abundaba eran los puestos de frutas y verduras, situados casi todos en esa primera parte del mercado si llegas por la entrada principal. Había también tres o cuatro de embutidos y quesos y otros tres o cuatro de carne fresca y pesca. Los de pescado y mariscos que, aunque menos vistosos, son los que más merecen la pena de todo el mercado por la calidad de sus productos, también estaban casi todos cerrados, a excepción de tres. Tampoco les merecerá mucho la pena abrir hasta que los restaurantes estén realmente dando servicios, pues muchos de los pescaderos ganan sus ingresos de las compras de los mejores restaurantes de Barcelona y la mayoría de estos restaurantes de categoría ni siquiera han abierto todavía.

Me paré en un puesto de encurtidos, con tal variedad de olivas en cualquier tipo de aliño, que no me pude resistir. Aún así, compré un puñadito de olivas de manzanilla de lo más normal y cuatro banderillas, al vinagre. Ocho euros me costó el antojo. La Boquería trabaja con precios europeos, por eso los ciudadanos con sueldos, subsidios y ERTES a la española no podemos comprar casi nunca allí. El puesto de encurtidos estaba como a mitad del mercado y siguiendo la ruta hacia a la derecha estaba casi todo cerrado. Es la parte de las comidas preparadas, take away de calidad y quioscos de aperitivos en la barra. Ninguno de ellos estaba en funcionamiento.

Me dio pena, pues habría aprovechado algún otro día para bajar a comer algo por allí, ahora que no está todo a reventar de japos, estadounidenses y alemanes. Después del fiasco de los chiringuitos de comida, caminé un poco más entre los puestos hasta que di con el mismo pasillo por el que había entrado. Y antes de salir, paré en el puesto de frutas deshidratadas y compré un puñadito de fresas y unos cuantos trocitos de melocotón, que nunca lo había probado. Reflexionando sobre lo que me había contestado la tendera al entrar al mercado, me percaté de que nunca llueve a gusto de todos. Si para mí poder ir a pasear a La Boquería sin agobios era un lujo, para ellos la falta de turistas y de actividad en general de la ciudad significa la supervivencia desesperada para no quedarse sin su medio de vida.

Compré unas frutillas para sentirme mejor conmigo misma y por no comportarme como un turista barato más, que únicamente se pasea por allí para sacarse fotos. Esta época de Covid19 son días de sentimientos enfrentados. Notas, como nunca antes, las cosas maravillosas de la sociedad y sus ciudades, pero también se muestra sin tapujos el lado más crudo de la realidad, la crisis y la miseria.

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Silvia S.Rubio
Alicantina afincada en Barcelona, es Licenciada en Periodismo y Máster en Comunicación. Ganadora de un par de concursos por sus relatos de ficción. Creadora de #STREETSTORIES, proyecto literario de relatos y microrrelatos. Utiliza la escritura para crear su propio 'street story art'. Historias simples y callejeras, de lenguaje común y al alcance de todo tipo de lectores.
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