27 de noviembre del 2020
La Réplica La Réplica La Réplica La Réplica La Réplica



Estamos en medio de la conmoción mundial causada por una pandemia que nos mantiene aisladas, que ha paralizado la economía, ha colapsado los hospitales y nos desgarra el alma pensando en todas las personas que están muriendo en soledad. 

Algunas personas aún no dan crédito a lo que está sucediendo, y niegan la realidad. Creo que es en parte porque no pueden soportar mirar de frente nuestra responsabilidad como especie sobre lo que nos está sucediendo. 

Porque esta pandemia está muy relacionada con nuestro modo de vivir y de relacionarnos con la naturaleza. Este esquema supremacista, donde nos situamos fuera del resto del mundo natural, como si fuéramos la especie dominante – un concepto que es parte de un razonamiento soberbio y jerárquico – y no pudieran afectarnos los procesos naturales, como a cualquier otro animal. 

El resumen de nuestra corta historia es que deforestamos para urbanizar, industrializamos la agricultura, semi domesticado a la fauna salvaje que al perder su hábitat tiene más contacto con nosotros y los animales que hemos domesticado por completo, esto es, que ya no son capaces de vivir sin nuestro cuidado. Comerciamos cada vez a mayor velocidad, y nos movemos por el mundo en un abrir y cerrar de ojos, movilizando nuestro saber y nuestra carga vírica. La conclusión es que la destrucción de la biodiversidad aumenta el riesgo de pandemias. 

Esto viene siendo alarmante desde la década de los 60 del siglo XX, pero hasta ahora no le hemos hecho caso, porque no habíamos sido víctimas en occidente.  ¿Y cual es la respuesta ante esta pandemia, y las que vienen? Cambiar de rumbo. Debemos entender que la sociedad humana, que es gregaria ya que somos simios, depende de ecosistemas funcionales, para lo que preservar e incluso recuperar biodiversidad es un factor clave. 

Pero ustedes, sí han leído hasta aquí, se están preguntando qué tiene que ver todo esto con la tauromaquia. Para mi la relación es clara. La tauromaquia es una práctica simbólica que surge para afianzar la supremacía del hombre sobre la naturaleza. Es una expresión brutal del sistema de valores equivocado que llevamos manejando desde el neolítico. 

Yo tengo muchas razones emocionales y racionales para estar en contra de la tauromaquia, atendiendo simplemente a la realidad de que los animales criados para la lidia, son víctimas de maltrato desde el inicio de sus vidas, tanto toros como vacas, desde la selección de los terneros, los novillos, hasta llegar al macho adulto que muere en la plaza de toros víctima de mutilaciones terribles y en medio de un ambiente de terror extremo. 

Sin embargo, este argumento que para mí es fundamental, para muchas personas no es válido por sí mismo. El toro no importa, lo que importa es la tradición, y la tradición se ha formado sobre los valores que nos han traído hasta aquí: Querer dominar la naturaleza, situarnos fuera, como si no fuéramos animales mamíferos tan vulnerables como el toro.  

Decimos que tauromaquia es violencia porque la violencia tiene carácter destructivo nacido de un intento premeditado de causar daño físico grave, en el caso de la tauromaquia hasta la muerte. 

El peligro social, atendiendo a la infancia especialmente, es que perpetúa un sistema en el que la crueldad hacia el animal se presenta embellecida y no existen resultados negativos para su acción violenta. Es más, en lugar de castigo, hay ensalzamiento y tratamiento de héroe por las acciones realizadas. Y es más grave porque no son fruto de un impulso momentáneo, sino que están estudiadas y perfectamente calculadas para infringir el máximo daño en las funciones defensivas del animal. Para entender mejor recomiendo ver el documental Tauromaquia, de Jaime Alekos.

Como feminista, veo con desconcierto que no hay un posicionamiento rotundo y unánime por parte del movimiento que defiende mis derechos, a favor de la vida del toro, cuando el acto simbólico de la tauromaquia es claramente un ensalzamiento de la violencia ejercida por el varón. Y la violencia siempre busca sumisión. 

Como ecologista me siento mucho más respaldada, porque desde el movimiento ecologista sí se observa el fenómeno sociológico que es la tauromaquia. Ciertamente, el movimiento ecologista es extremadamente racional, y sabe mucho de los mecanismos que mueven a la sociedad y plantea un cambio radical en nuestra relación con la naturaleza, que podríamos resumir en “Ego versus Eco”. 

Pero esta lección que la pandemia nos está dando caerá en saco roto, y tendrá graves consecuencias para la humanidad, si no empezamos a cambiar el sistema de valores. Y uno fundamental al que debemos darle vuelta es la disociación humano- animal. Por eso, la tauromaquia, como juego simbólico que es, debe desaparecer. 

En estos días, el sector taurino, al igual que otras industrias dependientes del Ministerio de Cultura, están pidiendo medidas para afrontar el impacto económico del Covid-19. Sería deseable que en aras de la prevención, y del camino correcto, fuéramos capaces de impulsar una reconversión económica del sector, dirigida a la conservación del toro de lidia como lo hacemos con otras especias, pero desde la empatía, que es un valor en alza en tiempos de crisis, para llegar al objetivo que es que haya un sano equilibrio entre los ecosistemas y las modernas necesidades humanas. 

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Carmen Ibarlucea

Escritora, narradora oral y activista animalista.
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