25 de junio del 2019
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Y no pasará nada. Pese a que Christine Lagarde haya sido declarada culpable de desviar fondos públicos en favor de una indemnización para su amigo Bernard Tapie. Pese a que sea ya una más en la lista de corruptos que han dirigido el FMI (su antecesor fue el inefable  Rodrigo Rato), pese a que sea reconocida la crisis de modelo occidental que ha desembocado en una desigualdad notable entre países del norte y países del sur, y pese a que el FMI sea desde hace años una sombra de lo que dice ser: «una organización creada para promover un alto nivel de empleo y crecimiento económico sustentable y reducir la pobreza.», nunca pasa nada. Nadie rinde cuentas.

De la tremenda impunidad que goza este grupúsculo y sus afines, de su frivolidad, de sus relaciones tóxicas, nace el hartazgo ciudadano hacia las élites europeas. Da la sensación de que ni una catástrofe pública (desviar, que se dice pronto, 404 millones de euros) puede extirpar a sus dirigentes de los despachos de la organización económica con mayor influencia internacional. Los organismos internacionales, tanto a nivel europeo como mundial, no sólo no han conseguido paliar la desigualdad con sus consignas, sino que se han incrementado a través de sus políticas austericidas . Por eso el Bréxit, por eso Trump, por eso la extrema derecha, por eso el Movimiento 5 estrellas, y por eso casi cualquier cosa que suene diferente. Porque esto ya lo conocemos y sabemos que no funciona y que por el camino, la gente se está quedando sin aire. Pero ni el grito de socorro social, consigue cambiar las cosas.

Aunque se trate de un enfermo reincidente, el FMI (y sus lobbies asociados) tiene la oportunidad, con la condena a Lagarde, de dar un golpe de efecto de cara a la ciudadanía, apartándola para siempre y tomando el acto como el principio de un cambio en su condición de ejemplaridad y transparencia. De nada sirve instaurar un código ético, si eres la primera que lo incumple. El FMI actúa y piensa como una macroempresa, pero no lo es y solo la presión popular conseguirá revertir las decisiones de una organización cuya naturaleza le conduce al abuso y la barbarie. Será cambiar o la catástrofe. Su viraje pasa porque la influencia de las democracias europeas introduzcan nuevos actores que tutelen su toma de decisiones y velen por los derechos humanos.

Resulta vergonzante que, mientras piden recortar gasto social y subir el IVA en España, la máxima mandataria del FMI, culpable de malversación, siga al frente de la organización. Suficiente penitencia tienen la clases populares con su tendencia neoliberal, como para que encima se les tolere delinquir a cara descubierta. Si nos queda algo de fuerza como pueblos -si alguna vez lo tuvimos-, Lagarde debería ser historia. En caso contrario (la casta siempre actúa en primera instancia como la casta que es), habremos dado un paso más, casi definitivo, en el descalabro de un proyecto europeo agonizante.

 La fotografía de portada es de Adam Berry (Getty Images)
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Javier López Menacho
Escritor y Social Media Manager. Ha escrito el libro Yo, precario (Libros del Lince, 2013), Hijos del Sur (Tierra de Nadie, 2016) y Juan sin miedo (Alkibla, 2015) y SOS, 25 casos para superar una crisis de reputación digital (UOC editorial, 2018). Ha sido traducido al griego y al alemán. En 2014, creó La Réplica, periodismo incómodo.
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