29 de septiembre del 2020
La Réplica La Réplica La Réplica La Réplica La Réplica



Me ha sucedido a menudo esta cuarentena. Alguien hace retuit o le da un like a una publicación en el que un perfil extraño confiesa con pesar que su padre o su madre ha muerto en la residencia. Su catarsis es ese tweet, 280 caracteres de rabia y dolor. Hasta principios de mes, 19.000 de nuestro mayores habían fallecido en residencias a causa del Coronavirus.

Morían incomunicados, en apenas unos días, sin la posibilidad de ser despedidos por sus seres queridos ni antes, ni durante, ni después de su muerte. Atendidos por profesionales, muchos precarios, que se dejaban el alma porque tuvieran un final decente.

Las residencias de mayores son el purgatorio neoliberal de esta cruel realidad. En otras culturas, la familia se las apaña para acompañar a sus patriarcas y matriarcas hasta el viaje final. Aquí, los abandonamos en mamotretos enladrillados que huelen a miedo y soledad. En otras sociedades son casi tótems vivientes, aquí se les carga con la culpa de vivir y se les vacía de ilusión hasta que solo queda la cáscara. Un cuerpo y no más. No producen, luego no importas. Y al final, claro, mueren de la pena.

La cultura de los cuidados no existe en este régimen económico, donde apelar a la ética te señala como antisistema. Apenas podemos cuidar a nuestros hijos e hijas porque no nos lo permite nuestros horarios, apenas podemos pagar la casa con un sueldo porque no lo permiten los salarios, apenas podemos disfrutar del tiempo porque tenemos siempre mucha prisa.

Ni siquiera esta pandemia nos ha abierto los ojos. Ni siquiera nos hemos planteado su reformulación, su ilógica, la sola existencia de un negocio montado a partir de los últimos días de las personas que nos lo dieron todo. Nuestros mayores siguen muriendo por goteo el día después, en la trampa mortal de las residencias (espacios cerrados y compartidos que reciben visitas, carne de cañón para el Covid) y lo asumimos como algo normal. Nos planteamos cómo recuperar la actividad económica, cómo volveremos al trabajo, cómo y cuándo volverá el colegio o la forma en que se repartirán las ayudas del fondo europeo, pero no nos planteamos sacarles del atolladero.

Vivo estos días con una vergüenza tremenda, testigo impotente de cómo seguimos de brazos vencidos ante esta situación. No son prioridad mundial, ni nacional, ni local. Caen como moscas y todo sigue igual.

A veces fantaseo con que un Dios del tiempo nos castiga por nuestro monumento a la desmemoria. Imagino que acaba con todo cuanto entendemos ahora, que incendia la realidad de arriba abajo, cada edificio, cada calle, cada rincón… pero que antes, ha sacado a nuestros mayores de esas cárceles con maquillaje y se los ha llevado a una realidad paralela, con sus casas paralelas, con sus habitaciones paralelas, sus fotografías paralelas, sus paisajes paralelos, sus recuerdos paralelos, sus sonrisas paralelas y su final paralelo, en el que son felices junto a unas réplicas perfectas de sus familias. Y nosotros mientras, tras una vidriera, golpeando el espejo de lo que pudo ser y no fue, gritando amargamente, con la desazón eterna de la dignidad perdida.

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Javier López Menacho
Escritor. Comunicación digital. Sus cinco libros: Yo, precario, Hijos del Sur, SOS, 25 casos para superar una crisis de reputación digital, El profeta y Yo, charnego. Ha sido traducido al griego y al alemán. En 2014, cofundó La Réplica, periodismo incómodo.

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