17 de julio del 2019
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Hay muchos personas de izquierdas en Barcelona muy indignadas con Ada Colau, reelegida alcaldesa de Barcelona, porque ha formado gobierno con el PSC y aceptado tres votos de Valls (tres votos que ni siquiera ha pedido la líder de los comunes, quien solo ejerce con su obligación, la de intentar liderar un gobierno de cambio).

Las mismas voces críticas no se quejaban cuando, un día sí y otro también, Esquerra Republicana de Catalunya -y hasta la CUP- pactaba gobiernos con otra burguesía neoliberal, la de Mas y Puigdemont (lo que venía a ser la antigua Convergencia en diferentes formatos). Parece lógico pensar que es mucho más contradictorio pactar gobiernos y hacer programas conjuntos con la derecha neoliberal, que aceptar tres votos de investidura.

Sea como fuere, muchos aluden ahora a que las medidas de una agenda programática de izquierdas se pierden por el desagüe con un gobierno de Colau en condiciones precarias -como ha estado, al menos, el último año de legislatura-, como si un co-gobierno con ERC fuera a cambiar a sobremanera la vida de las clases populares.

Porque durante estos últimos cuatro años, ERC funcionó en materia social más de forma reactiva -sumándose a iniciativas- que proactiva -liderando las mismas-, cuando no de forma reaccionaria. ERC lleva años que parece el PSOE en clave catalana, con buena prensa pero poco ánimo de molestar a las élites económicas para redistribuir la riqueza. Con tremendas dificultades, Colau remunicipalizó el agua, dejó fuera del contrato de la luz a las grandes eléctricas y lanzó su empresa pública de gestión, aprobó el dentista municipal en la sanidad pública o buscó hacer una ciudad más sana y sostenible en la jungla de asfalto de la ciudad condal. Los comunes, además, están haciendo lo posible por contar con las competencias para combatir el gran problema de esta ciudad: El precio de la vivienda.

Durante estos años, ERC se ha concentrado en una reivindicación legítima y necesaria, la de ejercer presión para sacar a los presos políticos de las cárceles, mientras hacía malabares por no perder el liderazgo del sector independentista. Dicha línea de actuación no era en absoluto incompatible con llevar una agenda de iniciativas sociales al pleno del Ayuntamiento, pero por lo que fuera, ERC mantuvo un perfil bajo, bajísimo, subterráneo, en esta materia. Impulsar enérgicamente un paquete de medidas en favor de las clases populares hubiera sido un argumento perfecto para filtrar al imaginario colectivo esa idea de un «nuevo país», pero cabe preguntarse si ERC quiere un nuevo país para hacerlo más justo e igualitario.

Reprochan ahora a Colau que ejerza lo que se ha ganado con el juego democrático, la alcaldía de Barcelona. Reprochan que quiera poder, cuando se ha demostrado que en esta ciudad, solo desde posiciones de poder se puedan hacer cambios sustanciales. La líder de los comunes ha gobernado de forma valiente esta ciudad en condiciones muy difíciles, emparedada entre dos nacionalismos, sin dejar de decir algo tan impopular en España como que los presos deberían estar libres. Consultó a sus bases y le dieron legitimidad para gobernar como lo va a hacer los próximos cuatros años.

Puede engañarse Esquerra señalando a Barcelona En Comú como eje del mal, y poner cientos de argumentos encima de la mesa, pero durante los últimos cuatros años no se ganaron en el consistorio el rol de agente de cambio. Ese rol, le pertenece a Colau.

La fotografía apareció en Europa Press

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Javier López Menacho
Escritor y Social Media Manager. Ha escrito el libro Yo, precario (Libros del Lince, 2013), Hijos del Sur (Tierra de Nadie, 2016) y Juan sin miedo (Alkibla, 2015) y SOS, 25 casos para superar una crisis de reputación digital (UOC editorial, 2018). Ha sido traducido al griego y al alemán. En 2014, creó La Réplica, periodismo incómodo.
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