11 de agosto del 2020
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Mirémonos al espejo sin tapujos. La pandemia del coronavirus nos ha traído episodios maravillosos, de una calidad humana excepcional. Historias de vecindad, amor, apoyo mutuo, amistad, altruismo y esfuerzo colectivo que nos hace crecer como sociedad. “Solo el pueblo salva al pueblo”; quedémonos con esos momentos. Saldremos de esta si somos más los que empatizamos, los que aportamos, los que ayudamos a ver luz al final del túnel. Hablamos de generosidad.

Pero ese lado bonito y emocionante de esta feroz crisis que nos está tocando vivir no debe ocultarnos el reverso: episodios groseros y egoístas que descubren nuestras vergüenzas. El lado más infame de la vida. La filosofía del “sálvese quien pueda”.

Empezó con los que quisieron sacar tajada vendiendo material sanitario y epis a precio abusivo con el objetivo de hacerse de oro; dejaron por los suelos los postulados ya ridículos de Rallo y Lacalle. El mercado no se autorregula solo, como intuíamos. El mercado libre es un lobo para el hombre.

A los emprendedores de la pandemia le siguieron los policías de balcón, vecinos que se creen la Gestapo del barrio y desprenden un tufo a fachorri aburrido. Censores de tres al cuarto en un estado de alarma que disfrutan con los galones que se han autoimpuesto en su vecindad. Otra pandemia imparable; la del aburrimiento.

Me cuentan dos casos horribles; el de personas que niegan tajántemente la movilidad de enfermos desde Madrid (donde los servicios sanitarios permanecen colapsados) a otras comunidades, aún habiendo camas de hospitales vacías. “No tenemos porqué pagar las desgracias de los madrileños”, afirman. No quieren recibir contagiados por lo que pueda pasar ni gastarse dinero en estas personas; corren el riesgo de salvar vidas.

Otro indigesto caso se ha producido en San José del Valle, municipio en el que el entorno de una persona contagiada por el virus sufre el menosprecio de algunos de sus vecinos. Estos acosan incluso a otra persona que ni siquiera estaba contagiada y que se ha visto obligada a mostrar los resultados médicos que así lo demostraban en las redes sociales. Son víctimas de habladurías, bulos y de un rechazo incomprensible, inhumano. Además deben lidiar con un regidor cobarde que tira balones fuera y que solo piensa en su pellejo. Si nuestros políticos no nos protegen ni empatizan con nosotros; y nuestros vecinos de toda la vida no nos respetan, ¿qué nos queda?

Son los momentos más exigentes y cruciales de nuestro tiempo los que nos desvelan la talla moral y humana de muchas personas, algunas sorprendentemente cercanas.

Hay quienes en coyunturas complicadas prefieren mantenerse en la retaguardia, en un discreto segundo plano, temerosas de no saber ayudar. Paralizadas y prudentes. Es lícito.

Otras siguen empeñadas en arrojar luz y esperanza. Ponen su granito de arena desde sus modestas posibilidades. Construyen. Mejoran los anterior. Crean lazos fraternales. Nos sacan una sonrisa. En definitiva, suman.

Y hay personas que se despellejarían a sí mismas en una isla desierta. Que en una pandemia sin precedentes solo miran por ellas e intentan sacar rédito. Seres sin empatía ni humanidad, cuyo ego huele de lejos a mediocridad y codicia. Huyen de lo colectivo. Hay quienes sacan su peor perfil fruto del aburrimiento. O son simplemente inútiles, en el sentido más puro del término. Incluso hay quienes desprenden un aura malrrollera; antes, durante y después de la pandemia. Son prescindibles, pero se creen necesarios.

Mala gente que camina.

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Alejandro López Menacho
Periodista. Codirector de La Réplica.
Alejandro López Menacho

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