14 de octubre del 2019
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Era Ayotzinapa una aldea solo conocida en México. Era una especie de bastión rebelde, un pequeño punto en el mapa con una fuerte tendencia izquierdista y un largo historial de violencia callejera. La noche del 26 de Septiembre de 2014 escribiría con sangre un nuevo episodio. Paradójicamente, las noches venideras revelarían que ni era el primero, ni el último.

Durante aquella madrugada pasaron lentas las horas, y con ellas crecían los nervios de los que preguntaban por los ‘desaparecidos’. Pasaron los días, y de la mano les acompañaban los peores presagios. Las manifestaciones se propagaron por las urbes y los campos, y a veces, por fogueo, obtuvieron el benedícite de los gigantes de la comunicación.

Al menos, se logró que la noticia llegara a todo el mundo, y con ella la justa ira de los mejicanos.

Ayotzinapa no era más que una aldea que señalados criminales decidieron convertir en un cementerio. Con apenas un centenar de habitantes, su escuela rural contaba con casi cincuenta asistentes, de los que 43 “desaparecieron” tras toparse con la policía local de Iguala y Cocula. Casi un año después, nadie ha respondido ni ha cumplido con la responsabilidad política y judicial que un suceso así exige. En la sombra, los lazos de ciertos políticos con el cártel Guerreros Unidos son cuanto menos reseñables.

Aún no hay rastro de ellos, pero no cesó la indignación: decenas de campesinos valientes junto con policías comunitarios de Guerrero se lanzaron a la búsqueda de sus cuerpos entre los arbustos y matorrales de sus cerros. La consecuencia no pudo ser más esclarecedora de lo que viene siendo la historia callada de un México que ni el Parlamento Europeo ni el Congreso de los Estados Unidos recuerdan denunciar tan reiteradamente como sí hacen con otros Estados sobre cuestiones menos graves: apenas levantando una leve fosa comenzaron a salir trozos de huesos humanos que llevaban años allí ocultos. En la búsqueda de los 43, aquella expedición se convertía en un río de infinitos huesos.

Entre la unión de los comunitarios y la dejadez de unas autoridades hiladas con el cártel local, los paisajes selváticos que invitan a preciosas instantáneas tuvieron que reconocer que escondían entre las raíces de sus árboles el más repugnante de los estiércol, la putrefacta justicia social que ha hecho de las cunetas y cerros de Iguala un enorme patíbulo silenciado por el miedo y el narco.

De entre todos estos comunitarios había uno que destacaba sobre el resto: era Miguel Ángel Jiménez, un taxista que era líder comunal de la Unión de Pueblos y Organizaciones del Estado de Guerrero, la cual estaba compuesta por campesinos y profesores de escuela. “Los obligaban a cavar su propia tumba. Imagínese usted aquí en medio de la oscuridad sabiendo que se lo van a echar. Se me pone la piel chinita de pensarlo”. Estas palabras las pronunció Miguel Ángel durante una entrevista a El País. Entre tanto, proseguía junto sus compañeros tratando de limpiar su país de huesos y desvergüenza.

El malogrado activista Jiménez Blanco

El malogrado activista Jiménez Blanco // Foto: Publico.es

Decenas fueron los cadáveres que Miguel Ángel Jiménez aseguraba haber desenterrado con sus manos mientras en vano buscaba los de aquellos 43 jóvenes.Y eso no ha tenido otra consecuencia que acabar de la misma manera: tras haber sido amenazado de muerte, el pasado lunes lo mataron a quemarropa mientras trabajaba cerca de casa.

Miguel Ángel no contará con ningún Sájarov a título póstumo ni con nada que se le asemeje. Tampoco recibirá honores de Estado ni mayor culto que el que profesa el recuerdo sincero de quienes lo perdieron en su familia y en su pueblo, Xaltianguis, a pocos kilómetros de Acapulco.

Es difícil sacar alguna conclusión cuando se sabe que esto solo es la punta de un iceberg premeditadamente construido a base de dólares y cocaína.

Es frustrante conocer de estos hechos y darlos a conocer a sabiendas de que mientras se escriben estas líneas seguramente estarán sucediendo otros tantos crímenes que jamás llegarán siquiera a nuestros oídos.

Es aún más frustrante ser consciente de que, de ser esta noticia redactada y publicada en México, y de proseguirle otras tantas en protesta, quizá no llegaríamos a contar las Navidades.

Se hace imposible investigar sobre estas masacres y no citar nombres propios que en nuestra labor descubrimos. Nombres que deben rescatarse y que no merecen caer en el olvido, como la horrible tragedia de Marisela Escobedo (2008), o el asesinato en plena calle del hijo del poeta mejicano Javier Sicilia junto a seis amigos (2011). Y esto son solo dos gotas en un mar que cuenta con más de 35.000 muertos en los últimos cuatro años.

No hay nada que pueda decirse, o quizás sí. Como precisamente dijera Sicilia, estamos hasta la madre.

Hasta la madre de descubrir los huesos de infinitos hermanos.

Hasta la madre de este holocausto de mejicanos a mejicanos.

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Alejandro García Maldonado

Licenciado en Derecho por la UMA, ha colaborado en medios como El Confidencial, Claridad Digital, El Turbión, El Importuno y Cubainformación. Autor de las obras "Testigos cegados" (2011) "Transcripción del Manifiesto Comunista" (2012), "Tra due anime" (2015) y "Al resguardo del tilo rojo" (2018). Ha cursado estudios a distancia sobre antropología biográfica en la Bernard Lievegoed University (Zeist, Holanda) y dirige el proyecto literario "Etreso Biografías". Diplomado en Periodismo por el National Council for Training of Journalist de Londres, actualmente escribe un libro de relatos cortos que verá la luz a finales de 2019 y reside en Suecia.
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