12 de diciembre del 2019
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Hay en el cementerio de mi pueblo un modesto monumento a los represaliados de 1936. Maria Auxiliadora García Fuentes y los miembros de su asociación de memoria histórica se reúnen cada año en torno a esta estela y honran a los asesinados –entre ellos está su abuelo-, con un emotivo homenaje. Los descendientes de las víctimas tienen el derecho y el deber de enaltecer la memoria de sus muertos aun ignorando su paradero.

Podría pensarse que los asesinados de Montellano cometieron delitos dignos de su destino. Ni por asomo. Antes de la llegada de los «nacionales», ni una sola gota de sangre se derramó en el pueblo. Los represaliados lo fueron en base a planteamientos capitales de los sublevados. El general Mola concretó la estrategia en Navarra, ante un grupo de alcaldes, los primeros días del golpe: “Hay que sembrar el terror, dar sensación de dominio eliminando sin escrúpulos ni vacilación a todos los que no piensen como nosotros. Nada de cobardías.”. Queipo de Llano siguió este principio al pie de la letra en los pueblos de Andalucía, entre ellos el mío.

El exterminio formaba parte indeleble del fascismo de los años 30. El franquismo –la modalidad más sotanizada, gazmoña y casposa del fascismo europeo- siguió ese principio al pie de la letra. Lo deja claro el jefe de prensa de Franco, Gonzalo de Aguilera, conde de Alba y Yeltes, terrateniente salmantino, quien confiesa a un periodista extranjero que el mismo 18 de julio puso en fila india a los jornaleros de sus tierras, escogió a seis y los fusiló delante de los demás, “por encourager les otres”.

El mismo personaje sentenció: “En épocas más sanas, las plagas y las pestes solían causar una mortandad masiva entre los españoles. Son una raza de esclavos. Son como animales, ¿sabe? Y no cabe esperar que se libren del virus del bolchevismo. Al fin y al cabo, ratas y piojos son los portadores de la peste. Nuestro programa consiste en exterminar a un tercio de la población masculina de España. Con eso se limpiaría el país y nos desharíamos del proletariado”. Esa era la intención de la Cruzada fascista y no hay nada malo en recordar a las víctimas de estos paleoprincipios.

Animo a María Auxiliadora y a su asociación a ignorar las mentiras y las calumnias rastreras de personajes escondidos tras una página anónima. Son una minoría insignificante y cobarde, lo fueron entonces y lo son ahora. En nuestro pueblo –donde la convivencia es ejemplar- no representan a nadie, ni de derechas ni de izquierdas, y no lograrán enfrentarnos. Son solamente fascistas. Siguen pensando que España es suya, que los muertos y los cementerios son suyos, que la memoria y la historia son suyas. No hay nada malo en recordar a quienes fueron asesinados por ser antagónicos o simplemente diferentes o descreídos, no tenían las manos manchadas de sangre y dieron la vida por España y por sus ideas.

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Jose Antonio Illanes

José Antonio Illanes es escritor. Trabaja en la multinacional Red Bee Media como subtitulador para sordos y audiodescriptor para ciegos. Acumula multitud de premios en el campo de la narrativa: Gustavo Adolfo Bécquer, Alberto Lista, Malela Ramos, Ciudad de San Sebastián, De Buenafuente, Gabriel Miró, La Felguera, Tomás Fermín de Arteta... Es autor de "Historias de cualquier alma", "La trastienda de la memoria" y "El azor y la zura", premio de novela Malela Ramos. Es colaborador de la revista cultural Atalaya y ahora de La Réplica.
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