16 de julio del 2020
La Réplica La Réplica La Réplica La Réplica La Réplica



Trece minutos. Trece minutos es el tiempo que tardo a paso lento de casa al aparcamiento en el que dejo el coche. Trece minutos dura la última llamada que tengo registrada con mi madre. Trece minutos es el espacio que separó Georg Elser de asesinar a Hitler y cambiar la historia. Trece minutos es tiempo que Illias Tahiri, un menor del centro Tierras de Oria, en Almería, tuvo una rodilla sobre la espalda oprimiéndole hasta su muerte.

Hoy ha salido a la luz el vídeo. Seis tipos lo meten en una habitación (cinco de ellos guardias de seguridad, otro responsable del centro). Lo retienen boca abajo sobre la cama, lo atan, lo inmovilizan y se ponen encima. Así durante 13 minutos. Illias no se resiste. Ni siquiera se mueve. Termina muerto.

Los hechos son calificados como «muerte accidental». Porque al parecer en trece minutos no fueron conscientes de que lo estaban matando.

Podríamos hablar de Illias. De los Illias. De los chiquillos que cargan con el pasado y el estigma de nacer en la otra orilla del Mediterráneo. Podríamos hablar de Illias. De los Illias. Pero, ¿a quién le importa si son MENAS?

Y todo esto ocurre en un contexto en el que la Junta recorta hasta estrangular la atención a los menores migrantes. Y todo esto ocurre en un momento en el que Juanma Moreno dice que turismo, sí, pero Paso del Estrecho, no. Criminalizando a las personas por su origen o su dinero, haciendo gala del mayor de los odios a los pobre. Y todo esto ocurre en unos días donde se han multiplicado los bulos sobre extranjeros que cobrarían el Ingreso Vital Mínimo. Porque quien no tiene papeles, al parecer, no tiene derecho a ningún ingreso, ni a una existencia medianamente digna. Ni siquiera a la vida.

Porque ocurre en Mineápolis, pero también en el campo andaluz, donde el patrón de una explotación olivarera apuñaló a un temporero marroquí hasta asesinarlo. Porque ocurre en Baltimore, pero también en Huelva, donde los terratenientes someten a regímenes de esclavitud en la recogida de la fresa a las trabajadoras que proceden del Este de Europa o África. Mujeres que han sufrido la explotación, el acoso y el abuso sexual. Porque ocurre en Estados Unidos, pero también en nuestra Frontera Sur, donde se pierden vidas ante la mayor de las indiferencias. Y ocurre a diario. Mientras compartimos noticias falsas, mientras ponemos en los sucesos de prensa la nacionalidad sólo cuando no es española, mientras ponemos el «pero» detrás del yo no soy racista.

Y luego saldrán los voceros. Y luego gritarán que si nos quitan el trabajo o vienen a delinquir. Y luego se inventarán cualquier cosa para negar la realidad: que vivimos en un mundo social e institucionalmente racista.

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David De la Cruz

David De la Cruz

Periodista y anticapitalista
David De la Cruz

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