19 de noviembre del 2019
La Réplica La Réplica La Réplica La Réplica La Réplica



En cuestión de pocas semanas hemos podido observar varios fenómenos de difícil explicación. En España, la victoria aplastante de PNV en Euskadi y PP en Galicia (los populares por mayoría absoluta, la tercera consecutiva) después de legislaturas en las que las acciones sociales han caído en la picota, se ha privatizado más que nunca y se han destapado casos de corrupción (esto último básicamente en el PP, a escala global y local). Pues bien, ambos partidos han mantenido o mejorado los resultados.

Por otro lado, en Colombia la votación del Referéndum sobre el tratado de paz entre el Gobierno y las FARC obtuvo unos resultados inesperados (o no): ganó el NO por un estrecho margen. El proceso queda ahora en un punto muerto y muchos de los que votaron en contra demandan una nueva negociación con unos términos que no exculpen tanto a los guerrilleros, que a su parecer salían airosos en el tratado que ha sido tumbado.

Para terminar, y no menos importante, en el panorama político español actual asoma ya de forma poderosa unas terceras elecciones generales en las que el PP podría conseguir la mayoría absoluta ante el descalabro de un PSOE roto, quien sabe de de manera definitiva. Con el foco mediático centrado en la debacle socialista nadie parece acordarse ya del juicio por las llamadas “tarjetas black”, con todo un ex ministro popular a la cabeza del escándalo, Rodrigo Rato. Sí, una de las estrellas del gobierno de Aznar, cuyo partido está a punto de gobernar de nuevo a base de arrollar con la mayoría absoluta si algunas predicciones se cumplen el próximo diciembre.

Estos tres acontecimientos tienen un denominador común y no es otro que el voto de la población, la “opinión” de las masas sociales, que parecen haber enloquecido y querer ver el mundo arder sin remedio. Tal vez sería lo mejor, visto lo visto, pero estamos asistiendo a un fenómeno extraño y que golpea de lleno los cimientos de aquella máxima que muchos han venido a defender y que no es otra que aquella que dice que la verdadera democracia radica en la capacidad de decisión del pueblo. Tal afirmación es real aunque mucho me temo que utópica por varias razones que serían demasiado largas no de explicar sino siquiera de intentar comprender. Yo no lo consigo. Porque me pregunto cómo puede ser que la gente vote a un partido corrupto y que demuestra de antemano que seguirá con políticas dañinas para la mayoría de la sociedad; porque me pregunto cómo puede ser que la gente vote un referéndum por la paz (justo o injusto, no entro en esa valoración) sin saber lo que está votando (a muchas opiniones públicas leídas y escuchadas me remito) y lo vea como una especie de moción de censura al presidente; porque por no entender muchas cosas empiezo a pensar que las masas no están preparadas para ejercer la verdadera democracia. Y los de arriba lo saben. Esa es su gran victoria, la resignación de los que somos críticos y no tenemos pensamiento único, que nos cuestionamos todo lo que nos rodea y no damos crédito de inicio a ninguna información que se nos da. Porque gente así cada vez escasea más y se ve engullida por una masa que sin ser consciente es rehén de la propia gente contra la que se supone que intenta luchar, combate perdido de antemano.

¿Quiere decir eso que la gente es estúpida? En absoluto. La gente es eso, gente: personas que tienen miedo, que piensan de manera egoístas aunque creen que no lo son, personas que por supuesto buscan su felicidad y pierden un poco de perspectiva porque la vida es muy dura y cualquier brillo en ella les ciega. Es comprensible porque a mí mismo me pasa en muchas ocasiones, peco de humano y me dejo llevar por la corriente. Algunos se dejan arrastrar hasta el infinito, otros a los pocos metros intentan nadar a contracorriente para alcanzar la orilla. Pero es difícil y requiere de mucho esfuerzo.

La cantidad de esfuerzo personal e individual que supone nadar a contracorriente es directamente proporcional a la dejadez con la que las administraciones se preocupan en proporcionar al ciudadano herramientas para su desarrollo personal: una educación obsoleta y hundida, una cultura (mucha de ella politizada y vacía) que cada vez está al alcance de menos personas, unos medios de comunicación al servicio de las empresas… son todos ellos ingredientes que dan como resultado una población que no se cuestiona nada de lo que sucede en el mundo porque no les han dado la oportunidad de hacerlo cuando eran niños. Ser crítico con el mundo de un modo natural en una sociedad que te anestesia es prácticamente imposible, y en la actualidad empiezan a verse las consecuencias. Porque la masa social al contrario de lo que muchos opinan, no es gilipollas: simplemente reacciona de forma natural ante una sociedad que lo manipula desde que son niños y niñas hasta que llegan a la edad adulta. Es así y aunque muchos no quieran verlo sucede. La escuela no forma sino que selecciona, divide desde el principio entre quienes llegarán lejos y quienes no (lo grave es que tanto unos como otros seguirán manipulados, aunque a diferente escala) mientras que al mismo tiempo desde el exterior se bombardea sus pequeñas cabecitas con entretenimientos acorde a los intereses del sistema capitalista (no veréis anuncios en televisión para niños de fomento de la lectura, por ejemplo, que sean realmente interesantes: los pocos que hay dan ganas de salir corriendo) y que como no podía ser de otra manera son lo que termina por interesar a los críos. ¿Pero no puede un crío jugar a la consola? Por supuesto que puede, y debe porque es entretenimiento que todo niño necesita. Lo que no parece tan justo es que sólo den ese tipo de opciones, que los verdaderos esfuerzos de los famosos “poderes fácticos” estén volcados en cierto tipo de productos en detrimento de otros. La capacidad de elección no existe.

Si desde pequeños se nos enseña a ser de una manera, ¿cómo no vamos a ser de adultos personas manejables? Nadie lo admitirá pero lo somos, y de nuevo me incluyo porque en muchas ocasiones me comporto así, como una oveja llevada entre vallas de madera hasta el redil junto a las demás. Y regresando a la política vemos algunos con estupor el comportamiento de la masa social, cómo votan a los políticos de una forma que nos parece ilógica, pero que responde con una exactitud milimétrica a las estrategias de quienes no quieren una población con capacidad real de pensar por ella misma.

¿Deprimente? Pues sí, no nos vamos a engañar. Tal vez el futuro nos depare alguna sorpresa… mientras tanto no dejemos de preguntarnos el porqué de tantas cosas, cuantas más mejor.

Hasta del aroma de las nubes.

 

 

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Alejandro F. Orradre

Escritor || Jedi frustrado || Reseño mis lecturas en elfindeltsundoku.wordpress.com || Colaboro en @murraymagazine y @hablandoconletr
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