26 de septiembre del 2020
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Miedo

29 octubre 2014 1 Réplicas Categorías: Cultura, Reseñas

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El trastorno de personalidad antisocial (TPA), a veces llamado sociopatía, es una patología de índole psíquico. Las personas que la padecen pierden la noción de la importancia de las normas sociales, como son las leyes y los derechos individuales. A pesar de que saben que están haciendo un mal, actúan por impulso para alcanzar lo que desean, cometiendo incluso delitos graves.

(Este artículo de opinión contiene SPOILERS sobre la película Gone Girl, de David Fincher, actualmente en los cines)

Anoche en el cine caímos en la tentación de Gone Girl (Perdida en España). Con un gran plot y el respaldo de un director como David Fincher la cosa prometía. De hecho, Fincher te sumerge desde el primer momento en la historia, a través de la combinación de episodios que muestran el background de la pareja y la narración de la actualidad. Mantiene el ritmo y la intriga pero durante la segunda parte del film los giros empiezan a ser tales que finalmente, cuesta creer que la gente se trague todo lo que cuenta esa pobre mujer acosada y maltratada.

Dándole vueltas a esta historia leo con perplejidad -pero sin sorpresa- como un nuevo caso de corrupción irrumpe en la escena política española,  salpicando, entre otros, a decenas de dirigentes del Partido Popular. Se preguntarán qué tiene que ver una cosa con la otra. Pues bien, para mi hay algo en común entre la historia de esta mujer trastornada, manipuladora y capaz de cualquier cosa por alcanzar su objetivo con la oscura figura de Esperanza Aguirre, tan cercana a esta nueva trama de corrupción.

No me malinterpreten,  soy consciente de que los crímenes de una nada tienen que ver con los presuntos delitos de la otra, que una es ficción y la otra pura realidad, pero ambos casos esconden rasgos de sociopatía.  Analizándolo con calma cuesta creer que la realidad sea la que es: Aguirre, en medio una vez más de las turbias aguas del PP, sin conocimiento de causa y dispuesta a pedir perdón sin más por no descubrir el secreto a voces de su segundo al mando.

Ante tal escenario, dos asuntos de la película me hacen ver aún más clara la relación entre ambas señoras. Por un lado, el uso de los medios de comunicación. Amy manipula la realidad para que la opinión pública deteste a su marido y la convierta a ella en poco menos que una heroína, retratando con un toque de humor la rama más vil de la telebasura. Aguirre, por su parte, disfruta presentándose ante los medios como la abuela justiciera, la abanderada de la lucha anticorrupción que resultó ser tan ingenua y santísima que no se enteraba de nada. Además sabe como soltar siempre un chascarrillo que le muestre cercana a la gente y, en caso de sospecha, facilite el olvido y el perdón.

La segunda cuestión, de mayor relevancia a mi entender, es como al final de la cinta, y a pesar de ser consciente de todas las barbaridades que su mujer ha hecho, a pesar de tenerle incluso miedo y asco, Nick Dunne decide quedarse a su lado y continuar con la farsa mientras su hermana le recrimina entre lágrimas que se conforme con ello. Podría entenderse como síndrome de Estocolmo. Me imagino que para que Espe siempre salga de rositas algo similar les ocurrirá a sus más allegados… y eso, como me ocurrió con la ficción, da un poco de miedo.

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Periodista y educadora. Trabajó en RNE y en La Voz. Quiere ayudar a La Réplica a cambiar el mundo.
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    Una Réplica

  1. Chemi

    Interesante artículo! Desde luego, sin haber visto la peli, el concepto de sociopatía se refleja claramente en esa señora, de cuyo nombre muchos no queremos acordarnos. Es una auténtica vergüenza y muestra una falta total de credibilidad el modo en el que se disculpa ante los medios de comunicación por un caso que le salpica de arriba a abajo.. leyendo un comunicado para pedir perdón!!! Ahora, eso sí, yo no creo que sea síndrome de Estocolmo, sino un engrasado entramado clientelar político que a ver quién lo desmantela (mantengamos nuestras esperanzas en esas iniciativas populares que van tomando cuerpo).

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