17 de octubre del 2019
La Réplica La Réplica La Réplica La Réplica La Réplica



La primera vez que escuché a alguien nacido en América Latina conjugar un verbo en el tiempo del “vosotros” me sonó raro. ¿Habéis visto la película tal?, dijo. Una nimiedad así. A mí su verbo, combinado con su acento uruguayo, me descolocó y me provocó rechazo. Esto fue hace casi trece años. Ella llevaba siete años viviendo en Barcelona. Yo acababa de llegar.

En aquella época conocí a gente de países tan diversos como Suecia, Pakistán, Turquía, Chile, China, Italia, Nigeria, Perú. Cada uno con su acento particular. Los europeos, asiáticos y africanos utilizaban el vosotros como en México se usa el ustedes. Los latinoamericanos, salvo contadísimas excepciones, seguían completamente en el ustedes; aunque había quienes variaban una y otra conjugación dependiendo de su interlocutor.

En aquel momento pensé que si yo alguna vez modificaba mi vocabulario, eso sería de lo último que modificaría. Para empezar, conjugar en vosotros parece inútil si ya eres castellanoparlante. Ya te comunicas a la perfección con el otro (o al menos así lo crees), entonces, ¿para qué? Luego, supone cambiar el habla, algo que hacemos ya sin pensar, y reaprender la lengua. Tienes que detenerte, como en la primaria, a repensar la posición de las tildes. Un trabajo extra innecesario, parece. 

La bad mexican, c’est moi.

No sé cuántas veces me han llamado mala mexicana desde que vivo en Barcelona.

            —Ale, ¿no extrañas México?

            —No.

            —Ale, ¿sabes de algún restaurante mexicano en Barcelona donde se coma bien?

            —No.

            —Ale, ¿cocinas comida mexicana en tu casa?

            —No.

            —Ale, ¿no tienes frío? Deberías, vienes de México.

            —Pues, mmmh, no.

            —¿Cómo que te has enchilado? ¿No comes picante? ¡Pero si eres de México!

            —#WTF

¡Qué mala mexicana eres!, me dicen y me emputo. Evito contestar, nada más sonrío porque sé que las nacionalidades son un tema incomodísimo. Pero sobre todo callo porque lo sé. Es cierto. No enarbolo los símbolos del país en el que nací, no llevo en el pecho la bandera, no soy una buena embajadora del orgullo patrio. Eres una mala mexicana, me califican cada tanto. Gente de este y de aquel lado del océano.

Lo que no me había pasado nunca es que ya directamente me quitaran el carnet de mexicanidad. Y todo por conjugar los verbos como lo hacía Sor Juana Inés de la Cruz en sus poemas.

Y así perdí mi carnet

No sé por qué soy miembro de una comunidad de Facebook llamada Mexicanos en Barcelona. No sé desde cuándo estoy allí. En el grupo sobre todo hay gente que vende su ropa y muebles cuando se regresan a México, cocineros que hacen tamales y los venden por docena, artistas de todo tipo promocionando su obra y lo que más: intercambio de consejos sobre temas de extranjería (esto último me parece lo más grande. Cuando yo llegué a Barcelona no existía el Facebook. Temas como ir a empadronarse sonaban a mandarín.).

Se acercaba el Día de la Independencia de México, que se celebra el 15 de septiembre por la noche, y heme en ese grupo buscando un plan mexicano para tal fecha. La fiesta suele ser chula. Es una excusa para comer bien, escuchar mariachi, saturarse del verde-blanco-rojo de la bandera y criticar al presidente. Hace años que no la celebro. No sabría a dónde arrastrar a mis colegas a vivir una auténtica noche mexicana. Sí sé que hay una fiesta enorme en el Poble Espanyol, la feria mexicana más grande de Europa, con mariachi, lucha libre, folclore a mansalva y comida típica; pero las aglomeraciones me causan mucho conflicto y, aceptémoslo, tanta mexicanidad de golpe me podría provocar un ictus (risas). Pero este año, unos familiares que andan de paseo por Europa me pidieron celebrar El Grito, así que recurro a Facebook.

La gente, ultra amable, empieza a recomendarme restaurantes, fiestas alternativas a la del Poble Espanyol, incluso fuera de Barcelona. Pero también se planta la semilla del trolleo.

Comienza la repartición de carnets de mexicanidad. Se quejan de que utilice el sisplau. Catañol, le llaman y les parece ridículo.  

Yo contesto. Posteo una foto a un poema de Sor Juana (Hombres necios que acusáis a la mujer sin razón / sin ver que sois la ocasión / de lo mismo que culpaís)mientras por dentro me repito el mantra de internet: Don’t feed the trolls.

Hay algo, no obstante, que me llama mucho la atención de las prácticas de estos guardianes del lenguaje. Nadie, absolutamente nadie, critica mi uso de la palabra city, que perfectamente sabemos, no pertenece ni al castellano. Al parecer, el inglés a los mexicanos de bien hablar no les molesta. Y no me pregunto por qué, ya lo sé. Si en lugar de salir a tomar algo, ellos se van a echar unos drinks, si en lugar de correr, hacen running, y no resuelven su idolatría por los Estados Unidos. Es normal. ¿Quizá estos mexicanos de bien estarían más cómodos de inmigrantes en el país que vio nacer el McDonald’s?

¿Maquiavelismo lingüístico?

Una tarde intercambiábamos anécdotas con los colegas sobre contingencias automovilísticas. Yo contaba mi aventura más memorable: conduje, bajo un diluvio universal, bajo la influencia de tal sustancia ilegal y “ponché dos llantas del carro” tras caer en un bache.

Mi lenguaje causó risas y curiosidad.

            —¿Ponchar o pinchar?

            —Espera, ¿las llantas son las ruedas o los neumáticos? ¿A qué te refieres?

Y luego, lo que siempre pasa cuando estas entre latinoamericanos:

            —En Colombia se dice blablablabla…

            —En Chile se dice blablablabla…

            —En Perú se dice blablablabla…

Todo este intercambio es delicioso, pero mi anécdota quedo enterrada. Ni siquiera pude terminar de contarla. Los vocablos meramente mexicanos obstaculizaban la comunicación. Qué decir de mi slang, que empezó a ser impedimento. No quería que algo así me ocurriera cuando estuviera expresando algo más importante, buscando trabajo, montando un proyecto.

Sí, hay una parte de mi adopción de un español más ibérico que fue voluntaria. No fue muy difícil. Como de alguna manera u otra siempre he terminado trabajando con las palabras, he tenido que ir adecuando el lenguaje de acuerdo a mis objetivos. He redactado notas de prensa, dossiers, newsletters, revistas corporativas, guiones para radio, entre muchos otros tipos de textos. En un 70% los destinatarios de estos textos eran españoles y yo estaba hablando a nombre de un medio, una agencia, una empresa, un periodista que iba a leer mis guiones. Tenía que suplir el ustedes por el vosotros obligatoriamente.

El habla terminó contagiándose de la escritura, aunque también hay una parte que fue estratégicamente planeada. Cuando tuve que trabajar como agente de ventas y sobre todo, cuando comencé a tener contacto con políticos españoles, descubrí que podía captarles mejor a ellos y a los clientes potenciales si eliminaba tales distracciones. Cambiar el acento es un rollo (aunque posible gracias a técnicas de doblaje y locución), pero sí se puede elegir conscientemente el vocabulario. Y ya no os/les cuento las maravillas que ha hecho por mí mi básico pero orgulloso catalán a la hora de comunicarme con los clientes catalanoparlantes.

Trabajo con la palabra desde siempre. ¿Es normal que mi herramienta de trabajo se modifique? ¿Es una evolución? ¿O bien estoy siendo, tal y como me llamaron mis trolls mexicanos, una ridícula?

Mexicanos en Barcelona

Cada tanto conozco, sin buscarlo ni provocarlo, a algún mexicano. Insisto en que no lo busco ni lo provoco porque no suelo ir a sitios donde se agrupen en masa estas personas con el común denominador de su lugar de nacimiento. No es que lo desprecie o que no me guste. La gente que me conoce bien sabe que disfruto con la música de mariachi y soy feliz comiendo tacos de lengua. Simplemente es que no me hace falta convivir con gente que tiene un pasaporte del mismo color del mío (¿cómo sé si me va a caer bien? ¿la geografía es garantía?).

El último paisano que conocí es músico y trabaja como camarero en un restaurante mexicano al que no haré propaganda aunque está buenisisisisísimo. Hablábamos del orgullo nacional. Él convive con mexicanos todo el tiempo y me decía: “No entiendo por qué se les exacerba la nacionalidad cuando salen de su país. Se jactan de escuchar música que ni allá escuchaban y dos de cada tres palabras es una grosería mexicana. ¿Eso les hace sentir mejor, más mexicanos, superiores? ¿Eso qué?”.

Pues esos son más mexicanos que yo.

Hace unos días un amigo escritor argentino hablaba ante un grupo de personas mientras dábamos un paseo por Barcelona. Usó varias veces las palabras tenéis y podéis. No es raro el argentino que modifica sus conjugaciones. Empiezan, según me han comentado, por intercambiar el  vos por el .  Trabajé una vez para un francés que usaba palabras venezolanas con normalidad. Su mujer había nacido allá. Mi amiga francoboliviana me habla en spanglish porque creció en Estados Unidos y además, trabaja con textos en inglés y es profesora de este idioma. Conocí en otra ocasión a una colombiana que, como apoyaba la independencia de Catalunya, hablaba solamente catalán. Especialmente con los latinoamericanos, a quienes acusaba de colaborar con el imperio por hablar español. Mis amigos de Murcia que viven en Bilbao dicen agur en lugar de adiós. Mi mejor amiga mexicana que lleva años en Michigan, mezcla vocablos del inglés con su fluido español todo el tiempo cuando hablamos. Incluso, cuando nos escribimos. A mi pareja, catalán de nacimiento, de vez en cuando se le sale un no manches que, seguramente, aprendió de mí.

Me pregunto si a todos ellos les habrán retirado también sus carnets nacionales o solo me pasa a mí con mis compatriotas.

Me pregunto si mi esfuerzo voluntario por comunicarme “mejor” en Barcelona es el mismo esfuerzo que a ellos les cuesta mantener intacto o hipermexicanizar  su vocabulario.

Entiendo el lenguaje como una parte fundamental de la identidad nacional, pero también sé que la lengua y sobre todo, una tan desarrollada como el español, es un ser vivo que evoluciona cada día.

Sentido del humor

Vuelvo poco a México. Es caro, no es fácil, hay que poder estar mucho tiempo. Ya desde el avión sobre el que cruzo el océano comienzo a reacomodar mi segunda persona del plural. Me cuesta unos cuantos días hablarle de ustedes a la gente. Me suena forzado y siento que causa muchas más dudas, ya que se conjuga igual que el ellos/ellas. No llego a conseguirlo del todo.

Mis amigos y familiares me echan carrilla. Es decir, me hacen burla. Hablash como eshpañola, me dicen entre risas. No es verdad. No hablo como española. Tampoco hablo como mexicana. Pero nunca profundizamos en el tema porque, no obstante mis esfuerzos, siempre termino cogiendo algo en vez de agarrarlo o tomarlo. Volvemos a las risas y a lo que verdaderamente importa: que nos entendemos.

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Ale Oseguera

Periodista de profesión, escritora por vicio y performer de oficio. Interesada en la política, el arte y las personas, no necesariamente en ese orden. Actualmente trabaja como productora y redactora para ZoominTV Holanda. Su primer poemario "Tormenta de Tierra" se ha publicado en España y México.
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    4 Réplicas

  1. Pilar Yánez

    Hola, estoy de acuerdo contigo, muy válido el como hablas, yo he cambiado algunas palabras porque aquí no las entienden como en México, ducha, fregona (trapeador), etc., y no por eso dejamos de ser mexicanas, que bien escribes, felicidades.

  2. Maritza Cuevas

    Hola Ale! Me encantó tu post! Yo llevo un año que vivo en Barna! Soy comunicóloga también y aún no entro a trabajar aquí. Uno de mis más grandes miedos es ese: perder el carnet de mi nacionalidad por cómo hablaré en unos años. Que al entrar a trabajar tendré que empezar a usar el lenguaje como lo usan aquí y el cerebro se acostumbrará.ññ I feel you girl! By the way… (aquí la influencia geográfica de EEUU en mi vocabulario) Mi mamá también es una mezcla de acentos y lugares, pero yo siento que mi ella tiene el acento más bonito que he escuchado jamás; Español de un pueblo de Michoacán + 20 años viviendo en Chicago + 20 años en el DF = el acento súper lindo de mi mamá.

  3. Raul

    En parte tienes razón, si se adoptan frases o modismos, pero en parte no hay excusa, adoptar otra forma de hablar a la que llevas haciéndolo, pues es muy mamón y denota falta de identidad, o ganas de encajar (más a huevo) en un grupo.
    Lo siento, pero es así.

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