21 de julio del 2019
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Aunque la noticia de su enfermedad era vox populi en Cádiz desde hace semanas, lo fulminante del desenlace lo convierte en un golpe difícil de encajar. No es de recibo que el cáncer se lleve a un autor mayúsculo como Juan Carlos Aragón Becerra a sus 51 años, con media vida por delante.

Pese a ser como era, una persona deslenguada, irónica y brutalmente honesta, se fue con una discreción encomiable, siendo consciente de que todos los ojos estaban, desde hace días, puestos en él.

Dejó en las últimas semanas un libro escrito (que no publicado) y varias columnas con tono de despedida que fueron cada una de ellas un puñal afilado para su entorno cercano, que vislumbraba el final.

Cuando en las postrimerías del milenio, en 1999, Aragón sorprendió en las tablas del teatro Falla con Los Yesterday, no solo estaba ganando un merecido primer premio de chirigotas, estaba destrozando la modalidad y de paso, convulsionando la comparsa para siempre. Porque cuando se escuchó aquello de que a Aragón le daba vergüenza ser un hombre, aquellos insólitos diez últimos versos de aquel portentoso pasodoble, probablemente había firmado el epitafio de la chirigota tal y como la conocíamos. Desde entonces todo cambió.

Desde aquel momento la poesía más delicada, canalla, fina, artística, imprevisible, brillante, sorprendente, definitivamente genial, irrumpió en la comparsa (lo hizo desde la misma chirigota en un movimiento transversal) para quedarse. Aragón Becerra, que era entonces un audaz, arrogante y deslenguado treintañero, sabía perfectamente que estaba haciendo historia.

Nos dejó de paso el último gran pulso que se recuerda entre autores; una competición artística descomunal con un Martínez Ares herido en su orgullo (por motivos varios) y con ansias de resarcirse. A las mejores coplas de uno le respondía el otro golpe a golpe, verso a verso. La calidad desbordaba el teatro y la emoción afloraba en nuestros corazones. Fueron, probablemente, los mejores años de nuestras vidas.

El maravilloso pulso Ares-Aragón no representaba sino el fin de una era; la comparsa clásica versus la moderna. El pasado contra el futuro. Góngora versus Quevedo. Disney contra Marvel. La niñez contra lo adulto. Paco Alba contra Henry Miller. Dos poetas libres ante un público ensimismado. Nunca veremos nada igual ni habrá un intercambio de coplas tan espectacular como los que nos brindaron «el Niño» y «el Capitán Veneno».

Aragón fundó un sello, un estilo tan imitado (aún sin quererse admitir por sus clones) como inimitable y perfectamente distinguible: coplas con gran musicalidad, tempo medido al compás del verso, retranca, cierta repetitividad, crítica, poesía desbordante y desbordada e ingenio rebelde, atrevido, comprometido y con un puntito de mala uva.

Aragón firma como autor dos etapas sobresalientes; la primera data de comienzos de siglo con el grupo de Subiela y Carli y dura tres años (Condenados, ángeles y americanos) y la segunda fue la santa trinidad de millonarios, cubanos y mafiosos. Cualquier pasodoble de esas seis agrupaciones, cualquiera, uno al azar, el que más coraje de, el más malo de ellos, encierra más poesía, talento y orgullo de clase que las última dos décadas de música en España.

Aragón reclamaba mojarse porque nadie lo hizo en la industria musical durante varios lustros y porque no entendía un verso vacío de mensaje. Reclamó en sus letras igualdad, una oportunidad para el pueblo gaditano, denunció las tropelías de los sucesivos gobiernos, la infame actitud de los EEUU, apostó por la educación pública, por la sanidad, por los currelas, hizo reverencia a sus padres y a su barrio, a la mujer, al mar, al vino y a su gente. Ni dejó títere con cabeza, ni descuidó su ego ni se casó con nadie, por eso fue tan admirado como odiado.

Podía gustar más o menos el estilo juancarlista, pero no se entiende el boom del concurso del Carnaval de Cádiz en España sin él. De su mano se hizo aún más universal a pesar de que él mismo lo consideraba un monstruo indomesticable que corría el riesgo de devorarse a sí mismo.

Sin sus agrupaciones, sin sus versos, sin sus coplas el Carnaval queda herido y triste; seguirá adelante, será mejor, peor, parecido, continuista o más clásico, quién sabe que deparará el futuro. Pero no será lo mismo. Nos deja el autor, el humanista, el músico, el talento, el poeta, el rebelde guerrillero, el juglar, posiblemente el cronista más brillante de la historia moderna del Carnaval.

Firmó poemas que son oro en las páginas más salvajes y románticas de nuestra generación.

Ya nunca nada será igual.

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Periodista. Codirector de La Réplica.
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