15 de septiembre del 2019
La Réplica La Réplica La Réplica La Réplica La Réplica



Si estos días sólo tiene tiempo para ver un documental permítame sugerirle que sea Muros, el nuevo trabajo de Pablo Iraburu y Migueltxo Molina que ha pasado por el Festival Internacional de Cine de San Sebastián.

No voy a contarle cómo está hecho o quiénes son sus protagonistas. No tengo interés en convencerle para que caliente una butaca. Lo que sí quiero es transmitir qué se siente al notar que una sala entera de cine contiene durante unos segundos la respiración.

Si se pregunta por qué dedicar un documental a las fronteras internacionales piense en el ejemplo más reciente de división física y política en una sociedad: el muro de Berlín. Tras su caída nos prometimos avanzar para dejar atrás una sociedad fraccionada. Cuando aquellos escombros cayendo al suelo sonaban como aldabonazos en la conciencia nos quedaba resaca de pesadillas. Sabíamos que, en adelante, debíamos buscar la unidad y no la separación. Trabajaríamos duro para apoyar a las víctimas de las injusticias y buscaríamos la concordia ante los conflictos. Nos esforzaríamos por mezclarnos y llegar a confundirnos entre culturas y multitudes. Fomentaríamos la sostenibilidad, protegeríamos a los débiles, apostaríamos por los olvidados. Haríamos que la sinrazón no se repitiese. El siglo corto había sido un largo despropósito.

MUROS TRAILER from Arena Comunicación Audiovisual on Vimeo.

Y hemos seguido -tal vez guiados por la prudencia y el sentido común o tal vez por una amenaza anónima- fabricando barreras, límites, demarcaciones. Sobre todo, hemos continuado construyendo naciones cimentadas en burocracia y pasaportes porque eso ha sido, es y será lo conveniente. Necesitamos estabilidad, seguridad, autoidentidad, crecimiento y prosperidad; el sentimiento de estar preservados contra avalanchas, hordas y catástrofes. Una fuerza invisible ha seguido precipitando hacia exilios forzosos a viajeros cubiertos de polvo y sufrimiento que emprenden un viaje y se despiden un día sin saber si volverán, o en qué condiciones lo harán.

Nosotros, aquellos a los que la llamada brecha -que no es brecha sino abismo- ha dado el beneplácito, podemos subir a un avión para cruzar países –recuerde: es usted privilegiado si no ha viajado por problemas reales y acuciantes: hambre, miedo, frío-. Y sin embargo, hay personas que no pueden pagarse unas alas y siguen viajando. El cómo no importa demasiado si hay un por qué.

Muros

Resulta que a una pequeña parte de la sociedad nos importa quiénes sortean esos muros apostándolo todo a una carta, la de la vida o la muerte. También sus motivos. Nos fijamos habitualmente en el desarrollo y alcance de las políticas migratorias internacionales. En la inversión destinada a defensa, armamento y seguridad territorial. En la demografía, las relaciones internacionales, la propaganda, los estudios sobre la pobreza.

Muros nos retrotrae, por ejemplo, a la frontera entre Zimbabue y Sudáfrica. Muros acerca a la labor de la Guardia Civil española, que vigila desde un panóptico la frontera con Melilla. También sigue las huellas de un embajador de la dignidad que como no puede ayudar a cruzar a los mexicanos hacia Estados Unidos recorre el desierto colocando garrafas de agua aquí y allá, alentado por la idea de que en algún momento puedan salvar más de una vida. Muros cuenta historias. Subraya que detrás de un jirón enganchado en una concertina hay un viajero cuyo rostro y rastro seguimos buscando. No sólo queremos saber quiénes atraviesan una muralla artificial sino también qué procesos subyacen a esa huida. Porque quienes hemos subido a un avión pagado con ilusión y dinero limpio –recuerde: usted es un privilegiado si no se ha desplazado por miedo real, por hambre real, por frío real– no hemos divisado fronteras entre países.

Muros contiene una imagen que se va a incrustar en su retina si es usted uno de esos afortunados que aún no la ha visto. En ella, oleadas de sombras humanas trepan dejándose –literalmente, dejándose- la piel en tres muros metálicos. No oímos sus gritos, no alcanzamos a ver sus músculos retorciéndose, sus dedos amputándose. Es de madrugada y aparentemente el silencio envuelve la escena pixelada. Quienes logran superar una valla de seis metros, una sirga intermedia de tres y se encaraman a la última alambrada reciben chorros de agua a presión como ofrenda de bienvenida. De esto hace dos años, y no le queda a usted tan lejos. Cuando usted ve esa imagen siente el corazón pesado y pequeñito.

Somos muchos a este lado de la frontera. La vida no es fácil ni aquí ni allí, pero mientras aquí siempre nos cabe esperar tiempos mejores de aquel lado el desaliento se pega a la nuca. Europa es el espejismo oxidado de un futuro mejor, desleído a fuego lento. El último cartucho que les quedaba a Aylan, su familia y tantos otros sirios. A algunos en cuanto nos confesamos solidarios nos mutilan todo idealismo. “Pues mételos en tu casa y dales de comer”, le dicen. Y a usted le duelen los que saltan muros –o los que cruzan ríos, mares, bosques, desiertos- sabiendo que tal vez sólo les esperen chorros de agua a presión, repatriación inmediata, enfermedad, riesgo, muerte. Usted sabe que usted no puede hacer nada por ellos. O quizá sí. Quizá pueda ver Muros. Yo creo que no es poco. Despertar a la realidad no lo es en absoluto.


Post scríptum
: No sólo de muros y fronteras se habla en Más de la mitad, pero su lectura general queda totalmente recomendada.

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Rocío Martínez

Periodista freelance, escritora, técnico audiovisual. Formándose como psicóloga. Ha formado parte de El Mundo, Tercera Información, El Mostrador, Harper's Bazaar o Showrunner, entre otros.
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