12 de diciembre del 2019
La Réplica La Réplica La Réplica La Réplica La Réplica



La Historia es cíclica. ¿Cuántas veces hemos escuchado o leído esa afirmación? Lo gracioso de este asunto, de este mantra, es que el universo se empeña en demostrar que es totalmente cierto. Y el ser humano, a nivel individual como social, es el mayor exponente de estos patrones existenciales cíclicos.

En España —por no hablar de Cataluña, que daría para muchos artículos— vivimos en un permanente estado de quietud inquieta: hay en la clase política una suerte de inacción a través de la cual creen estar haciendo. Sin embargo, lo que están apuntalando con el paso del tiempo es un Estado de No Pasa Nada mientras la sociedad muta, se empobrece y retrocede poco a poco en todos los sentidos.

Encaramos noviembre con una repetición electoral, vete a saber qué número es porque uno ya ha perdido la cuenta. Los candidatos, lejos de parecer tener un mínimo de decencia, repiten en sus puestos mientras buena parte de la población parece estar de acuerdo con semejante número de trilerismo. Recordad: simulan que hacen para seguir no haciendo. Las reuniones, pactos truncados, mítines vacíos… todo forma parte de la pirotecnia con la que ciegan al populacho mientras los grandes temas y desafíos —del presente y futuro no tan lejano— quedan sin resolver.

Resulta sorprendente que siendo un país que ha dado grandes mentes, y que está repleta de cuñados que se vanaglorian de ir contra corriente, poco o nada se esté debatiendo realmente sobre la conveniencia de que ciertos personajes políticos —de todos los espectros— estén eternizados en sus cargos y aspiraciones políticas cuando no dejan de demostrar su ineptitud. En cualquier ámbito laboral normal, estarían en la calle o degradados.

Pero esto es España, ese lugar —maravilloso en muchos aspectos— en el que el más tramposo suele tener recompensa, en el que tener pensamiento propio te deja fuera de unas trincheras que lo son todo hoy en día; España, una democracia que no es capaz de hacer autocrítica y mirarse de forma honesta en el espejo para corregir esos defectos que sabe que tiene. Un país que presume de modernidad y sigue anclado en el siglo XX.

La solución no es fácil y no hay una única vía. De lo que debemos estar seguros es que si no logramos admitir —todos— nuestros errores, ceder —que no claudicar— en algunas pretensiones, tener empatía y actuar con la mirada puesta en el largo plazo, vendrán unos años muy difíciles.

Pero no sería la primera vez que se logra semejante milagro, así que no desistamos en el empeño de ser una sociedad normal.

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Alejandro F. Orradre

Escritor || Jedi frustrado || Reseño mis lecturas en elfindeltsundoku.wordpress.com || Colaboro en @murraymagazine y @hablandoconletr
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