20 de octubre del 2019
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Este año de nuevo, y coincidiendo con el fin de temporada de caza, en treinta y una ciudades españolas saldremos a la calle, para volver a repetir NO a la caza.

Y esto no será así porque un domingo al año nos guste fastidiar al colectivo de cazadores, sino porque alrededor de esta actividad, por muchos adornos que quieran ponerle, existe un halo de crueldad, sufrimiento, mentiras y medias verdades por desenmascarar y lo haremos cuantas veces sea necesario.

La caza o actividad cinegética, es legal y está regulada por medio de la ley 19/ 1990 de actividades deportivas; esto es un hecho cierto por muy discutible que pueda ser su carácter “deportivo”; sin embargo hay otras cuestiones no menos ciertas en torno a ella.

Según el informe realizado por Ecologistas en Acción “El impacto de la caza”, esta práctica afecta a más del 80% del territorio nacional, territorio que ha ido ganando extensión a base de “ocupaciones” y privatizaciones, a costa de usurpar su uso a la ciudadanía para acciones distintas a matar animales.

El mismo informe refiere hasta 31 tipos de impactos entre los que destacan: accidentes, agresiones, daños a la agricultura y ganadería, limitaciones y acoso a quienes pasean con perros, perjuicios al turismo rural, daños a bienes del Patrimonio Cultural, daños forestales, incendios y acoso inmobiliario.

Dicho esto, que en absoluto es baladí por cuanto estos datos ya nos hablan de fuertes desequilibrios en la gestión, conservación e impulso del patrimonio natural y el mundo rural que nada tienen que ver con la ecología supuestamente implícita a la caza.

Una de ellas, es el manido argumento de la caza como método de control de sobrepoblaciones. Algo que cae por su peso, ya que la inmensa mayoría de la caza mayor se realiza en espacios especialmente preparados al efecto, previo pago de cantidades, en muchos casos nada desdeñables, para el goce y disfrute de personas cuyo único anhelo es obtener la mayor pieza o el mejor trofeo.

Abundando en este argumento, no son pocos los informes que advierten que lejos de ese control poblacional, lo que está provocando la caza indiscriminada y el furtivismo, es la extinción de especies como el lince o el lobo. Con la colaboración de la inacción de las Federaciones de caza y la connivencia política. Además, el reguero de plomo que dejan a su paso contaminando los suelos y la contaminación acústica asociada a la caza son otros dos motivos que les alejan de los postulados ecologistas a los que se agarran para justificar su macabra afición.

Que la caza es violenta tampoco es discutible; la definición que da el DRAE de “dar caza” implica persecución y muerte de un animal. Lo que desmiente otros de sus 2 mantras: “la caza conlleva muerte sin dolor” y “los cazadores son quienes más quieren a sus perros”.

En el primer caso, es bastante frecuente que el animal no fallezca inmediatamente y permanezca horas en una terrible agonía y, en el segundo caso, y sin generalizar, sólo hay que contar la ingente cantidad de perros usados para cazar que cada año acaban en cunetas, colgados de árboles, con el cuello cercenado para arrancarles el chip o deambulando por autovías; son los despojos, los que ya no sirven y hay que eliminar…¡Curiosa querencia de sus animales!

Por otro lado la caza también es causa de accidentes y conductas algo más que reprobables que afectan tanto a humanos como no humanos. A todos se nos puede venir a la mente, a modo de ejemplo, noticias relacionadas con agresiones y muertes de humanos relacionadas con la caza, especialmente duros de asimilar cuando se trata de menores, o escalofriantes vídeos (pueden herir la sensibilidad) de personajes maltratando con brutalidad a animales o animales despeñándose por barrancos.

A estos hechos se les suele dar el tratamiento de “incidentes aislados” o “lances desafortunados” pero dejémonos de eufemismos y llamemos las cosas por su nombre y digamos que son hechos violentos, incluso podemos hablar de homicidios, que ocurren con demasiada frecuencia.

La imagen idílica de la caza ligada al ecologismo, la protección e impulso del mundo rural e incluso la protección y bienestar animal, no solamente es ilusoria sino que, en no pocos casos, lo que hay detrás es un sórdido mundo ligado al ejercicio del lobby para mantener sus privilegios, que mueve mucho dinero negro y en el que podemos encontrar representación de todos los estratos de la sociedad incluidos desde el rey emérito hasta políticos encausados por corrupción.

Puede ser cierto que la caza forme parte de nuestro “patrimonio tradicional o cultural”, pero cuando las tradiciones devienen en perversas es el momento de tomar las medidas necesarias, de forma progresiva pero firme, en favor de otras actividades que si incidan en el bien común, la conservación de ecosistemas, y la puesta en valor de nuestro entorno natural para uso y disfrute de actividades que nada tengan que ver con una sociedad cruel más propia de otros tiempos.

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Toñi Gómez
Miembro de la Comisión Ejecutiva Federal de Equo y de la Red Equo Derechos de los Animales.
Toñi Gómez

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    2 Réplicas

  1. Alberto Roldán

    Desde mi punto de vista hay un par de cosas que se suelen olvidar sobre la caza. La primera es que constituye la mayor área de ingresos en las zonas rurales pasando muy de lejos cualquier otra industria o servicio relacionado con los montes a día de hoy. Zonas rurales muy deprimidas económicamente. La segunda es la dificultad a la hora de controlar censos poblacionales de especies cinegéticas y sus planes de aprovechamiento. Por mucho que la mayoría de los agentes medio ambientales y funcionarios de los servicios forestales trabajan duro, carecen de recursos para poder controlar como se debiera zonas cinegéticas . Unas zonas que normalmente acumulan una densidad poblacional alta para satisfacer a los cazadores en su jornada, aunque estas piezas sean trofeos de baja calidad.

    Más allá del debate moral a la hora de matar un animal salvaje por deporte (que comparto) la falta de medios y presupuesto son el principal problema que afecta negativamente a los ecosistemas. Una actividad cinegética más respetuosa, controlada y dotada de buena praxis sería posible pero hay que invertir y educar.

  2. Jorge Vetti (ex preso político en la dictadura videlista).

    La crueldad es uno de los rasgos constitutivos más específicos del «ser humano» (las minúsculas van adrede). Algún primate muy cercano al «sapiens»( ???) comparte esta inmunda característica, pero no se da en el resto de la Naturaleza, por lo que quiero enfatizar el contenido esencialmente perverso de esa práctica.
    Disfrutar con el sufrimiento de otro ser, es patológico. Solo un malparido puede hacerlo. Punto pelota.
    Excelente artículo, excelente iniciativa.
    Salud a «La Réplica».

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