19 de julio del 2019
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Enfermo está el mundo, donde tener y ser significan lo mismo.
Eduardo Galeano

 

Decía Josephine Witt que era importante ir al centro del problema, no protestar frente al Banco Europeo, sino dentro del Banco Europeo. Nadie podía acusarle de incoherencia a la activista freelance la misma semana que se había colado en las entrañas del organismo presidido por Mario Draghi, y haciéndose pasar por una periodista de Vice, en mitad de la comparecencia del economista italiano, saltaba encima de su mesa y ante su mirada impertérrita, lo bañaba en confeti al grito de » Stop the dick ECB dictatorship”.

¿Por qué confeti? Le preguntaron días después diversos medios. «Quería que la propuesta fuera colorida y pacífica. Los violentos son ellos, los que arrojan gas lacrimógeno.”.

Pienso en esto, en su mensaje, en su postura radical con la que afronta el acto de protestar, en esa sonrisa perenne en su rostro al ser sacada a peso por dos empleados de seguridad del BCE, mientras camino por esta Barcelona primaveral, Paseo de Gracia arriba, para encontrarme la protesta contra el TTIP (Tratado Trasatlántico de Libre Comercio). Si todo esto tiene sentido, abarrotar las calles para, el día siguiente, volver a la injusta rutina.

Tractor-Protesta-Réplica

La agricultura amenazada por el TTIP.

 

Despierto de la divagación cuando me reciben dos enormes tractores que cortan la avenida y suponen el comienzo de la manifestación. No están ahí de paseo, El TTIP afectará a los pequeños agricultores y al empleo directo e indirecto generado en el mundo rural, fomentará monopolios en todos los sectores económicos, recortará derechos laborales y sindicales, privatizará las instituciones públicas, cederá poder a las multinacionales por encima de la soberanía de los pueblos, y por influir, influirá hasta en nuestra alimentación o el mismo aire que respiramos. Las grandes compañías tendrán libertad para usar hormonas y transgénicos en la alimentación, pasarán por encima de las leyes medioambientales y, en definitiva, harán prevalecer el comercio por encima de todo. Como un Dios supremo que pudiera hacer y deshacer a su antojo. Sin embargo, de esto no sabemos nada, o sabemos muy poco.

Y ese es el primer éxito del TTIP, hacerse invisible a la sociedad, permanecer en secreto en esa realidad paralela donde se deciden nuestras cosas. Hasta su nombre es críptico. La evidente fractura entre las élites europeas y la ciudadanía viene a encontrar su cumbre en este tratado vendido como un tratado para fomentar la inversión, crear empleo y subir el PIB de los países. En el fondo, por lo que aboga es por un liberalismo económico de postín, mentirosísimo como él sólo, pues otorga derechos a las grandes corporaciones (de demanda y negociación fuera del ámbito legal de cada nación) y restringe derechos al individuo. En definitiva, permite a las élites seguir remando hacia dentro, y polariza aún más la realidad.

Esta ocultación, este alejamiento de la masa social, ha provocado que, en España, un país en el que existe un enorme hartazgo político y una población históricamente pasiva en protestas coordinadas a nivel mundial, la respuesta ante la convocatoria sea menor que en otros países europeos como Reino Unido, Francia o Alemania. Barcelona, aun así, tiene músculo suficiente para atraer a miles de personas, pues dispone de una amplia red de organizaciones sociales y políticas.

En cualquier caso, si a estos asistentes que tiñen de color las calles, les preguntásemos qué es el TTIP, muchos tendrían dificultades para definirlo, otros te darían respuestas variopintas y algunos directamente, no sabrían hacerlo (yo sería una mezcla de los tres). De ahí el esfuerzo de las asociaciones y movimientos que convocan la protesta en explicar el tratado. Hasta cuatro dípticos recibo con una explicación pedagógica y una sonrisa en el rostro del activista. Hay pancartas también en el mismo sentido, y diez carteles diferentes impresos por la organización que en su conjunto, desmontando el TTIP y destapando los conflictos del mismo. Pero quizás, la más explicativa, sea la enorme, acartonada y pestilente mierda que sujeta un hombre con sombrero (con mosca incluida) con un cartel que señala: TTIP.

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Y es lo mismo, porque los que aquí estamos, ahora frente a la Bolsa de Barcelona, dentro de un rato calle abajo y así hasta llegar al Ayuntamiento de Barcelona, no sólo estamos aquí en contra del TTIP, estamos en contra de esta sociedad piramidal e injusta, de que se establezcan mafias legales que nos roben la soberanía, de que no exista una economía democrática al servicio de la sociedad sino justo lo contrario. Es ese modelo que beneficia a unos pocos y empobrece y precariza al resto, que se puede llamar TTIP, liberalismo, neoliberalismo, ultra-capitalismo o de mil maneras, es el que venimos a discutir hoy.

Un modelo que provoca casos tan flagrantes como el del primer agente extraño que veo en la manifestación, los trabajadores de Telefónica-Movistar. La compañía, que incrementó sus beneficios en 2013 un 17%, aproximadamente 4.600 millones de euros, mantiene a sus empleados técnicos a través de subcontratas, pagándoles indirectamente un sueldo que oscila entre los 600 y los 800 euros mensuales, en una jornada semanal de lunes a sábado. Significa la explotación máxima del capital trabajo en España y pone de manifiesto lo que está sucediendo, que las personas no les importan nada a las grandes empresas, las mismas que luego presumen de patriotismo por generar empleo y que proliferarán con el librecomercio decidido en los despachos. Los protestantes van vestidos con monos de trabajo de Movistar que detrás lleva inscrito la palabra <<esclavo>>. Quizás porque se han convertido precisamente en eso, en monos de trabajo, y Movistar, por su parte, en el paradigma de empresa que explota y desangra a la clase obrera hasta el hartazgo.  

Si tienes dudas, te resumimos el TTIP en una fotografía.

Si tienes dudas, te resumimos el TTIP en una fotografía.

Hay un perfil humilde en esta plaga que ocupa la zona centro de la ciudad. A estos manifestantes probablemente les costaría un disgusto comprar en algunas de las tiendas del Paseo de Gracia. La sola intromisión en la rutina capitalista ya se me traduce en satisfacción. La invasión provoca estampas tan infrecuentes y significativas como un tractor que los turistas miran más que la Pedrera, unos turistas japoneses haciéndose fotos con la manifestación de fondo u otros que ríen cuando la muchedumbre canta y baila L’estaca, de Lluis Llach, como si estuvieran asistiendo al baile de una sardana. La letra, un clásico de la canción protesta, no puede ser más adecuada:

“Si estirem tots, ella caurà i molt de temps no pot durar. 
Segur que tomba, tomba, tomba, ben corcada deu ser ja. 
Si jo l’estiro fort per aquí i tu l’estires fort per allà, 
segur que tomba, tomba, tomba, i ens podrem alliberar.”

Esta protesta tiene un carácter pacífico, en sintonía con los movimientos que lo integran. Ni siquiera el baño de pintura sobre la Bolsa de Barcelona al que asistí en la manifestación del 3+2 estudiantil, vuelve a suceder. La insolencia juvenil viene a ser sustituida por una especie de condescendencia moral hacia quienes se dejan arrastrar por la dictadura del capital. Solo un rumor enojado de la muchedumbre y reproches en forma de silbido hacia la sede de las finanzas en la ciudad. Los pocos estudiantes que hay representados aquí son de la Universitat Pompeu Fabra y anuncian un foro contra el paro, la pobreza y la desigualdad la semana que viene. Comprenden bien que incluso la voz de los pobres necesita de estrategias de marketing para lograr que su mensaje trascienda.

Por lo demás, mirando alrededor, todo me resulta familiar. Las manifestaciones se estructuran en torno a los sindicatos (UGT y CCOO), movimientos sociales (PAH, Movimientos feministas, Ecologistas en acción)  y partidos políticos con inquietudes afines, en Cataluña serían ICV, las CUP, Podemos, Equo y jóvenes comunistas, entre otros. En España se han establecido una serie de entidades que, a efectos prácticos, actúan como guardianes de la justicia social y al poco alzan la voz como un árbitro sediento de justicia. Yo me siento como un emisario freelance, un independiente pendiente de dónde sucede la próxima batalla.

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Los hombres de negro del TTIP.

 

En la manifestación me sitúo justo delante de tres hombres de negro -de cartón- con un definitorio bocadillo saliendo de su cuerpo: “Your future, my business”. Recuerda al clásico de Michael Ende, Momo, donde unos hombres grises roban a la gente su bien más preciado: el tiempo. Es exactamente lo que hacen estas élites de Europa y EEUU, robarnos por la espalda y en silencio, muchos años de construcción de derechos que costó sudor y sangre a nuestras generaciones pasadas. La marcha avanza, y mientras siento el aliento de los hombres de negro soplándome en la nuca, entiendo que para ganar la guerra al TTIP va a hacer falta mucho más que un baño de confeti de Josephine Witt y también mucho más que una protesta multitudinaria frente a un organismo oficial, va a haber que organizarse con eficacia para escalar en esta pirámide de poder, trepar hasta los despachos y una vez allí, ventilar cada habitación hasta hacer desaparecer este tremendo hedor a codicia que está asfixiando al mundo.

 

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