29 de noviembre del 2020
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La Comunidad Valenciana se enfrenta a su año más crucial, pues por primera vez en años, parece que los ciudadanos pueden hacer pagar en las urnas los años de corrupción desmedida del Partido Popular, en el que numerosos imputados y condenados han pasado por puestos de relevancia en el gobierno. ¿Pero es real esta posibilidad o sólo un falso reflejo de los tiempos que corren? Reunimos a cuatro ciudadanos que viven o han vivido allí para debatir al respecto.

Pablo Jiménez Notario (Funcionario público, Atleta de maratón)

Otra Comunidad Valenciana no es una posibilidad, es una obligación.

20 años de gobierno del Partido Popular nos han dejado a la cabeza del despilfarro, la corrupción, del concierto sanitario y educativo y de la decencia moral de nuestros políticos. Sus más de 100 cargos imputados, el llegar a tener un 20% de las “Corts” imputadas, casos como la Gürtel, Brugal, Valencia Summit, la Formula 1 y su empresa pantalla Valmor Sport, Emarsa, el expolio a la Cam y Bancaja, el conseller Blasco llevándose el dinero destinado a ONGs o la gestión de hospitales como el de La Ribera y Manises nacidos desde la gestión privada considero que son suficientes cartas de presentación de necesidad de un cambio político.

Pero, ¿quienes deben impulsar este cambio? Hasta la irrupción de Podemos y Ciudadanos estaba claro que un tripartito PSOE-COMPROMÍS-EU era el cambio para esta Comunidad. Pese a no tener una estructura asentada, ni candidatos conocidos, las “marcas” Podemos y Ciudadanos parecen ser suficientes para hacer tambalear  el pacto no escrito del que iba a ser este futuro gobierno.

Sea cual sea el resultado electoral, y el más que previsible fraccionamiento del voto, la Comunidad Valenciana necesita políticos con afán de trabajo y de acuerdos que hagan realidad un cambio de modelo de gestión acorde a esa diversidad de votantes que se van a encontrar. Ni el número de diputados obtenidos, ni la política nacional deben ser parapetos para trabajar sobre las propuestas e ideas que surjan desde cualquier formación política, todos deben ser participes. De no ser así, todo quedará en un tiempo muerto de cuatro años para la regeneración del Partido Popular.

Aunque quizá todo esto sea demasiado aventurar, siempre costó encontrar personas que se declarasen abiertamente votantes del PP… No descarte nadie que tengamos más de lo mismo.

 

Monica Oltra (Compromis) en imagen de 2009.

Monica Oltra (Compromis) en imagen de 2009.


Pedro Martínez (Educador social)

En el País Valencià llevamos muchos años luchando por el cambio, esperándolo con ansia. Y parece que, por fin, comenzamos a ver la luz al final del túnel y un rayo de esperanza se cuela entre la sempiterna nube negra, untada y casposa que nos ha cubierto por tanto tiempo.

Son 20 años del PP –más en algunas diputaciones y alcaldías-. Enumero y que cada cual saque conclusiones. (Nota del autor: recomiendo recitar rápido, en voz alta y sin respirar, para dar tensión dramática): Zaplana, fraude, RTVV, Bankia, Cotino, ninguneo de la lengua, Grau, corrupción, Fabra –Carlos-, Copa América, corbatas, Noos, burbuja, Rita, Junta Central Fallera, el enemigo, Calatrava, cohecho, Blasco, caloret, Camps, especulación, Luís Vives, Brugal, tráfico de influencias, TSJCV, el papa, lotería, destrucción de la cultura, Fabra Alberto, Fórmula 1,  asociación ilícita, Rambla, Emarsa…. (¡Respire! Y si usted lo logró de una sola vez y sin arcada, mi admiración eterna).

¿Es posible el cambio en el País Valencià? A juzgar por la enumeración anterior no solamente es posible sino que es imprescindible. Pero esto es Valencia señores y señoras, aquí nada responde a la lógica. Además, la coyuntura electoral se prevé muy complicada. Los propios sondeos del PP los sitúan con 37 escaños –lejos de los 55 conseguidos en 2011- y todo parece indicar que no van a poder seguir en el gobierno si no pactan con Ciutadans –que apuntan a sacar una buena tajada del pastel y que, obviamente, se agarrarán a un clavo ardiendo con tal de rascar algo-.

Por su parte, la izquierda tiene que jugar encaje de bolillos –y de intereses- para lograr llegar a la Generalitat. Si uno se plantea qué tienen en común PSPV, Guanyem-Podemos, Compromís y EU sólo se le ocurre una cosa: su aversión por el PP. Ahora, ¿es suficiente con esto para llegar al gobierno?, ¿querrá Compromís –un partido claramente valencianista y con apoyos del catalanismo- aliarse con dos partidos de vocación tan centralista como PSPV-PSOE y Podemos? ¿podría Podemos formar coalición con la casta del PSPV? ¿lograrán algo en todo esto pobres de EU? o, lo que es más importante, ¿hasta dónde se lavan la cara los calvos? Muchas preguntas y pocas respuestas.

La situación en el País Valencià es complicada. Aunque será bienvenido cualquiera que saque al PP de las instituciones públicas –y lo meta en las penitenciarias, que es donde tiene que estar-, a la terreta todavía le hace falta mucha construcción popular, fortalecer los movimientos sociales y empezar a hacer política desde y para la base. Desde ahí es desde donde lograremos articular fuerzas, construir autonomía y poder hacer frente a los que vengan que, esperemos me equivoque, replicarán a los que están.

 

Escultura crítica en Valencia. Duró apenas unos días.

Escultura crítica en Valencia. Duró apenas unos días.

 

Anna Plazas (Ciudadana y transeúnte valenciana)

La vida es un mar de posibilidades y para que se realicen primero hay que desearlas, con ganas, lo demás llega después. La pregunta para mí sería entonces ¿es probable otra Valencia? ¿hay probabilidades de conseguir que los deseos de los valencianos converjan en nuevas posibilidades de un mayor orden de coherencia, de gestión eficiente, de bienestar, de felicidad?

Desde mi análisis subjetivo y nada estadístico es posible si, pero no probable a corto plazo.

Al carácter colectivo de los valencianos nos vino como anillo al dedo la especulación urbanística y el boom del crédito. Para edificar y «eventualizar» nuestro ego, quiero decir. Creamos la Valencia del cascarón, a nuestra imagen y semejanza; con mucha fachada y poco contenido, con mucha cantidad y poca densidad. Y tanto entonces como ahora nuestros políticos y su entorno siguen basándose en la filosofía del «porque sí» para actuar. O peor aún, en la del «por joder«.

 

Risas

Los rostros sonrientes iban desapareciendo con el paso de los días.

 

Hace un par de semanas instalaron una obra artística en una pared de mi calle. A los dos días estaba destrozada. Y lo más gracioso es que había sido robada poco a poco, trocito a trocito, por quien (imagino) iba pasando por allí.

Para mí, refleja muy bien esta Valencia construida con máscaras que se estaban riendo pero que han acabado dibujando una mala cara, en la que parece que el ciudadano de a pie ha contribuido permitiendo el hurto, robo y expolio con su ejemplo. Sólo porque una de las máscaras le gustaba, sólo porque le quedaba bien en el salón de su casa. O porque le iba bien para la imagen de su empresa o porque le daba un halo de importancia  o porque le permitía esconder tras ella las miserias congénitas con las que los valencianos tenemos que lidiar para construir futuro.

Bien es verdad que no dista mucho del panorama nacional, la diferencia es que aquí como rasgo de identidad nos gusta la cantidad. Esa cantidad es mierda amontonada, que costará mover y en un corto plazo no veremos los suficientes ejemplos a nuestro alrededor como para espolear.

Sobre todo porque me da la impresión que hay mucha gente que aún desea seguir con la máscara puesta.

Cariacontecidos

Foto final de la escultura callejera.

Javier López Menacho (escritor y codirector de La Réplica)

La Comunidad Valenciana no es sino otro doloroso caso más de cómo la ciudadanía se subestima a sí misma y se piensa incapaz de formar parte de la construcción de su propio modelo social. Acentuado, eso sí, en una región que fue, gracias al Partido Popular, el paradigma de la burbuja inmobiliaria y del desarrollo que traía consigo. Un falso desarrollo, basado en un modelo de riqueza fácil, especulación, enchufismo, redes clientelares y valores morales de dudoso gusto. Esta camino a la felicidad tan superficial como tremendamente impresionante, calaron en una población que, con asombro, se vio crecer de la noche a la mañana. Valencia podía permitirse hacer un «Calatrava», podía traer la Fórmula uno o al mismísimo Papa si hiciera falta. Valencia, en fin, era capaz de todo. Estaba perdiendo sus raíces humildes, estaba desafiando su memoria en el Cabanyal y en el Carmen, estaba absorbiendo lo mejor de sí mismos, estaba además, en la trastienda de las apariencias, robándose hasta la dignidad. Pero eso daba igual entonces.

Ahora, después del sopapo que profirió la realidad, después de la persecución de los jueces, del levantamiento de las mareas, de la articulación del movimiento social, Valencia, por fin, tiene una mínima esperanza. Va a ser difícil distinguir y cortar los hilos invisibles con el que el poder pretende manipular el recuerdo y maquillar el presente. Va a ser una misión titánica recuperar las instituciones, volver a dotarlas de humanidad. Va a ser doloroso cerrar la brecha social, pero por una vez puede ser posible. El Gulliver del paseo del río comienza a mover sus dedos, el gigante tanto tiempo caído, puede al fin despertar.

 

 

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