17 de septiembre del 2019
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Escuchando la radio el día después de las elecciones pidieron a los apoderados de los diferentes partidos contar su experiencia. La apoderada de Podemos dice, “la experiencia muy positiva, he hablado con todos los apoderados de diferentes partidos con cordialidad, excepto con…”, excepto con los del Partido Popular, claro, pensé yo, pero en su lugar dijo: “excepto con los de Izquierda Unida que ni nos miraron a la cara en toda la tarde”.

Anécdota que supongo de ida y vuelta y que tiene más significado del aparente. La hostilidad entre Izquierda Unida/Unidad Popular y Podemos ha llegado a un punto excesivo, casi hiriente para quienes, como un servidor, estaba a favor de la confluencia y se siente en sintonía con ambas formaciones. Después de unas negociaciones fracasadas e inusualmente cortas (como si cada negociador tuviera claro que la cosa no iría mucho más allá), ambos partidos tomaron dos caminos diferentes: Podemos ha ignorado a Izquierda Unida por sistema, y hasta pasó por alto el hecho de reivindicar la presencia de Alberto Garzón en debates fundamentales para la carrera electoral. Izquierda Unida, por su parte, ha cargado en campaña contra el partido de Pablo Iglesias por encima de cualquier otro partido, como si el enemigo fuera Podemos y no el bipartidismo o el recambio ciudadano, alertando de su viraje hacia el centro y complicidad con el establishment. En fin, como una expareja que optan por dos formas alternativas de herirse.

IU

Lo cierto es que Izquierda Unida exacerba uno de los reproches que, internamente, más dirige la militancia de Podemos hacia su propia directiva. Pero a ciencia cierta, ni la experiencia de gobierno de Podemos en los Ayuntamientos, con o sin mareas, ni la ausencia de historia de la formación morada invita a una acusación tan fuera de lugar. Por más que se empeñen, Podemos no es el PSOE, al menos hasta que no demuestre lo contrario con hechos desde el gobierno. Izquierda Unida ha fiado su campaña a una confluencia fallida en la que ni Podemos ni Equo han querido ir de la mano, donde dimitieron los propulsores de Ahora en Común y en la que no se han librado de la crítica interna. Por si fuera poco, la confluencia no ha servido para aglutinar más votantes (han pasado de 1.686.040 a 923.133) y su representación ha quedado mermada a consecuencia de este hecho y de una ley electoral a todas luces injusta. Por más que su Community Manager consiga trending tópic o Alberto Garzón llene cada sala que pisa, el resultado es que si Izquierda Unida ya era marginal, ahora lo es mucho más.

Aunque presentándose en sociedad existen notables diferencias (Podemos no pide carné, abraza “el centro del tablero” y aspira a un entendimiento de la lucha como arriba o abajo, Izquierda Unida habla de la verdadera izquierda, de honestidad, de un único camino ideológico para llevar a la sociedad a un mundo más justo e igualitario), los hechos hablan por sí solos. Situarse en las antípodas tiene más que ver con la estrategia de unos y otros que con cualquier otra cosa. Si de verdad tanto Garzón como Iglesias creyeran en el famoso “programa, programa, programa” de Julio Anguita, se darían cuenta que los programas de ambas formaciones tienen más encuentros que desencuentros y un fondo similar, la eliminación de las desigualdades sociales. A saber: ambos son ecologistas, ambos son feministas, ambos tienen un programa social muy ambicioso, ambos quieren una quita de la deuda, ambos proponen una reforma del tratamiento de los territorios por parte del estado, ambos hablan de regeneración democrática, de mecanismos de control y de cargos revocatorios, ambos hablan de medidas contra los desahucios… y muchos otros aspectos primordiales para nuestra sociedad.

Los hechos, además, refrendan esta teoría. Tanto a nivel macropolítico, como a nivel micropolítico, Podemos e Izquierda Unida votan en torno al 80%-90% lo mismo en los plenos. Las estadísticas hablan por sí solas.

IU-Podemos - Europa

Si el problema en Izquierda Unida, según Podemos, es de regeneración de sus órganos directivos y un tema puramente económico, qué mejor aliado que Alberto Garzón para comandar cambios dentro de una masa social prima hermana. Al fin y al cabo, más dinero pierden ambos bajando la representatividad, que inmersos en reparticiones. Y cabe recordar que Alberto Garzón se enfrentó a la vieja guardia de Madrid,  disolvió su federación y ha terminado afrontando la campaña con una tremenda soledad mediática, en parte por las estrictas reglas de los medios de comunicación: “O Alberto o nada”. Pero si alguna posibilidad de entendimiento tienen ambas formaciones, será gracias al sus dos directores generales, Pablo Iglesias y Alberto Garzón y no a directivas y militancias difícilmente reconciliables. Las acusaciones de unos y otros sólo se podría corregir con una de sus características antinatura, el mandato desde arriba de otra forma de relación.

Y, las vueltas que da la vida, quizás Podemos e Izquierda Unida tengan una última y casi imposible oportunidad de confluencia (lo dijo ayer Jordi Évole), debido a la ingobernabilidad de España tras las últimas elecciones. Salvo sorpresa, estamos destinados a unas nuevas elecciones o a vivir una legislatura corta, momento en que ambas formaciones podrían hacer cuentas. Mejor juntos y con 14 diputados más, que separados y con una deuda moral con los verdaderos interesados de la confluencia: la gente. O al menos, con aquellos que necesitan de planes urgentes de rescate que puedan librarlos de la precariedad, la pobreza y la marginación social. Esos, precisamente, que no entienden de siglas ni de estrategias, sino de trabajo, techo y comida, las cosas esenciales por las que este país necesita un acuerdo.

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Javier López Menacho
Escritor y Social Media Manager. Ha escrito el libro Yo, precario (Libros del Lince, 2013), Hijos del Sur (Tierra de Nadie, 2016) y Juan sin miedo (Alkibla, 2015) y SOS, 25 casos para superar una crisis de reputación digital (UOC editorial, 2018). Ha sido traducido al griego y al alemán. En 2014, creó La Réplica, periodismo incómodo.
Javier López Menacho

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    8 Réplicas

  1. Anjo

    Llevo mucho tiempo pregunta tando en la Red… ¿quién asume la deuda de IU con la banca? Nadie me ha respondido… Ahí hay un problema grave que dificulta la confluncia. IU no será libre hasta que salde su deuda.

  2. Enrique Girondo

    Yo es que no entiendo tanta inocencia. Las deuda de IU no se puede pagar con dubvenciones electorales aunque se quisiera. Mezclar ambos temas es aprovecharse de la ignorancia de la gente que no sabe de que se habla, aunque los que lanzan el bulo seguro que no son tan tontos.

  3. José Mejías

    Básicamente de acuerdo en el fondo Javier. Matices:
    A los 923.133 directos a IU, habría que sumarles los que se le puedan atribuir de las Candidaturas de Confluencia en Galícia y Cataluña, donde también se ha integrado IU o EU, evidentemente han aportado, lo cual debe ser tenido en cuenta al medir la base social de IU. Los votos a las candidaturas de Confluencia no son de Podemos, ni de IU, principlamente.
    La posibilidad de entendimiento no vendrán desde arriba, aunque evidentemente los máximos dirigentes tendrán que contribuir, sino que vendrán desde abajo, desde las miles de personas de IU y Podemos, que no nos hemos dejado «envenenar» por dinámicas propias de «campaña» y que sabemos que estamos del mismo lado con todas nuestras diferencias y estilos. La construcción de la alternativa tendrá que ser desde abajo, como han demostrado estos años, Barcelona en Comú, Las Mareas, o Compromis, en que los liderazgos se han cocido a fuego lento y han «emergido» de los procesos de empoderamiento ciudadano. Los «partidos» tendrán que entender que deben contribuir a alimantar y construir dichos procesos, no a liderarlos o cooptarlos.
    Por cierto mira lo que puse en mi muro de facebook, despues de las elecciones europeas
    27 de Mayo
    https://www.facebook.com/photo.php?fbid=769224959785056&set=pb.100000926769678.-2207520000.1450818402.&type=3&theater

  4. La Réplica

    Buenos apuntes Jose, sobre todo el de los votos de la confluencia.

    Yo a las bases, por lo he que he visto y leído estos días, es que nos las veo reconciliables si el mandato no viene desde arriba. Me cuesta entender que alguien que lo ve todo negro ahora vaya a cambiar, ni siquiera paulatinamente. Pero desde luego, el poder de la gente ha conseguido cosas mucho más difíciles o inimaginables 🙂

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