08 de diciembre del 2019
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«Ha sido linchada», se lamentaba el Partido Popular con respecto al fallecimiento, repentino, de Rita Barberá en un hotel de Madrid. Celia Villalobos iba más allá y señalaba a los «tuiters» como los causantes de la muerte de Barberá. Y el ministro de justicia Rafael Catalá cargaba sobre la conciencia de periodistas y oposición el peso de su muerte. Desde la desbandada del Partido Popular con respecto a la que fuera su senadora en medio de su imputación, se ha dado un reagrupamiento que para sí quisieran muchos de los imputados por causas similares, inmersos en el lodo del olvido.

A nadie escapa que la muerte de Rita Barberá ha sido usada políticamente. El uso del protocolo parlamentario a conveniencia (según ideología), así como su contraprestación al otro lado del hemiciclo, incita a todo aquel alejado de la esfera política a preguntarse por la creciente politización de todo cuanto acontece. A veces, hasta el límite de lo soportable. Ni los muertos se escapan ya de un juego político ruidoso y estrambótico, cada vez más putrefacto.

Rita Barberá fue una política con una actividad duradera y relevante en su ámbito profesional. Sus días de gloria y su decadencia política van de la mano de la gloria -fantasmagórica- y decadencia -aún no probada- del Partido Popular. Como el partido al que representaba, Rita Barberá probó las mieles del éxito y acabó delante del juez. Habrá opiniones para todo, sus familiares y allegados pueden honrar su memoria y sus detractores poner puntos sobre las íes, incluso los jueces pueden dictaminar sentencias que le hubieran afectado, pero la institucionalización de los discursos deberían quedar al margen de la batalla política.

Será la gente quien dictamine qué fue o dejó de ser la exalcaldesa de Valencia, y será el tiempo el que otorgue o no, homenajes póstumos. Tanto las alabanzas desmesuradas desde posiciones de privilegio como bailar sobre su tumba, parecen desproporcionado en un momento donde debería prevalecer el respeto.

Hay un mundo ahí afuera lleno de colectivos que ni reciben homenajes ni improperios cuando pierden a alguno de los suyos. Mueren en la más absoluta indiferencia, y son por ellos por quienes deberían trabajar nuestros representantes. A veces, politizarlo todo es precisamente la forma de alejar a la gente de la política.

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Javier López Menacho
Escritor y Social Media Manager. Ha escrito el libro Yo, precario (Libros del Lince, 2013), Hijos del Sur (Tierra de Nadie, 2016) y Juan sin miedo (Alkibla, 2015) y SOS, 25 casos para superar una crisis de reputación digital (UOC editorial, 2018). Ha sido traducido al griego y al alemán. En 2014, creó La Réplica, periodismo incómodo.
Javier López Menacho

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    2 Réplicas

  1. Claudio

    Hay que ser muy ‘valiente’ para escribir un artículo así, en la línea de lo que cuentan los ‘nuevos medios’. Antiguamente el periodismo incómodo era aquel que contaba cosas que nadie más quería revelar, aquel que era capaz de enfrentarse a todos los poderes políticos y mediáticos. A juzgar por su blog, parece que hoy el ‘periodismo incómodo’ consiste en hacerse eco de esas corrientes tan progres y tan bien vistas. ¡Que valiente contar lo que cuenta y del modo que lo cuenta, sabiendo que detrás tendrá toneladas de twitteros y seguidores de lo progre que lo defenderán a uno a muerte!

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