25 de septiembre del 2020
La Réplica La Réplica La Réplica La Réplica La Réplica



Poco a poco, da la sensación de que el mundo recupera una brizna de normalidad. Las mascarillas, que tanto nos impresionaban a principios de marzo o cuando veíamos las imágenes de los habitantes de Wuhan, ahora se han incorporado de una manera orgánica a nuestra rutina. Mascarilla y guantes, el atuendo básico para interaccionar con el comercio o el trabajo. La distancia de seguridad (que algunos se empeñan en llamar, de forma errónea, distancia social) es el nuevo baremo de respeto.

Más allá de las consabidas mutaciones que estamos viviendo en cuanto a lo más básico, resta pensar hasta qué punto también ha sufrido variaciones las capas más profundas de nuestra sociedad: la psicología, el factor humano o las tendencias económicas.

¿Por dónde empezar para que la depresión sea más llevadera?

La cuarentena empezó con el deseo de que pasara lo más rápido posible. El miedo a ese extraño virus nos atenazaba pero confiábamos en que todo pasaría, que como habíamos leído en los libros de Historia la Humanidad se sobreponía a este tipo de catástrofes (si sobrevivimos a la Peste Negra, ¿cómo no vamos a hacerlo al coronavirus en pleno siglo XXI?). Pero los datos crecían sin parar, al igual que nuestro asombro ante lo que nadie nos había avisado ni prevenido, algo ante lo que no sabíamos como reaccionar. El Gobierno nos metía en casa y no sabíamos cuándo saldríamos. Caían los ERTES y ERTOS, del mismo modo que aumentaba la lista de fallecidos e infectados. Pero ante tanta desazón, teníamos que buscar la luz; estábamos obligados a hacerlo.

Desde nuestras casas, se nos envalentonaba a pensar en los nuestros, a echarlos de menos y jurarnos que cuando volviéramos seríamos mejores. Se instauró el homenaje sanitario a las ocho de la tarde, y todos pensamos que una sociedad mejor saldría a la luz del sol. Videochats, mensajes, virales; todo era poco para demostrar la fortaleza del ser humano y el lado más bonito del mismo.

Pasaron los días, descubrimos que se pueden ver todavía más series al mismo tiempo: más horas y sin parar. Volvimos a coger la guitarra. ¡Empezamos a hacer pan! Nos reconciliamos con nuestros hijos, padres o hermanos, con amigos o con el vecino de balcón. Volvíamos a ver películas de nuestra infancia, disfrutábamos de la lectura. Los parados seguían ahí, las familias sin recursos, los muertos, los enfermos aislados; pero desde muchos lados se nos bombardeaba con el lado luminoso. Los medios oscilaban de forma esquizofrénica entre el apocalipsis y el cuquismo. La población, sin saber muy bien qué hacer, intentaba que aquello fuera un punto de inflexión para bien. Replanteamos nuestros objetivos vitales, vimos que con menos también podíamos vivir, que para trabajar quizás no es necesario ir siempre a la oficina.

Pasaron más días. Alguien recriminó al que no salía a las ocho para aplaudir. Se puso la diana al vecino que sacaba al perro más tiempo del que considerábamos respetuoso con los demás; las paredes empezaban a estrecharse y desde el exterior nos pedían más confinamiento. Sólo iban a trabajar los justos y necesarios. Los cantantes de balcón ya no eran tan graciosos, el Resistiré ya nos crispaba los nervios.

Llegaron los primeros paseos tras semanas de estatismo insoportable. Se podía salir a hacer deporte y sacar a los niños, respetando las recomendaciones de sanidad. Millones de ciudadanos salieron a las calles, y la picaresca también: deportistas que nunca lo fueron hacían maratones hasta prácticamente desmayarse en plena calle, paseantes excedían la hora de caminata porque tampoco les iban a decir nada. Algunos hacían deporte, paseaban con los hijos y luego coronaban con el deambular de última hora. El país del Lazarillo, ya se sabe. El vecino que no aplaudía ya estaba fichado, el otro que tenía perro era directamente increpado, aunque después el verdugo no respetara las franjas horarias de salida al exterior.

Entramos en la etapa de desescalada y el principio de la pandemia ya nos parecía otro siglo: esas intenciones, la supuesta catarsis en la que nos encontrábamos se evaporaba. Regresaba el hago lo que creo conveniente, el que cada perro se lama su cipote o el a mí déjame con mis mierdas; la sinergia destapada como una estafa, cediendo en su lugar a la realidad que también había estado encerrada. Los memes hacía tiempo que habían desaparecido de las redes, y la crispación se extendía como una mancha de aceite. Los lamentos triplicaban las alegrías. Llegaban las manifestaciones de la derecha pidiendo libertad, los cayetanos manifestados en descapotables, ciudadanos enojados porque se les pide un poco de empatía con el resto. Se suceden los debates (¿tiene sentido la cuarentena? ¿Las fases?), los berrinches de las comunidades autónomas porque no pasan de pantalla, el baile incomprensible en la cifra de fallecidos, un número convertido en algo tan frívolo que a nadie parece importarle a estas alturas. Ya sólo importa cuándo iremos a la playa o de tapas.

La gente quiere dejar atrás esta pesadilla de primavera. Es lógico, es comprensible e incluso saludable. No obstante, la población debería ser consciente de que toda acción tiene su consecuencia; ahora tal vez vivamos un verano de aparente resurrección sin pensar en el oscuro otoño que parece vislumbrarse, pese a los esfuerzos de la OMS en intentar ganar el discurso de la pandemia en retirada. Ahora lo económico empieza a imponerse por encima de lo saludable, el dinero vuelve a coger las riendas. Los números, que tanto veíamos al principio que no cuadraban, tampoco lo hacen ahora, por muy esperanzadores que parezcan. Nadie nos puede asegurar que aquello que dicen sea cierto. ¿Conveniencia, realidad? El turismo debe ser reactivado y el verano llama a la puerta. Dos más dos. Tenemos ante nuestras narices un cuadro definido, pero hay que mirar también el marco. Y la sala en la que se expone el cuadro. Ver el bosque más allá del árbol.

¿Qué hemos aprendido de todo esto? De momento poca cosa, más bien constatar lo que ya sabíamos. El ser humano está limitado por su mortalidad y por ello su noción del tiempo se acorta: lo que pasó hace pocas semanas ya queda lejos, y lo que puede llegar en unos meses nos suena a cuento inventado. También el espacio lo domina de manera muy poco eficiente: lo que pasa muy lejos no me interesa, mientras no me ocurra a mí no debo preocuparme. El escepticismo (del que yo mismo fui un claro exponente allá por principios de febrero) todavía sigue arraigado con fuerza en mucha gente. Creo que al final todo ha sido un cuento, dirán. Pero todo cuento tiene su moraleja, y todavía estamos a tiempo de descubrirla antes de que sea demasiado tarde.

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Alejandro F. Orradre

Escritor || Jedi frustrado || Reseño mis lecturas en elfindeltsundoku.wordpress.com || Colaboro en @murraymagazine y @hablandoconletr
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