30 de marzo del 2020
La Réplica La Réplica La Réplica La Réplica La Réplica



Nos acercamos peligrosamente al punto de no retorno. Entraremos en la fase de cambio climático brusco en pocas décadas si no reducimos las emisiones de gases de efecto invernadero (GEI) un 50% en 2030 y un 100% en 2050.

Es decir, si todo continúa como hasta ahora (escenario de business as usual) llegará un momento, en la segunda mitad de este Siglo XXI, en el que la atmósfera terrestre se calentará a si misma por la puesta en marcha de numerosos y potentes bucles de retroalimentación positiva que inyectarán GEI sin la participación del ser humano. El cambio climático brusco tendría como resultado un planeta mucho más inhóspito para la mayoría de la población y la biodiversidad. Las consecuencias de este cambio climático brusco se dejarían sentir en nuestro planeta durante siglos. El Antropoceno, la nueva era geológica en la que nos encontramos por la intervención antrópica, se convertiría en una distopía para la mayoría. Una distopía con cada vez con más frecuentes e intensas olas de calor, inundaciones, huracanes, sequías, desertización, migraciones forzadas, enfermedades, etc. El inicio de la realización de esta distopía ya lo estamos viviendo, especialmente la gente con menos poder adquisitivo y quienes viven en países empobrecidos.

En este contexto realista (que no alarmista, ni catastrofista) y de horizontes distópicos, ¿quién puede frenar el cambio climático? ¿Y cómo hacerlo?

Los gobiernos no frenarán el cambio climático

La experiencia de las últimas décadas nos demuestra que los gobiernos no van a parar el calentamiento global. El primer movimiento de los “líderes internacionales” fue el Protocolo de Kioto, un acuerdo meramente simbólico y totalmente insuficiente (reducir el 5 % de emisiones de GEI en 2008-2012 en comparación con 1990). Desde entonces, los gobiernos no hicieron nada para reducir las emisiones de GEI hasta llegar al Acuerdo de París en 2015-2016. De hecho, las emisiones globales siguieron aumentando un 1-3% anual. En Acuerdo de París es totalmente insuficiente para frenar el cambio climático. Para empezar, sus compromisos de reducción de emisiones son insuficientes. Además, el Acuerdo de París no es de obligado cumplimiento, Estados Unidos (el segundo país que más contamina y el primero per cápita) ya anunciado que se retira, y la mayoría de países firmantes no están tomando las medidas necesarias.

Los gobiernos están, principalmente, al servicio de los grandes capitales de sus respectivos países y bloques económicos. Los partidos en gobierno se deben a quienes financian sus campañas electorales. Las puertas giratorias entre gobiernos y consejos de administración son un magnífico ejemplo de las estrechas relaciones entre el poder político institucional y los intereses capitalistas. Ningún gobierno quiere ser el primero que frene si eso significa que sus empresas perderán competitividad.

Cambiemos de sistema y no de clima

Los gobiernos actuales apuestan, en el mejor de los casos, por políticas eco-capitalistas. Es decir, siguen apoyando el crecimiento continuo y acelerado del sistema productivo. Un crecimiento exponencial que devora nuestro entorno. Ningún sistema puede crecer indefinidamente en un contexto con unos límites bio-físicos definidos. El capitalismo, con su crecimiento continuo y acelerado (fruto de la competencia) es como un cáncer para el planeta Tierra. Pintar de verde un cáncer no evita que acabe matando.

Para frenar el cambio climático a tiempo hay que dejar muchos combustibles fósiles (carbón, petróleo y gas) bajo tierra. Esta medida nos da una idea de que solo se podrá frenar el calentamiento global desde posturas radicales (que vayan a la raíz del problema). Si se quiere salvar el clima hay que hacerlo desde posiciones anti-sistema. Pensar que es posible el desarrollo sostenible (que las generaciones futuras disfruten de un ambiente, al menos, como el que tenemos ahora) bajo el capitalismo es engañarse a una misma. El cambio climático es el ejemplo paradigmático de la crisis ecológica global actual, integrada por multitud de problemáticas socio-ambientales (sobre-pesca, deforestación, Sexta Gran Extinción de biodiversidad, contaminación de suelos y aguas, etc.). No solo hay que frenar el calentamiento global, hay que acabar con la crisis ecológica y esto no es posible en un contexto de crecimiento continuo y acelerado del sistema socio-económico.

La gente trabajadora por el clima

Si los gobiernos actuales no van a poner en duda el sistema capitalista al que se deben, solo la gente trabajadora, los y las pequeñas agricultoras, y los pueblos indígenas podemos frenar el calentamiento global. Pero, ¿cómo hacerlo?

Lo primero que tenemos que hacer es reconocer la importancia y las limitaciones de la estrategia de consumo responsable. En nuestros hogares, consumimos el 10% del agua, el 10% de la energía y generamos el 10% de los residuos. Los automóviles privados son responsables de cerca del 15% de las emisiones de GEI globales. Por lo tanto, con nuestro consumo responsable podemos reducir emisiones de GEI pero dentro de unos límites.

Por lo tanto, al consumo responsable colectivo tenemos que sumarle otras acciones si realmente queremos frenar el cambio climático: tenemos que movilizarnos políticamente en las calles y centros de trabajo. En este sentido, cada vez son más frecuentes y numerosas las manifestaciones y las acciones de desobediencia civil por el clima. A estas movilizaciones, tenemos que sumarles huelgas que paralicen la economía para forzar a los gobiernos a tomar medidas de mitigación contundentes y, cuando sea posible, echar a las castas gubernamentales para que gobernemos la gente desde abajo. Las prohibiciones verdes (green bans, en inglés) son un gran ejemplo de cómo luchar desde los centros de trabajo por nuestro entorno.

El cambio climático es un catalizador de conflictos sociales. La gente nos movilizamos cuando sufrimos directamente las consecuencias del calentamiento global, como la subida del precio de los alimentos o los recortes en sanidad pública cuando más la necesitamos. Estas movilizaciones espontáneas de la gente trabajadora deben encontrar una guía para sus luchas en un movimiento internacional por el clima basado en la colaboración estrecha entre el movimiento ecologista (incluyendo #FridaysForFuture y #ExtinctionRebellion) y el movimiento de los y las trabajadoras. Estas redes de lucha nos servirán también para adaptarnos a las consecuencias del cambio climático democráticamente y con justicia socio-climática.

Estamos en un punto de inflexión histórico. Podemos perder nuestro clima, nuestra salud y muchos de nuestros derechos y libertades o podemos ganar un futuro mucho mejor social y ambientalmente. El cambio climático nos pone frente al espejo y depende de nosotras, colectivamente, la imagen que veamos.

La fotografía apareció en EITB.

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Profesor de Ecología, delegado del S.A.T. en la Universidad de Sevilla. Activista en Marx21.
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