23 de mayo del 2019
La Réplica La Réplica La Réplica La Réplica La Réplica



Recuerdo que hace unos años, mi mujer y yo íbamos en un tren de cercanías de Madrid a Móstoles a visitar a un familiar. En unos asientos cercanos viajaba una pareja de mediana edad, que nos observaba con cierto descaro. Nosotros conversábamos de nuestras cosas distraídos hasta que, a la vista de su persistente atención hacia nosotros, los miramos como pidiéndoles explicación, y nos dijeron: “Sigan ustedes hablando, que nos gusta escuchar su forma de dialogar, la musicalidad de sus expresiones, el vocabulario tan curioso que emplean…”. Acabamos riendo de la ocurrencia y, en esos momentos, nos sentimos orgullosos de nuestra lengua andaluza.

También recuerdo la otra cara, cuando en la escuela se nos prohibía el uso de nuestra habla, sobre todo en el uso de la escritura. Cuando de jóvenes en las redacciones que nos mandaban escribir, nosotros escribíamos tal y como hablábamos en la calle, en nuestra casa y con nuestros amigos, y el maestro se enfadaba porque nuestro español era de pena, según apostillaba. Teníamos que expresarnos y, por supuesto, escribir en un castellano de Valladolid, porque nuestra habla andaluza la consideraba como algo cutre, de dicción bajuna que había que corregir antes que nos contagiásemos de su tono plebeyo. En la escuela nunca se nos enseñaba el habla andaluza a los alumnos, solo se nos corregía y siempre acabamos suspendiendo la lengua si no nos expresábamos y escribíamos como autentico hidalgos castellanos.

Un ejemplo que viene del proyecto Hablo Andalu, iniciativa de Francisco Domingo Gancedo.

 

El andaluz ha sido explotado en los sainetes y ese tipo de cine divertido que hacía reír, como si fuera un lenguaje de segunda o tercera división, destinado a hacer gracia y poco más; pero pocas veces se tiene en cuenta su musicalidad, la riqueza de su vocabulario, el doble sentido que muchas expresiones tiene y que denota una riqueza de dicción indudable, y la imaginación de un pueblo que ha sufrido mucho siempre pero ha sabido sacar mucha sabiduría de su postración (un ejemplo paradigmático es el Carnaval de Cádiz).

Hace un tiempo estuvo en el Ateneo de Jerez, Francisco García Duarte, para hablar de su libro “La Literatura en Andaluz” que presenta una antología con casi un centenar de autores desde el siglo XVIII que han recurrido al andaluz en sus obras. Frente a quienes se refieren al andaluz como “un castellano mal hablado”, cuenta “con un extenso corpus de textos escritos, en los que quedan plasmadas gráficamente las características  morfológicas, fonéticas, sintácticas, léxicas… del andaluz”. Es verdad que se trata de un habla que no está reglamentada ni, por tanto, normativizada en forma de gramática propia; pero ello no impide que tenga sus características peculiares que le dan su personalidad y su encanto y que consta con su jerga propia llena de riqueza en la dicción, de musicalidad en la tonalidad empleada, de imaginación en el invento de palabras y frases que reflejan la idiosincrasia de una pueblo vivo que se expresa con el habla y con el cante flamenco de una forma peculiar pero siempre rico y lleno de imaginación.

Hubo un tiempo en que el habla andaluza estuvo de moda en la representación de comedias, sainetes y zarzuelas… donde los personajes hacían gracietas y encarnaban tipos un tanto tópicos, llamados a hacer reír a los espectadores. Pero también han existido autores que han empleado el andaluz en la poesía como el almeriense Álvarez de Sotomayor o como Juan Ramón Jiménez en muchas de las escenas de su “Platero y Yo”. Pero “el lenguaje andaluz –en opinión de Francisco García, presidente del ZEA asociación que se dedica al estudio del andaluz y su cultura- no tiene el prestigio social que merece. Tenemos ejemplos clarísimos en nuestros medios de comunicación, donde a pesar de que haya un libro de estilo que defienda nuestro lenguaje, al final a los locutores o periodistas se les pide que se hable en un correcto castellano, contradiciendo lo que dice el Estatuto de Andalucía donde se recomienda su uso. No hay voluntad política  en usar y prestigiar nuestro habla”. Y quizás ello se podría hacer a través de Canal Sur –añado yo.

Celebro que los catalanes hablen y escriban en catalán, los vascos en vascuence, los gallegos en su galaico… ¿por qué los andaluces no podemos usar con orgullo nuestro habla, aunque no esté normalizada ni lleguemos a considerarla como idioma ni dialecto ni nada parecido, sino solo como una forma peculiar y propia de expresarnos los andaluces que añade riqueza al castellano? Al fin y al cabo, somos la Comunidad más extensa y de mayor número de habitantes, y merecemos que, al menos, se potenciara nuestra forma de hablar y de expresarnos con la misma generosidad con que se hace en otros lugares de nuestra geografía hispana.

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Emilio López Pizarro

Jubilado. Fue periodista durante una breve temporada y funcionario público casi toda la vida. Hombre de bien. Es progenitor de los creadores de La Réplica.
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