20 de julio del 2019
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El pasado miércoles 25 de febrero se hacía oficial y público, a través del Boletín Oficial del Estado, el nuevo currículo adaptado a la LOMCE de la asignatura de Religión Católica para los niveles de Primaria, Secundaria y Bachillerato. Las inmediatas críticas suscitadas demuestran que esto no ha sido sino el último episodio de una historia polémica que colea desde la transición, otra cuestión más que no se solucionó en su momento más que como una concesión indefinida a la Iglesia católica española.

La polémica en torno a cómo encajar la enseñanza de la religión —y cómo enfocarla— en un sistema de educación pública y supuestamente laico parte de una base inamovible: los acuerdos firmados en 1979 con la Santa Sede otorgan a la Iglesia la confección de los currículos de la asignatura de Religión católica y la designación de sus docentes. Dicho a las claras, tenemos a una institución privada imponiendo en la escuela pública contenidos y profesores que no tienen que aprobar unas oposiciones y que pueden ser despedidos por casarse con un divorciado. Desde entonces hasta ahora el PSOE ha puesto sobre la mesa en varias ocasiones la necesidad de modificar o revocar esos acuerdos, pero a la hora de la verdad, cuando ha gobernado, nunca ha querido concretar nada en firme.

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El nuevo plan de enseñanza de la religión contradice la constitución.

 

Con esa base tan sólida, es natural que las autoridades religiosas se sientan fuertes. La enseñanza de la religión ha sido un arma arrojadiza y un elemento de tensión y negociación: una moneda de cambio, que es, precisamente, lo que la educación de los y las menores de edad nunca debería ser. En lo esencial, sin embargo, la naturaleza de la asignatura no ha cambiado: sigue siendo de libre elección en los centros públicos, que están obligados a ofrecer una alternativa laica, Valores cívicos. Hay que decir, no obstante, que la asignatura vuelve a computar en la media del curso con la nueva reforma educativa, lo que nos devuelve a los tiempos de la EGB pre años noventa.

Cuando yo estudié EGB y BUP, la asignatura de Religión no era obligatoria pero sí solía escogerse por pura inercia. En mi colegio, un concertado no religioso, los alumnos que escogían la alternativa, Ética, no eran más de tres o cuatro de un total de cuarenta (sí: cuarenta por clase. Viva la concertada), y tenían razones religiosas para no cursar Religión católica. Desde que tengo uso de razón soy ateo, pero decidí seguir escogiendo cada año esa materia porque la alternativa era, básicamente, no hacer nada durante una hora. Además, me interesaba conocer la doctrina de la Iglesia y su historia para saber qué estaba rechazando exactamente. Y cuando crecí y fui al instituto, volví a escogerla durante los tres años de BUP porque tomé conciencia de que es una parte esencial de nuestra cultura y nuestro pensamiento. En once años de Religión católica tuve muchos profesores diferentes (los dos últimos, sacerdotes) y jamás hubo oración de ningún tipo en el aula, ni se me evaluó o puntuó en la asignatura en función de mis creencias. Nunca nadie me exigió como condición sine qua non para pasar de curso que manifestara mi fe en el dios cristiano y lo reconociera como creador del mundo.

En Dosisdiarias.com se satirizó así el tema.

En Dosisdiarias.com se satirizó así el tema.

Con el nuevo currículo en la mano, sin embargo, se encuentran aspectos preocupantes. En el texto que preludia el currículo de Primaria ya leemos que «La enseñanza de la religión católica en los centros escolares ayudará a los estudiantes a ensanchar los espacios de la racionalidad y adoptar una actitud de apertura al sentido religioso de la vida, sea cual sea su manifestación concreta». No es un objetivo que deje mucho espacio a la libre elección del individuo, pero peor aún es leer que «El primer bloque parte de los datos más evidentes: la constatación de la realidad de las cosas y los seres vivos, de modo especial el hombre. Se nos impone su existencia como dato evidente. (…) si la persona no se queda en el primer impacto o simple constatación de su existencia, tiene que reconocer que las cosas, los animales y el ser humano no se dan el ser a sí mismos. Luego Otro los hace ser, los llama a la vida y se la mantiene. Por ello, la realidad en cuanto tal es signo de Dios, habla de Su existencia». «Tiene que reconocer»: perífrasis verbal de obligación.

Más polémica aún me parece la inclusión de la oración en 1.º y 2.º de Primaria. Se hace de tapadillo, sin mencionar las palabras «oración» o «rezo» —lo cual, pienso, oculta cierta conciencia de estar llegando demasiado lejos—, pero está ahí. En 1.º leemos, en el apartado de estándares de aprendizaje evaluables: «Memoriza y reproduce fórmulas sencillas de petición y agradecimiento». Y en el mismo apartado de 2.º: «Expresa, oral y gestualmente, de forma sencilla, la gratitud a Dios por su amistad». «Expresar oral y gestualmente la gratitud a Dios» resulta un eufemismo muy divertido. Entre los contenidos y y criterios de evaluación de 6.º curso se afirma una idea que ha indignado a muchos pero que no es nada sorprendente en tanto que es parte de la base de la religión cristiana: la imposibilidad del ser humano para ser feliz… si no recurre a Dios.

Manel Fontdevilla trata el tema de la religión habitualmente en El Diario.es

Manel Fontdevilla trata el tema de la religión habitualmente en El Diario.es

Podría seguir analizando los contenidos más controvertidos o inaceptables, pero no es el objeto de este artículo. A pesar de que es cierto que muchos puntos son expositivos y su enfoque queda al arbitrio del docente, la afirmación que se hace en su preámbulo acerca de que el currículo está «lejos de una finalidad catequética o de adoctrinamiento», lo cierto es que más que nunca la asignatura de Religión católica es, en gran medida, pura catequesis. No puede calificarse de otro modo una asignatura que no exige, para ser aprobada, la comprensión de unos conocimientos y contenidos, sino también el reconocimiento de unos dogmas y su puesta en práctica. Con este currículo en la mano, si se aplica estrictamente los alumnos ateos no podrían aprobar. Tampoco podrían hacerlo si se negaran a orar, por ejemplo.

Para solucionar esta cuestión que persiste en la educación pública desde hace ya treinta y seis años, no hay otra manera que volver a la base y replantear por completo su encaje en un sistema educativo moderno, laico y aconfesional. Las últimas modificaciones pueden indignarnos con razón, pero el verdadero problema reside en que la legislación deposita en manos de la propia Iglesia todo lo relativo a la asignatura de la Religión católica, y por tanto la moderación de sus contenidos dependerá, únicamente, de su voluntad, o la de cada docente en particular. En un momento de claro retroceso de la militancia de la sociedad en las religiones organizadas (como de hecho demuestran los datos del alumnado que escoge la asignatura en los diferentes niveles), la Iglesia española ha redoblado sus esfuerzos, en ocasiones con una actitud agresiva. Tras la guerra civil, fue suya, casi en exclusiva, la labor de educar a los niños y niñas españolas. Era uno de sus principales poderes y uno de sus más poderosos púlpitos para imponer su doctrina. Los acuerdos del 79 fueron una compensación más de tantas que el proceso democratizador tuvo que conceder a un poder hostil al mismo, incluso, paradoja, aunque en los últimos años de vida del dictador se enfrentó directamente a él, con el cardenal Tarancón a la cabeza. Pero como sucede con tantas otras cuestiones, pienso que hoy, casi cuatro décadas después de aquel proceso de cambio, es hora de dejar que el miedo de entonces nos impida avanzar hoy. Aquellos acuerdos, al igual que el concordato con la Santa Sede que venían a modificar, no tienen sentido en la España actual.

Numerosas asociaciones han surgido en contra del tratamiento del gobierno a la religión en las escuelas.

Numerosas asociaciones han surgido después del tratamiento por parte del gobierno a la religión en las escuelas.

Todo esto no significa que piense que la religión no tenga cabida en las aulas de la escuela pública. En esencia sigo pensando como cuando era adolescente y escogí cursar la asignatura: es una parte importante de nuestra cultura y no puede ser ignorada. Los ateos y agnósticos, más que nadie, deberíamos preocuparnos por conocer en profundidad la materia. Pero, desde luego, pienso que habría que reformular por completo la cuestión y convertirla, en primer lugar, en una asignatura normalizada, cuyos contenidos y docentes se determinen siguiendo los cauces de cualquier otra asignatura. Dicho de otro modo: la Iglesia no puede ser la responsable de escoger todo esto de acuerdo a sus propios intereses. La asignatura de Religión no debería llevar la apostilla de «católica», y debería orientarse no desde el punto de vista del creyente, sino desde uno laico y crítico, que no marginara a ninguna religión, prestara equitativa atención a todas ellas y ofreciera formación sin adoctrinamiento. Lo mismo que debemos exigir a cualquier otra materia, ni más ni menos. Y si eliminamos el catecismo de la ecuación, por supuesto, no tiene sentido alguno que sean los organismos eclesiásticos los que manejen la materia.

Una propuesta razonable podría ser una asignatura de Historia de las religiones cursable en Bachillerato, que atendiera a los valores científicos propios de una sociedad laica e inclusiva. Las cuestiones espirituales y metafísicas pienso que deben tener también cabida en el currículo de Primaria y Secundaria, en tanto que plantean preguntas que todo ser humano se hará a lo largo de su vida. Pero pueden encuadrarse en una asignatura más amplia que atienda a contenidos culturales y de valores, que sirva para plantear esas cuestiones trascendentes sin sesgo previo, sin la preponderancia y control de un solo credo. Eso sería lo deseable.

Lo contrario, la apertura de la escuela pública a la doctrina de otras religiones, permitirles controlar sus propias asignaturas como hace la Iglesia católica con la suya (como de hecho ya pasa con la religión islámica, que tiene su propio currículo), me parece un tremendo error. Es ahondar en un modelo equivocado que otorga poder sobre la educación y la formación de los alumnos a entidades privadas con intereses propios. Esa manera de enseñar el hecho religioso debería desaparecer. Tenemos que plantearnos si es lógico que la educación pública dé cabida a currículos que contradicen, por ejemplo, los conocimientos más básicos de geología, química o física al afirmar —y exigir al alumno que así lo crea— que el mundo fue creado por Dios en los términos que detalla la Biblia. O si tiene sentido que a estas alturas se tolere la imposición de dogmas sin estimular el pensamiento crítico del alumnado. La no obligatoriedad de la asignatura no sirve como argumento para dejar las cosas como están. La pagamos todos, y todos somos responsables de los contenidos que oferta la escuela pública, que van más allá de un libro de texto y tienen que ver también con los valores que como sociedad queremos tener. Si el carácter optativo de una asignatura debiera frenar cualquier crítica o debate en torno a su existencia, entonces, adelante: que ofrezcan asignaturas promulgando las virtudes de la homeopatía o la astrología, o una que glose las virtudes de la buena esposa tradicional. No, el debate no puede ser ése. La catequesis sólo debería tener espacio en los templos, y determinadas actitudes no son compatibles con la educación pública laica. El hecho de que en España persistan esas contradicciones es sólo una demostración más de que la transición es un proceso que todavía está por cerrar.

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Gerardo Vilches (Madrid, 1980) es crítico de cómics y licenciado en Historia por la Universidad Complutense de Madrid. Actualmente trabaja en su tesis doctoral sobre revistas satíricas de la transición. En 2014 ha publicado "Breve historia del cómic" en la editorial Nowtilus.
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    7 Réplicas

  1. Atenagoras

    Creo que el tema de la religión católica en la escuela lleva tiempo pidiendo una revisión. Parece que se le tiene miedo a la Iglesia Oficial, cuando hay muchos católicos que andan pidiendo esta revisión hace tiempo. El sitio de la catequesis está en la parroquia -dicen con toda razón- y, a lo más que podría aspirarse en la escuela es a impartir una materia con contenidos de Historia de las Religiones para que los alumnos conocieran el hecho religioso como un elemento importante en la cultura humana. Nada más y nada menos. Lo demás es seguir fomentando una postura hipócrita y desfasada en un estado laico, que hasta ahora ningún gobernante ha sido capaz de desenmascarar. Lo cierto que esta actitud está haciendo un gran mal a quienes se sienten cristianos de verdad y están hartos de las imposiciones y ejercicios de poder de la jerarquía eclesisastica

  2. Gerardo Vilches

    Gracias por tu comentario. Como dices, hay muchos cristianos y católicos que están de acuerdo con este planteamiento, porque entienden que, como sucede en otros estados, si quieren que sus hijos e hijas reciban catequesis la escuela no es el lugar para ello.

  3. Pingback: Religión y escuela pública: un conflicto de valores. | The Watcher and the Tower

  4. Pingback: Ni la religión en las aulas, ni las aulas en los templos

  5. Manuel Cruz

    Esta verborrea anti-religión es como la verborrea anti-educación para la ciudadanía. Con la salvedad que educación para la ciudadanía buscaba imponer la ideología de la minoría sobre la mayoría de la sociedad, lo cual me parece objetivamente peor.

    Sin embargo, yo no critico a la LOGSE/ESO por eso, yo la criticaba porque inculcaba la mentalidad del fracaso, de la vagancia, del victimismo, de la envidia, la vanidad, el hedonismo, la dependencia, la pasividad, y la subvención. Es la mentalidad que estanca a las sociedades y las relega al tercer plano, la del inútil envidioso que siempre está enfadado con el éxito de los demás y que se tiene que inventar patriarcados o confabulaciones para explicar su falta de progreso. El postmodernismo buenista que te lava el cerebro para que no diferencies al lobo del cordero, y te deja sin defensas ante embaucadores, estafadores, y delincuentes. Una ideología que te convierte en un irresponsable y un inútil completo cuyos esquemas mentales viven totalmente despegados de la realidad, y que ha sido desprovisto a propósito de todos los valores que sirve para reforzar las comunidades y las hacen fuertes contra la adversidad.

    La casta izquierdista/atea que quiere inculcar esa basura en la población, no la quiere para sus hijos, a la que lleva a colegios religiosos caros. La mediocridad es para el pueblo, para hacerlo dependiente, como el ganado domesticado, que si se escapara de la granja se moriría de hambre porque no sabe subsistir por su cuenta.

    A mí me parece bien que haya escuelas ateas para que el que quiera esa basura para sus hijos la pueda tener, de hecho en la educación pública la imparten gratis. Es la educación religiosa en centros privados y concertados la que cuesta una pasta, y todo el que puede, políticos «ateos» socialistas incluidos, está dispuesta a pagarla. De hecho, son tanta gente que no dan abasto, los colegios concertados no tienen capacidad para tanta solicitud. Si tus hijos no van a ellas, se arriesgan a tener que estudiar junto a salvajes maleducados delincuentes, niños y niñas cuyos progenitores no educaron en valores como el amor a los demás, o el paraíso para los que se portan bien.

    Es una pena, que los ateos envidiosos del éxito y del prestigio de las escuelas religiosas, reaccionen queriendo eliminar los concertados y retirando la religión de las aulas. ¿No defienden supuestamente la tolerancia, no creen que es bueno que haya variedad de opciones ? ¿Por qué ese empeño, ese afán tiránico por privar a los pobres de acceder a unas enseñanzas que de verdad influyen en su éxito y en su integración con la sociedad?

    En esa España «carca y religiosa» la gente podía dejarse abierta la puerta de su casa, prueba a hacer esto mismo tras años de avances sociales.

    En su soberbia, porque hay que ser soberbio para ponerse por encima de Dios, están tan convencidos de que su postura es la correcta, que no pueden dejarla que compita en igualdad de condiciones con las demás, dejar que la selección natural haga lo suyo, tienen que imponerla e impedir que la religión conduzca las naciones. Pues a mi entender, todas las naciones nacieron de la religión, y es precisamente el descreimiento el que hace que sus sociedades se desmoronen y se destruyan.

    Observen la historia de España cuando la gobiernan ateos, guerracivilismo y ruina, como la que nos dejó Zapatero, como la de la II República. Yo les digo que no es casualidad. Ser ateo no te hace mejor persona ni más listo, pero sí te hace soberbio. Y como la religión bien identifica, la soberbia (orgullo) es el mayor pecado que puede cometer un hombre. Es importantísimo conocer los 7 pecados capitales, porque son las debilidades que arrastran a un hombre a actuar en su propio perjuicio.

  6. juan

    La enseñanza religiosa es de libre eleccion y yo quiero que mi hijo la de en la escuela. Tu no. Los dos tenemos lo que queremos.
    Y mirate los datos en toda europa se estudia educacion religiosa, salvo Francia y no en toda.
    Ya vale de imponer, libertad para todos.Y perdona..somos un estado acondesional, No laico.

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