15 de octubre del 2019
La Réplica La Réplica La Réplica La Réplica La Réplica



Os voy a hablar de un concepto muy ilustrativo llamado «Schadenfreude» (se pronuncia «sadem froid»). Esta palabra alemana define el placer que se siente cuando otra persona se derrumba. Específicamente, el sentimiento de alegría o satisfacción que genera la infelicidad, sufrimiento o humillación de otro. En nuestro idioma se podría usar el término de regodeo o, más generalmente, sadismo, si bien el schadenfreude tiene connotaciones más sutiles y más inquietantes.

Aparecería en situaciones en las que nos alegramos ante el fracaso de otra persona y esa expresión de alegría puede darse a varios niveles:

1) A un nivel íntimo (de manera privada): Cuando vemos a alguien conocido que está pasando o ha pasado por una situación negativa y nos alegramos en nuestro interior sin comunicarle ese sentimiento a nadie.

2) A un nivel público: Cuando hacemos escarnio público hacia una tercera persona, esté presente o no. 
2a) Si no está presente, sería la típica situación en la que criticamos o nos reímos de alguien a sus espaldas. En este caso no se provoca el mal de la víctima, simplemente nos reímos de algo malo que le ha ocurrido. 
2b) Si está presente, sería la situación coloquialmente llamada como caneo (de «canear», esto es, «dar caña») a alguien. Esto es, ridiculizar o menospreciar a alguien que está presente (normalmente con la connivencia del grupo) con la intención´de humillarla y reírnos de ella. En este caso sí que somos nosotros los que provocamos el sentimiento negativo en la víctima, que a su vez seguiremos usando para continuar riéndonos de ella y poniéndola en evidencia ante el grupo (que también suele participar del escarnio o las risas). Cuanto más se ofenda la víctima mejor, porque más motivo nos dará para continuar usándola como blanco de nuestros dardos. Normalmente a esta última situación le solemos quitar importancia, justificándonos que estábamos de broma. Pero el daño a la víctima y el ataque a su autoestima ya está hecho.

imagen icónica del troll de Internet

Es precisamente el anonimato el que facilita el comportamiento del troll, ya que esto sería imposible de obtener en interacciones cara a cara (probablemente porque se la partirían). Un ejemplo típico de conducta troll sería aquella en la que, por ejemplo, una persona twittea su pena por la muerte de su padre y un desconocido troll comienza a responderle con mensajes del tipo «Tu padre está en el infierno». Un caso real es el de una chica que fue violada y asesinada. Su familia publicó una web homenaje y aparecieron varios trolls que inundaron la web con mensajes del tipo «Ese es el precio que tuvo que pagar por ir vestida como una puta» o «Satanás se la está tirando ahora en el infierno». Maldad en estad puro, ¿verdad?

Una situación especial sería cuando alguien utiliza el dolor ajeno para hacer escarnio de él, amparándose en el anonimato. Un ejemplo prototípico de esta situación sería la de los llamados «trolls» de Internet. Son aquellos usuarios de Internet que utilizan las redes sociales para, desde dicho anonimato, provocar, acosar, ofender o amenazar a cualquiera que se les antoje. Dedican gran parte de su tiempo a atacar a alguien haciéndole la vida imposible. Cuanto más daño provocan en sus víctimas más placer obtienen, porque lo que busca un troll son los llamados «lulz» (risas): divertirse y entretenerse a costa de los demás. Además, cuanta mayor sea la reacción en contra, más «lulz» obtienen. Así, aquellas víctimas que ante el ataque de un troll se acaloran, lloran, gesticulan o se defienden respondiéndoles o insultándoles son llamadas por los trolls «vacas de lulz». Y si el grupo se pone de parte de la víctima y ataca e insulta a troll, más placer obtiene éste último ya que es precisamente eso lo que busca: exasperar al mayor número de personas y provocar una reacción masiva de desasosiego general. Es su perversa forma de entretenerse.

Pues bien, os podrá parecer increíble, pero se ha comprobado científicamente que sentir placer por el sufrimiento de los demás es una características que, hasta cierto punto, todos manifestamos y, de igual modo, se ha comprobado que menospreciar a alguien puede hacer que nos sintamos mejor. Esto nos lleva a la noción de que todos podemos ser potencialmente un troll. Todo el mundo hemos hecho comentarios negativos sobre otra persona a sus espaldas o nos hemos metido en grupo con un tercero, lo que no dejaría se de ser un trolleo a pequeña escala, con el schadenfreude que vendría asociado. Como ya he mencionado en otros escritos, los experimentos de Milgram y Zimbardo demostraron en los años 60 y 70 que potencialmente todos podemos ser buenos o malos, ángeles o demonios, dependiendo de factores como el contexto, el grupo de referencia y la autoridad a la que estemos sometidos. A estos factores se le añadiría el del anonimato.

foto: Emilio Naranjo (EFE)

Un estudio de la universidad de Winnipeg, llegó a la conclusión de que las personas que muestran un mayor schadenfreude (como sería el caso de los trolls más dañinos) tienden a mostrar 4 rasgos negativos de personalidad:

1) Narcisismo: Admiración excesiva por uno mismo y afán de grandeza y protagonismo. Estar convencido de que somos mejores que los demás. 
2) Maquiavelismo: Afán de causar daños estratégicos que nos beneficien.
3) Psicopatía: Indiferencia o falta de empatía ante el sufrimiento ajeno.
4) Sadismo: Sería el rasgo que en mayor medida se presenta. Es el disfrute por el dolor de otro ya que dicho sufrimiento nos resulta placentero. Es el rasgo más relacionado con el schadenfreude.

Una persona puede tener algunos de estos rasgos más señalados que otros, pero algunos pueden mostrar altos niveles en todos ellos. Son los verdaderos malvados. Y una cosa a tener en cuenta es que no es necesario padecer de una patología mental para comportarse malvadamente. La maldad puede estar asociada a un trastornos mental, pero esto no tiene por qué ser una condición necesaria. Simplemente hay personas que disfrutan haciendo el mal sin estar locos.

¿Cuál es la mejor forma de actuar ante un ataque o trolleo? Muy fácil. Ignorarlos. Al fin y al cabo un troll o una persona que te humilla o canea en público va buscando tu reacción. Se alimenta de ella. No le des lo que quiere. No te conviertas en una «vaca de lulz». Si es un acoso por internet, bloquea a esa persona y, si insiste, denúnciala. Si es un ataque o caneo publico no hagas caso, no entres en el juego, no te indignes, no te enfades, no muestres tristeza, tan sólo sonríe y vete. Un monstruo que fagocita dolor y humillación se muere si no le das su comida. Y la comida son tus reacciones desmedidas, aunque tengas razón.

Para terminar, no puedo dejar de hablar de aquellas situaciones en las que nosotros mismos formamos parte de un grupo que termina trolleando a una persona por el simple hecho de expresar una opinión que difiere de la de la mayoría. Estoy hablando de la humillación pública de la que podemos llegar a formar parte ante alguien que, haciendo uso de su libertad de expresión, diga algo que no sea social o políticamente correcto. El mundo actual está lleno de ejemplos de personas que, por ejemplo, han twitteado un chiste de mal gusto e inmediatamente se han convertido en el punto de mira de insultos y escarnio público. Escarnio en el que tal vez muchos de nosotros hemos participado.

Es por eso por lo que deberíamos mirarnos al espejo y valorar cuánto de troll hay en nuestro interior y cuántas veces hemos disfrutado provocando gratuitamente dolor en los demás.

Para saber más: 
Buckels, E. E., Trapnell, P. D., & Paulhus, D. L. (2014). Trolls just want to have fun. Personality and Individual Differences, 67, 97-102.

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Antonio Romero

Doctor en Psicología por la Universidad de Sevilla. Profesor en el departamento de Psicología de la Universidad de Cádiz. Es autor y coautor de diversos libros académicos, a destacar “Psicoterapia” (Absalon ediciones, 2010) y Psicología del ciclo vital: desajustes y conflictos (El gato rojo, 2012), así como de diferentes artículos en revistas especializadas.
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