23 de febrero del 2020
La Réplica La Réplica La Réplica La Réplica La Réplica



Hay una escena en ‘Los Lunes al sol’, la película de Fernando León de Aranoa. Están en el bar. Uno de los que se apoya en la barra asegura que “trabajo hay para quien quiera”, que como ejemplo el local en el que están, que abrió el camarero con el dinero del finiquito cuando cerraron los Astilleros. Sigue con el discurso liberal interiorizado por la gente más humilde y concluye: “Si a mí me ponen las copas más baratas en el bar de enfrente, yo me voy para el bar de enfrente”.

Santa (Javier Bardem), protagonista de la película, responde: “Llevo tres años viniendo a este bar y yo no me voy ni aunque me pongan las copas gratis en el bar de enfrente”.

La historia de esta panadería es la misma. La historia obrera. Nuestra historia. Desindustrialización, cierre de fábrica, división, indemnización y sálvese quien pueda. Algunos abrieron una panadería, otros un bar, los menos encontraron un trabajo y la mayoría se quedó con una mano delante y otra detrás; con un subsidio que se evaporó a los pocos años y tachados de privilegiados. Como si privilegiado pudiera ser alguien al que echan de la fábrica, que no se marcha, sino que lo expulsan. Todo bajo el prisma de la competitividad, que si Polonia es más barata, y a una edad en la que es pronto para jubilarse y tarde para reconstruir la vida. A una edad en la que lo establecido se desmorona. Trabajos, hijos e hipotecas. De pronto, cortan el hilo del que pendía y todo se vuelve gris, más bien negro. Ya no hay nada a lo que agarrarse. Las noches se hacen eterna y las mañanas interminables.

La panadería de mi barrio se encuentra en peligro. Y piden auxilio. Piden auxilio porque era la última balsa a la que aferrarse. Piden auxilio y ruegan poder continuar con el negocio familiar. Y es que resulta que hasta dónde se decide comprar el pan es una cuestión política. Aquí el ejemplo. Frente a las barras a mansalva y en producciones industriales, frente a las piezas tiradas de precio a base de recortes laborales, frente a un sistema que se cierne sobre el comercio de cercanía y local, se encuentra la panadería de barrio o la tienda de deportes de toda la vida. Unos locales que sobreviven a duras penas porque David, por mucho que te lo hagan creer, no puede vencer a Goliat eternamente. Al final siempre ganan los mismos: las multinacionales. Llámalas Uber, Amazon o Bimbo.

No se salva ni la panadería en la que invirtieron los ahorros de una vida de madrugones. Dividieron la clase obrera hasta disolver su identidad. Aquello les salió bien. Y ahora, con la precarización del mercado laboral, entre los empleos de falsos autónomos y un régimen de semiesclavitud de empresas como Deliveroo y Glovo cómo explicas tú que la solidaridad entre iguales significa gastar 20 céntimos más para comprar el pan. Si precisamente esos céntimos derivan en poder hacer frente, o no, a las facturas de agua y luz. Qué difícil la identidad de clases cuando se sobrevive en el alambre.

¿Saben la historia de los hermanos siameses? Querían vivir sin compartir su cuerpo y cuando los separaron, murieron. Resultan que tenían un solo corazón y no podía romperse por la mitad. La clase obrera es igual. Entonces lo preocupante no es que después de la fábrica tengas que vender pan o poner copas. Lo preocupante no es siquiera que cierre la fábrica o los Astilleros. Lo preocupante es que no estemos juntos, los de aquí y los de allí, los de mi barrio y los de otras tierras, y entonces: «Nos joden». Y llegará el día que no existirá ni a quién vender el pan, ni dónde comprarlo, ni existirá la panadería y, lo mismo, ni tu barrio.

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David De la Cruz

David De la Cruz

Periodista y anticapitalista
David De la Cruz

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