16 de julio del 2020
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Antes de ayer fue un día importante en Europa, que en España pasó como siempre desapercibido.

Es el Día de Europa, pero no porque corresponda a un santo, sino porque ese día acabó la Segunda Guerra Mundial en Europa con la rendición del ejército nazi. Este era el 75 aniversario del armisticio y en las capitales más arriba de los Pirineos hubiera habido desfiles y discursos de no ser por esta pandemia. Aquí no existe un equivalente. A veces pienso lo diferente que hubiera sido este país de haber entrado en esa guerra.

Cuando en 1950, cinco años después de finalizar la Segunda Guerra Mundial, Robert Schuman, Ministro francés de Asuntos Exteriores, pronunció la Declaración que lleva su nombre, el contexto europeo estaba sumido aún en la pobreza que siempre dejan las guerras tras de sí, cuando son en suelo propio. 

Schuman propone en su declaración la puesta en común de la producción de carbón y acero, para que la guerra entre Francia y Alemania, rivales históricos, resultara «no sólo impensable, sino materialmente imposible». Y así empezó todo. Los gobiernos europeos, decididos a evitar otra terrible contienda se pusieron manos a la obra.

No quiero guerras. No es el modo de resolver problemas. Es entre otras razones la razón por la que no quiero ejércitos. Pero el que España tenga una mala relación con Europa y viceversa, es precisamente por los años de aislamiento que generó no haber estado en aquella guerra, y que la nuestra, la Guerra Civil, la propiciaran y ganaran los golpistas. Nuestro aislamiento no fue sólo económico como nos gusta pensar, también fue ideológico, porque aquí vencieron los que perdieron en Europa.

España es uno de los países más sancionados por la UE por no hacer caso a sus resoluciones y leyes, tanto en economía como en normativa de derechos humanos y medioambientales. Y es cierto que la Europa que se ha construido no es la Europa solidaria que por unos breves años nos atrevimos a soñar, pero España o al menos gran parte de ella no se siente europea, y la mayor parte de nuestra población permanece ignorante de las grandes cantidades de dinero que Europa ha destinado y sigue destinando a nuestros territorios.

En Extremadura, donde gobierna desde 1983 el partido Socialista, con una breve interrupción de cuatro años, no hemos logrado salir de ser zona prioritaria porque sigue siendo la región con menor renta per cápita del estado español, con 19.300 euros, gobernada por un partido que adeuda 20 millones de euros a la banca, pese a ganar las elecciones autonómicas reiteradamente. En la región, nadie sabe, o mejor no quiere saber, que la mayor parte de nuestras infraestructuras son fruto de la solidaridad de los otros estados de la Unión Europa. Y eso, es un problema, porque no nos permite tener una idea clara, de los beneficios, ni de las responsabilidades que nos corresponde asumir.

Construir una Europa solidaria no consiste es pedir cada vez más dinero, sino en integrar la idea de que aportando entre todas y todos siempre se gana. Mantener eso en la población de los países europeos no es nada fácil, pero es fundamental ser claros y educativos con nuestra población sobre la deuda moral que tenemos con quienes han aportado sin cesar para que mejoraran nuestras condiciones de vida. Y la deuda moral no se paga con servilismo, sino incorporando el mismo espíritu en nuestras relaciones con quienes tienen menos que nosotras, y dentro de nuestras propias “fronteras”, en esa difícil delimitación que supone hoy España.

Es fácil hablar del maltrato de Holanda, que es un estado racista y neoliberal no cabe duda, pero también es, al contrario que el nuestro, un estado al que siempre le toca poner más dinero del que recibe, al contrario que España.

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Juan Carlos Vila

Juan Carlos Vila

Filósofo y Educador
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