28 de septiembre del 2020
La Réplica La Réplica La Réplica La Réplica La Réplica



Allá por 2013, y un tiempo después de su retirada, el exfutbolista internacional estadounidense Robbie Rogers confesó de forma pública su homosexualidad y explicó que durante su carrera se había visto obligado a ocultarlo por miedo a que ello significara el fin de sus días como futbolista. Más si cabe en unos estamentos deportivos abiertamente homófobos como son los norteamericanos. Al poco de conocerse esta noticia, la afición del St Pauli (Hamburgo) desplegó una pancarta en su estadio: «Lo único que importa es el amor». Al tiempo, grabaron en una de las gradas la silueta de dos hombres besándose y declararon su estadio espacio libre de homofobia.

En el año 2017, en plena crisis migratoria, mientras cientos de personas perdían la vida en el Mediterráneo, Brigadas Amarillas elaboró un tifo que decía: ‘Refugees Welcome’. La LFP, presidida por el que fuera militante de Fuerza Nueva, Javier Tebas, prohibió su entrada en el estadio y, por tanto, su exhibición.

Hace apenas unos meses, las futbolistas se pusieron en huelga. Solicitaban, simplemente, un convenio laboral digno y un sueldo mínimo de mil euros. Porque las mujeres no sólo cargan históricamente con la discriminación en el mundo del fútbol, sino, directamente, con la prohibición explícita de practicarlo. Mientras que desde la mayoría de estamentos se pusieron de perfil, ultras como Bukaneros mostraron públicamente su apoyo.

Recuerdo estas historias porque ayer, en Cornellá, mientras Iñaki Williams era sustituido, la grada comenzó a imitar el sonido de un mono. No ocurrió nada. Los insultos racistas no han sido siquiera recogidos en el acta arbitral. Hace poco más de un mes, en cambio, suspendieron un partido en Vallecas por cánticos contra Zozulya. Llamaron nazi a un futbolista que públicamente había mostrado su inclinación nazi.

El fútbol mercantilizado, el fútbol de élite, es racista, machista y homófobo. Lo es porque su élite, sus dirigentes, siempre han sido racistas, machistas y homófobos. De ahí que se haya blanqueado el fascismo en las gradas y se ha intentado despolitizar, en cambio, a las aficiones antifascistas. No es algo nuevo. Ni tampoco casual.

Siempre, desde el origen de los tiempos, se ha perseguido cualquier resquicio de autoorganización en el deporte. Lo hizo Margaret Thatcher en Reino Unido, Erdogan en Turquía (especialmente contra el Beşiktaş) y Javier Tebas aquí. Quieren convertir el fútbol en un producto de lujo y al aficionado en un consumidor que acude, se siente, observa y regresa tal y como ha venido. Despojar el deporte de lo pasional, del sentimiento comunitario y reivindicativo.

Por eso, frente a un fútbol sin alma, se hacen más necesaria que nunca las pasiones y la conciencia. Porque sólo desde abajo, desde los fondos de los estadios, desde la autoorganización y desde la politización de las gradas se podrán combatir el discurso del odio. Para que no se normalice, para que los niños y las niñas que acudan a los estadios no crezcan con el ejemplo y, sobre todo, para construir un mundo donde todas las personas sean y se sientan libres en cada espacio de la sociedad.

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David De la Cruz

David De la Cruz

Periodista y anticapitalista
David De la Cruz

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    Una Réplica

  1. Jose_Galego

    Mucha pena que sigan pasando estas cosas en pleno año 2020. Los que amamos el futbol nos desenamoramos cada vez un poquito mas de este deporte y de todos en general por sucesos como este. Es muy muy importante desde la base ir concienciando a los niños y educarlos en el respeto, inculcarle que no importa el sexo la raza o la condicion sexual, se trata de disfrutar el deporte, y a traves de este hacerlos crecer como personas.

Participa libremente y desde el respeto. Del debate nos enriquecemos todos.

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