11 de agosto del 2020
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Es domingo por la noche y el primer ministro suelta un discurso televisado en hora de máxima audiencia. La retahíla de buenos modales, ánimos y advertencias propias del momento convulso preceden a la declaración del estado de alarma a nivel nacional. El aire formal y lleno de flema británica de la intervención lleva consigo una falta de claridad difícil de creer donde se sugiere muy firmemente o se manda sin apenas autoridad el encierro de la población.

Las indicaciones son poco precisas, vagas y habrá que esperar varios días para llegar a tener un texto que explique formalmente quien es considerado un trabajador esencial y qué trabajador no esencial puede seguir trabajando de forma presencial. La aclaración por escrito no cierra paréntesis más bien los deja a merced del empleador que busca la letra pequeña y entre resquicios se permite el trabajo presencial si no hay manera de trabajar a distancia incluso para industrias no esenciales en tiempos de pandemia global.

El primer ministro británico ya había aparecido anteriormente en distintas intervenciones públicas defendiendo la teoría de la inmunidad colectiva. Una teoría no comprobada incluso a día de hoy pero que era la excusa perfecta en el momento para seguir con la economía en pleno movimiento y mantener la normalidad mientras la vecina Europa y el resto del mundo se desmorona como un castillo de naipes. Esta teoría de la inmunidad colectiva básicamente expresa el sálvese quien pueda, que sobrevivan los fuertes mientras el resto del rebaño debe asumir estoicamente su inevitable destino fatal. Es interesante saber a día de hoy que el mismo primer ministro no seguiría vivo si esta teoría se hubiera aplicado al dedillo. Es una de las muchas moralejas que la pandemia y los discursos políticos nos están dejando a diario.

Fotografía de The Times

Todo indica que el pensamiento del gobierno británico está puesto en el día después de la pandemia, en ese nuevo orden por llegar que sigue a este desastre global en un año 2020 que ya contaba con grandes desafíos para Reino Unido como la completa separación de la Unión Europea. Sería una estupidez pensar que el gobierno carece de información del más alto nivel para conocer la realidad de una pandemia que ya había azotado países tan cercanos como Italia y España. Y es más que capaz de hacer un cálculo detallado de los efectos a todos los niveles tanto en Reino Unido como en el mundo pero sigue sin actuar acorde al impacto del virus. Desde las instituciones se lanza un mensaje patriota y sentimental apelando al esfuerzo colectivo de la ciudadanía y sacrificio del servicio nacional de salud mientras se siguen sin tomar medidas de confinamiento más severas, las promesas de test masivos se incumplen y las denuncias de sanitarios por falta de equipos de protección individual son una constante con casi un millar de muertos cada día tan solo en hospitales ya que el resto de defunciones se omiten en el conteo oficial.

Dejemos la metafísica institucional de discursos y retórica para adentrarnos en la realidad. Es el primer lunes tras la declaración del estado de alarma nacional, mientras a través de la ventana se aprecia un cielo lleno de nubarrones grises como buena metáfora del momento, hago una llamada y pregunto a mi superior si la oficina sigue abierta, la respuesta es escueta «no hay información desde la sede central así que seguimos abiertos hasta nueva orden». Pasan los días, en concreto una semana de trabajo, hasta que por parte de la empresa se comunica que tras analizar los comunicados oficiales todos los trabajadores que no puedan ejercer su labor desde casa deben trabajar de forma presencial eso sí con algunos matices.

Reiteradamente se remarca la voluntariedad de asistir junto a las opciones ofrecidas: baja temporal sin cobrar con la posibilidad de volver al puesto en ese nuevo mundo post-pandemia, trabajar regularmente como si el mundo no estuviese en estado de pre-apocalipsis o reducir la jornada laboral para contagiarse pero solo tres días por semana. Como es lógico la voluntariedad de trabajar depende más del estado de tu cuenta bancaria que el bien sanitario común y ahí es donde entra en juego una frase en el comunicado oficial que define este mediocre estado de alarma “travel for the purposes of work, where it is not reasonably possible for that person to work from the place where they are living”. Esta pequeña conjunción de despropósito y medias tintas deja hueco a la interpretación del empleador y su buena fé por luchar contra la pandemia en vez de por su propia empresa. No importa si eres un trabajador de los denominados esenciales mientras no trabajes cara al público y no puedas ejercer desde casa tu presencia es requerida. Esta frase también explica las acumulaciones de trabajadores cada mañana en el metro, una responsabilidad del gobierno por permitir el trabajo de la mayoría de los negocios al mismo tiempo que critica estas mismas concentraciones de personas por no quedarse en casa.

La impresión que da este esperpéntico espectáculo de variedades en que se ha convertido la política institucional es la aceptación de las pérdidas humanas como inevitables, convertidas en unos daños colaterales asumibles por el momento. No dejan de sorprender las decisiones oficiales a medio gas pero también la pasividad de la ciudadanía ante la consecución de errores. Una población que parece ajena a una realidad que los medios de comunicación masivos edulcoran y cuya crítica a las medidas y errores de gestión es suave si llega a existir. Quizá sea necesario para explicar esta permisividad la cultura asociada que todo sistema crea en su entorno y su aceptación por la mayoría de los ciudadanos, la puesta en valor de la economía por encima de la salud, individualismo, consumo y negocio. En definitiva, confundir ser con tener. La pregunta es si cambiará la percepción en unos días o semanas cuando la fatal estadística siga subiendo y el impacto pase de la suave versión mediática a una realidad palpable a un paso de la puerta de casa. Entonces descubriremos si habrá merecido la pena ser el más rico del cementerio.

La fotografía es de EFE

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Alberto Roldán

Ingeniero de cuerpo y espíritu inquieto apasionado por el mundo de las letras y los viajes. Creo en el análisis y el debate como elemento reflexivo creador de conciencias.
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