12 de diciembre del 2019
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Cada vez que llega el 20 de noviembre me acuerdo con nostalgia del tío Cipriano. De Franco también, pero con angustia y repulsa. También me acuerdo de los juramentos. No he vuelto a hacer ninguno desde el 20 de noviembre de 1975. ¿Por qué? Verán: Mi tío Cipriano abominaba de Franco, a pesar de haber hecho la guerra en su ejército — se jubiló como comandante de Ingenieros— , y de casi haber sobrevivido a la dictadura acumulando rencores y rumiando aversiones incurables contra el dictador. Nunca vi a una persona aborrecer tanto a otra.

Cipriano tuvo un hermano al que adoraba, allá en los tiempos de la remota juventud, que sirvió como oficial en el ejército de la República. Durante toda la guerra el teniente Cipriano —él sabría cómo— estuvo pasando información sensible a su hermano. En una palabra: espiando para la República desde su frente correspondiente. Eso lo contó ya en la senectud, cuando los informes médicos y los fatales indicios lo envalentonaron contra la dictadura contraviniendo las más elementales prevenciones.

El hermano de Cipriano murió de miseria en las cárceles franquistas allá por el invierno de 1940. Cuando Cipriano evocaba a su hermano los domingos a mediodía, tras el almuerzo con vino peleón, siempre recordaba a Franco, lagrimeaba y hacía pucheros y clamaba a gritos contra “el asesino más grande de la historia”, la clerigalla corrupta, la Carmen Collares, Queipo de Llano enterrado en la Macarena y toda la sarta de fantasmas que poblaban sus pesadillas… Mi tía, con la que no tuvo hijos, blanca como la pared, rompía entonces a llorar por miedo a los vecinos, a los delatores, a la tensión arterial…

“Antoñito, hijo” — voceaba Cipriano señalando dos botellas de coñac francés cuidadosamente labradas que alegraban el mueble bar— , el día que se muera ese criminal, me las bebo enteras aunque me vaya detrás de él, te lo juro —cruzaba los dedos y los besaba con furia— . ¿Sabes tú que el día que enterraron a Queipo hubo un terremoto en Sevilla? Ni en el infierno lo querían al hijo de la gran puta…” Y así un domingo y otro, como en una especie de ritual obligatorio, sin que nunca, gracias a Dios, apareciera la Policía por el piso.

El tío Cipriano se enterró en el cementerio de Sevilla el 19 de noviembre de 1975, un día antes de la muerte de Franco. Yo tenía 13 años. Si no fuera por eso, hoy juraría beberme un barril de coñac el día que nuestra sociedad recicle con éxito al último fascista español. No lo hago, y tomo como un barrunto esperanzador el hecho de no atreverme a hacerlo.

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Jose Antonio Illanes

José Antonio Illanes es escritor. Trabaja en la multinacional Red Bee Media como subtitulador para sordos y audiodescriptor para ciegos. Acumula multitud de premios en el campo de la narrativa: Gustavo Adolfo Bécquer, Alberto Lista, Malela Ramos, Ciudad de San Sebastián, De Buenafuente, Gabriel Miró, La Felguera, Tomás Fermín de Arteta... Es autor de "Historias de cualquier alma", "La trastienda de la memoria" y "El azor y la zura", premio de novela Malela Ramos. Es colaborador de la revista cultural Atalaya y ahora de La Réplica.
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