20 de agosto del 2019
La Réplica La Réplica La Réplica La Réplica La Réplica



Cuando cerraron el cortijo del PSOE en Andalucía muchos pensaron que se acabarían las listas de espera o la saturación en los servicios de urgencias de los hospitales. ¿No queríais caldo? ¡Pues tomad dos tazas!

Si las circunstancias de la vida te arrastran a tener que acompañar a un familiar a las urgencias del Hospital de Jerez, no te quepa duda que pasarás un día que no olvidarás fácilmente. Y es que uno acude con la incertidumbre del estado de salud de la persona que quiere, lleno de inquietud y temor. Y pronto uno se da de bruces con la cruda realidad, que comienza cuando dejas al enfermo en la puerta de Urgencias y tienes que aparcar, dando vueltas y vueltas hasta aburrirte y verte obligado a meter el coche en un aparcamiento privado de una empresa que se enriquece con la desgracia ajena, pues allí no va casi nadie por gusto.

Cuando llegas a la urgencias ves a tu familiar en una camilla. Algún profesional se ha dignado y ha tenido el alma suficiente para poner a esta persona lo más cómoda posible. Después, tienes que aguantar una cola de unas quince personas para rellenar los papeles de admisión. Una vez superado el trámite, aguantas la misma cola para que la vean, le den la prioridad y destino, mientras van llegando camillas, enfermos a pie o en silla de ruedas. Se oye la voz de una celadora que advierte: «Ustedes tranquilos, que cómo esta esto hoy tenéis unas diez o doce horas de espera por delante». Será para darnos ánimos o para que alguno se fuera mascullando: «Vámonos para Asisa».

La gente se va desesperando ante los quejidos de los enfermos. Miras desesperado y solo ves un cartel que avisa: «No entre mientras la puerta está cerrada».

Esperando, ves a gente variopinta, en su mayoría personas mayores, forasteros de pueblos colindantes como Sanlúcar, El Cuervo, Lebrija y de distintas procedencias de la Sierra, extranjeros de vacaciones que habrán venido a ver la mejor sanidad del mundo. ¡Eso era de antes de la crisis!.

Una vez pasada la prueba de entrada, un profesional te informa que solo una persona podrá acompañar al paciente. Como he ido acompañado, me encajo en la sala de espera de familiares. Allí comienza el otro espectáculo. Un cartel de aproximadamente un metro cuadrado informa de que no se puede fumar, pero algunos, conforme dejan a sus familiares, lo primero que hacen es fumarse un cigarrito, ya sea por los nervios o porque lo están haciendo los demás.

Te sientas, buscando una buena posición para ver la pantalla y alejarte de las ventanas, que están todas abierta, aunque esté el aire acondicionado puesto. Nos invade un murmullo que va subiendo de intensidad hasta el punto que sale una enfermera y dice: «Por favor, un poco de respeto, los que están ahí son enfermos». Se hace un silencio que dura el tiempo de irse la enfermera y se escucha «¡Qué tía con mas malaje!» Y vuelta a los murmullos.

Llevas una hora de espera y la sed se va apoderando de ti. Acudes a la máquina de los atracos y observas que lo más barato es medio litro de agua al coste de un euro. Todo lo demás es más caro. Después del atraco, te conformas pensando que al menos llenarás la botella cuando se agote en el servicio. Miras hacia la puerta y sale una señora que recoge una bolsa; vuelve a entrar y salir del servicio con un círculo en dicha bolsa de unos veinte centímetros, esboza una sonrisa y mete lo sustraído en su mochila. Después averiguamos que se trataba del papel higiénico porque la persona que entró detrás tuvo que llamar a un familiar para decirle que no había.

No le voy a echar toda la culpa de esto al trifachito; ya el germen del despropósito lo sembró quien gobernó durante tantos años, el PSOE. Pero los peores somos los usuarios, los profesionales y todos los que les permitimos con nuestro voto que sigan perpetuándose en el poder a los que quieren privatizar nuestra sanidad y solo han encontrado esta fórmula; irla deteriorando y humillándola para que al final quede como algo asistencial.

¡Qué dolor de la mejor sanidad del mundo!

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Manolo Fernández

Activista contrapoder. Fue concejal de Ganemos Jerez
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