16 de septiembre del 2019
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Llegó el día. Después de un agotador año electoral, nuestro voto hará posible mañana el cambio político en España.

Recordemos de dónde venimos. Hace cuatro años, ¿o han sido siglos?, acudimos a votar con una tremenda desesperanza, el Partido Popular se hacía con la mayoría absoluta y se adivinaba una legislatura aciaga, llena de recortes y durísima en materia económica y social. Así ha sido. Si en la última legislatura del PSOE aprendimos a marchas forzadas conceptos bursátiles como la prima de riesgo, asumimos el riesgo del déficit o supimos qué es la Troika y el FMI, en la legislatura comandada por Rajoy experimentamos en nuestras carnes que todo eso era lo que nos estaba quitando el trabajo, la protección social, los derechos de los trabajadores y, en definitiva, la vida. Porque sí, los recortes matan y los recortes te quitan la vida. En estos cuatro años muchas personas se han quedado por el camino. Es algo que no olvidaremos jamás.

La interpretación de los mercados con respecto a la crisis económica mundial fue traducida en Europa ahogando a las clases populares y salvaguardando los privilegios de las élites. Las consecuencias de la especulación, la burbuja inmobiliaria y las malas praxis bancarias siempre se han remediado apuntando a una misma dirección: al que menos tiene. Hasta que no se toparon con una ley, maltrecha por la escasez de recursos y ataviada por el control político, los mafiosos que dirigían los bancos (Bankia, Cam, Caixa Galicia, etc.) planeaban sus prejubilaciones millonarias e intentaban blindarse antes de ser engullidos por el descontento ciudadano.

Troika

Imagen de Economía Crítica

A toda esta situación había que sumarle la desfachatez del partido político en el poder, el Partido Popular, que aprovechó su mayoría absoluta para tirar de ideología e intentar usar a beneficio propio las instituciones del estado. La gestión del Partido Popular, al margen de discusiones ideológicas, ha estado marcada por un asunto primordial: La corrupción. No es algo exclusivo de esta legislatura, es sólo el desmoronamiento de una manera de vivir la actividad pública. El Partido Popular, con el tiempo, se ha convertido en una banda de mafiosos que juegan con las licitaciones públicas, con su poder parlamentario y su tráfico de influencias para enriquecer a toda una cúpula de políticos y empresarios reconvertidos a estafadores. Al tiempo, y de paso, han manejado nuestro destino. Y esto no es opinión, ahí están los miles (¡!) de imputados que tiene el partido, la más que probada Caja B, el endeudamiento que han dejado en las instituciones, el resultados de su política de obras faraónicas y los grados de desigualdad y pobreza que hay en España y que alertan a la comunidad internacional. Pasarán los años y los libros de historia, por más que lo manipulen los ganadores, tendrán que asociar la difícil coyuntura socioeconómica a la ineficacia de las políticas llevadas a cabo y, sobre todo, a la falta de escrúpulos y de vergüenza de los dirigentes del partido.    

Si algo ha sostenido a la gente de a pie, a la clase media que de repente era clase baja, a los descontentos, a los emigrantes, a los más desfavorecidos, ha sido la propia gente. No busquen más héroes que los anónimos. Primero surgieron ayudándose entre sí. Segundo, conformando plataformas de reivindicaciones ciudadanas que, luchando contra el establishment, haciendo llegar su voz más allá de los medios corporativos al servicio del régimen. Luego no tuvieron más remedio que hacerles caso (me acuerdo ahora de La PAH). La sociedad de la supracomunicación ha sido fundamental en este aspecto, no sólo en España, sino en medio mundo.

Esta imagen es propiedad de Orden Mundial S.XXI.

Esta imagen es propiedad de Orden Mundial S.XXI.

A toro pasado, podría decir que el ejemplo de España es sencillamente emocionante. Donde en otros países ha habido revueltas, grandes disputas contra las fuerzas de seguridad o una situación social insostenible, en España todo fue diferente desde que surgió esa ola de descontento e ilusión (nunca estuvieron tan cerca estas dos palabras y convivieron tan bien) que bautizamos como el 15M. En un país cainita y con tendencia a minusvalorarse, la politización del ciudadano medio y su implicación social ha sido fantástica.

El 15M fue el comienzo de nuestro verdadero despertar democrático. Lo cambios que antes forzaba la inercia histórica, la misma evolución de la especie, comandada por élites que llegaban a acuerdos sobre cómo manejar nuestras vidas, ahora cambiaban de bando y pasaban a la gente.

Lo que nació a las antípodas de las instituciones, ¿desde qué otro sitio se podría cambiar lo que está podrido?, está hoy, cuatro años después, más cerca que nunca de procurar un cambio irreversible en nuestro modo de vida. En una cosa, todos están de acuerdos, ya no nos jugamos el cambio, nos jugamos simplemente los tiempos en los que acabará ocurriendo. Si será antes o después, si les dará tiempo a rescatar a más gente o a menos, pero esos cambios terminarán sucediendo. Ese es el verdadero cambio y eso ya es palpable.

Es por ello que cabe felicitar a tantos amigos, activistas, no activistas, ciudadanos, que se implican día tras día en mejorar su sociedad en algunos de sus aspectos mejorables. Todos los que pensaron en global y actuaron localmente, todos los que sumaron pequeñas acciones porque sabían que era la única manera de cambiar el mundo. A todos ellos, sólo se me ocurre decir, gracias. GRACIAS POR TANTO. El cambio es cosa vuestra, de cada uno un poco, y, al tiempo, el cambio no es de nadie. No hay una sola persona en este país que pueda decir que ella o él precipitaron el cambio. No. El cambio no tiene sello ni marcas ni banderas ni poseedores ni un rostro determinado (Por eso Pablo Iglesias no se entiende sin Ada Colau o Manuela Carmena, sin Mónica Oltra y Xulio Ferreiro, sin Beiras o Kichi), es simplemente un ente multiforme, fruto de la ilusión de muchísima gente. Nació, creció y se reprodujo en las plazas, en las asambleas, en las reuniones.

Fotografía de ABC.

Fotografía de ABC.

Ahora, ¿llegará ese cambio a las instituciones? Creemos que estamos ante una oportunidad histórica e irrepetible. Cada vez se ve más gente normal en las instituciones. Las mareas ciudadanas, el cambio en las principales ciudades de España (Madrid, Barcelona, Valencia, Coruña, Cádiz, Zaragoza), alberga entre sus miembros a las mismas personas que poblaban las plazas. Te dirán algunos que son los mismos perros con otro collar, que todos quieren lo mismo, que sólo ambicionan el dinero. No le hagas caso, es mentira. Hay argumentos que se pueden discutir, que son interpretables, que dependen de quien lo mire. Este no.

La gente de las mareas son gente corriente haciendo cosas extraordinarias. Se lo quiso apropiar Albert Rivera, pero no tiene nada que ver con él, ni con el ESADE, ni con el Marketing de grandes corporaciones comunicativas, ni con la cúpula del Íbex35; la gente de las mareas son profesores, informáticos, dependientes de tiendas, transportistas, autónomos, parados, amos y amas de casa, estudiantes y emigrantes, gente que ves a diario en entornos normales haciendo cosas cotidianas.

Pues esa gente ya está en algunas instituciones y, con tu ayuda, pueden estar muchos más creando iniciativas por el bien común. Lo común, lo que es de todos, lo levantó un grupo de personas procedentes de las plazas en una iniciativa política preciosa llamada Barcelona en Comú. Es la ciudad en la que vivo. Luego también viví un proceso parecido en Jerez con Ganemos Jerez, la ciudad donde nací, y sentí como un shock el cambio en Valencia, mi ciudad de adopción, que sumó el descontento de los últimos años al excepcional trabajo de Compromís. Ha sido como una plaga. La primera plaga positiva, la primera plaga que merece la pena. Bien, pues toda esa gente se limita el sueldo, que se reúnen por las luchas colectivas, no requieren de sobresueldos ni ambicionan el poder hasta su vejez -porque sólo estarán cuatro u ocho años donde ahora están- y además te dan la opción de revocar sus cargos. Esa gente, con la que he hablado, me he tomado un Kebab en el bar de la esquina o he estado en tertulias debatiendo sobre las miserias de este mundo y sobre cómo arreglarlo, me ha parecido siempre como tú  y como yo. Podría decir que sí se me representan.

Podemos Enero

Y como son normales, entre ellos habrá gente orgullosa, egoísta, manipuladora y desilusionante. Claro que sí, no soy ningún bobo. Y habrá quien se pervierta y habrá quien nos traicione, por supuesto. Pero no tienen entramados organizados a costa de los más pobres, ni cenan cada noche en un reservado planeando su próximo pelotazo, ni manipulan cuentas públicas ni crean con sus amigotes redes clientelares. No. Estos no, sencillamente, porque ni siquiera sabrían cómo hacerlo.

Así que mientras podamos insuflar oxígeno a las administraciones al tiempo que cambiamos el tablero y las reglas del juego, estamos en la obligación de hacerlo. Debemos meter intrusos en un sistema injusto hasta que el sistema sea justo y los intrusos sean ellos. Debemos sanear lo que es de todos y reinventarlo.

No sé si Podemos tendrá muchos años este brío, el viento de cambio de ahora, esa sensación de ilusión rebosante. Probablemente se disipe, se atrofie o se encalle en discusiones ideológicas. Me da igual, no tengo ningún apego a sus siglas ni  soy un mitómano respecto a sus dirigentes (a los que les concedo valentía, inventiva y tesón). No me siento representado por figuras unipersonales, me siento representado por la gente. Y la gente corriente me parece que están mayoritariamente en Podemos. Luego surgirá algo mejor seguro, igual que surgió el 15M cuando nadie avistaba nada o igual que terminó vehiculándose hacia lo institucional cuando no daban un euro por ello. Lo que es seguro es que a día de hoy Podemos es la mejor herramienta del cambio a corto plazo, la que más nos puede ayudar a crear otro paradigma.

Mañana, a diferencia de hace cuatro años, llevo el ánimo renovado y un as escondido en la manga, una herramienta que nos hemos construido contra un sistema injusto que estaba acabando con nosotros, llevo la posibilidad de reinventar el presente y volver a soñar con el futuro. El 20D acudiré a las urnas y sentiré que la tierra tiembla bajo mis pies cuando deposite mi papeleta. Puede que jamás vuelva a votar de la misma forma, ni ganas me van a quedar. En el fondo, nunca me he sentido tan poderoso. Tengo en mi mano algo más que un voto, un sentimiento colectivo, una esperanza que provoca que me haya pasado un año nervioso, atento a todo cuanto acontece, escuchando horrorosas tertulias en la radio y viendo debates obsoletos entre dos personas como de otro mundo, pero al tiempo expectante, ilusionado, responsablemente feliz. Y no es para menos, después de mucho tiempo, el cambio, por fin, está en mis manos.

 

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Javier López Menacho
Escritor y Social Media Manager. Ha escrito el libro Yo, precario (Libros del Lince, 2013), Hijos del Sur (Tierra de Nadie, 2016) y Juan sin miedo (Alkibla, 2015) y SOS, 25 casos para superar una crisis de reputación digital (UOC editorial, 2018). Ha sido traducido al griego y al alemán. En 2014, creó La Réplica, periodismo incómodo.
Javier López Menacho

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    3 Réplicas

  1. leandro

    Hola Javier. En el párrafo: «El Partido Popular, con el tiempo, se ha convertido en una banda de mafiosos que juegan con las licitaciones públicas, (…). Y esto no es opinión, hay están los miles (¡!) de imputados(…) » Hay un grave error de ortografía. Espero que sea fruto de un mal uso del autocorrector y no de un desconocimiento de la correcta ortografía. Viniendo de alguien que se define como escritor, no espero menos que escribir como se debe. Por favor, le ruego lo corrija, ya que hace daño en los ojos, leer tamaño error.

  2. Javier López

    Estimado Leandro, disculpa, no es que tenga problemas con el ahí, hay, y ay, es que a veces escribir de actualidad y el tiempo que tenemos para escribir los artículos nos juega malas pasadas. Ruego que lo comprendas. Gracias por el aviso 🙂

  3. Atemagoras

    Me he sentido en volandas por esta crónica tan bien escrita y razonada. La suscribo en su totalidad. Me parece que es éste es un momento importante y único para sentirse ilusionado después de tanta desilusión, de tanta hartura y de tanta impotencia que hemos sufrido en estos cuatro años, sobre todo. Espero que la ilusión se transforme en una herramienta para poder cambiar esto un poco porque, de otra forma, vamos a tener que emigrar psicológica mente a otra tierra donde vivir sea más agradable y la desigualdad no sea la situación que tiene que sufrir la mayoría de la gente mientras unos pocos se frotan las manos viendo como los «suyos» se suben de nuevo al carro para llenarles más y más los bolsillos.

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